Confutatis

Sören Cabal

El hombre o mujer joven que escribe hoy ha olvidado el problema del conflicto del corazón humano consigo mismo, que […] es lo único sobre lo que vale la pena escribir; sólo eso merece el sudor y la agonía.

William Faulkner en su discurso de aceptación del Nobel, 1950.

Todos los días de la vida se renuncia. La renuncia es múltiple. Algunas son dolorosas, otras se sobrellevan con impavidez, como el viento húmedo y frío de una mañana de invierno adelantada. La mayoría, sin embargo, se forjan con la misma indolencia que, con el tiempo, les va restando importancia. De esta forma se rinde uno continuamente y tantas veces que la pérdida se convierte en una certeza perenne, parte inexorable de la vida, que arrebata la voluntad y la identidad misma. Todos los días ocurre y todas las noches alguien se lamenta en su cama por no haber hecho o dejado de hacer o por no haber tomado por un instante su existencia entre las manos y, después de zarandearla, haberla mirado los ojos y gritado a su yo sobresaltado que son él y su vida, él dando forma al mundo, su voluntad lo que importa solamente.

No pretendo hacer una denuncia ni una crítica, pues yo también me siento así a menudo. A veces ocurre en mitad de una madrugada de fin de semana, al escrutar el líquido que llena un vaso de chupito que acabo derramando porque me causa repugnancia y la idea de sentirlo ocupar mi interior hace que mis entrañas me asqueen aún más. Mientras lo tiro al suelo miro alrededor y todas las caras conocidas resultan hostiles y me entristece su compañía, de modo que salgo sin despedirme de nadie y, una vez en la calle, me debato entre visitar otro antro donde la noche no sea tan pesada o admitir que ya es hora de volver a casa. Para cuando quiero darme cuenta ya estoy en mi portal, pero me detengo allí y me siento en un escalón para posponer el sueño. Sentado, pienso en la noche y me pregunto por qué todas parecen repeticiones de la misma hasta que las ideas se me escapan y solo queda la certeza de mi soledad; solo entonces me voy a dormir. Si estoy lo bastante borracho, pierdo el sentido y por la mañana no recuerdo lo triste que estoy.

Otras veces ocurre mientras dejo pasar los minutos frente a la pantalla del móvil y pierdo horas de sueño porque me asusta dormir, o cuando veo por enésima vez una película por no descubrir otra nueva que depare nuevas ideas, o cuando no consigo leer porque tampoco intento escribir. En estos momentos duele más todavía la vida, pues me quema por dentro en lugar de morderme por fuera; y a pesar de cuántas excusas invente, sé que la infelicidad es culpa mía.

Es mi culpa dejar al tiempo escurrirse y robarme las intenciones. Es mi determinación la que fracasa, mi desidia la única causa. Yo capitulo. Sé lo que he de hacer para ser feliz; sin embargo, nunca lo hago. ¿Por qué no lo hago? ¿Por qué nunca lo hacemos? Acaso no quiera ser feliz. Quizás no nos podamos soportar.

Siempre me he odiado, desde que era pequeño, desde que tengo recuerdos. Probablemente me odio desde que fui consciente de la existencia del odio y de su nombre y, al reconocerlo, lo descubrí en mi interior y supe que siempre lo había sentido. Me odiaba por estar gordo, por ser débil, por ser cobarde, por ser tímido, por no jugar bien al fútbol, por correr despacio. Más tarde me vi feo y también me odié por ello, y por no gustarle a las chicas, por fracasar, por ser cobarde de formas nuevas y distintas, por ser malo y egoísta y cruel, por ser soberbio e insoportable.

Me odio mucho. Me odio profundamente. Todos los días de mi vida son una pelea constante entre lo mucho que me detesto y la fe en que el odio no concuerda con la realidad, sino que forma parte de la conciencia de uno mismo que todos compartimos reflexivamente. Suelo perder.

Hoy pienso que todos nos odiamos porque todos somos basura y lo sabemos. La gente, tú que me lees y yo nos odiamos porque nos conocemos demasiado bien. Y si fingimos querernos y actuamos con vanidad y orgullo, es solo por contradecir al mundo y porque no podemos vivir sin disculpar nuestra miseria. Nos queremos, pues somos conscientes de que nadie más podría hacerlo si llegase a conocernos por entero, tal y como nosotros no podemos evitar.

Con ella, sin embargo… Siempre me ha sorprendido su capacidad para amarme a pesar de hasta qué punto entiende quién soy. Con ella, por primera vez, me siento a salvo del odio, me siento mejor y quiero creer que lo soy; mejor de lo que en el fondo sé que soy, porque ella me quiere como si lo fuera. Me digo que si ella lo cree, puede que yo me equivoque. Y me lo digo sin parar, antes de dormir, para que cuando se advenga la noche no me encuentre en silencio ni pueda poner en mis labios el no que me desgarra el corazón.


Sören
Sören Cabal: El todo insuficiente. El fracaso omnipresente de mi yo.

 

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