Ruptura de España

Digo ruptura por no decir “pérdida”, aunque “pérdida”, a todas luces, es una palabra mucho más adecuada. Y sí, amigos, hablaremos de Cava. (Ruego disculpen que me tome la confianza de tratarlos de “amigos” ya en este primer artículo, pero, como lectores de tan insigne revista, así los siento).

Lamentablemente decepcionaré al lector que esté esperando que trate sobre rufianes y piolines. Al menos directamente no será así. La pérdida de España a la que me refiero es anterior, quizás la primera de una “España” como tal, y, en tiempos convulsos como estos —que no les quepa duda de que lo son—, no viene mal recordar esas historias que les contaban sus abuelos a los nuestros.

Todo empieza con dos familias enfrentadas (que bien podrían apellidarse Lannister y Stark), la muerte de un monarca y, ¡ojo a la paradoja!, una monarquía electiva.

Witiza, Rey de los visigodos, estira la pata a principios del anno dómini 710 con lo que se convoca un referéndum (o sínodo de Toledo) para elegir a su sucesor. Este tal Witiza, con la intención de dejarlo todo atado y bien atado, había pergeñado todo lo pergeñable para que en el trono lo sucediese su hijo, Ágila, pero, por esas cosas maravillosas de la democracia (y porque el tal Witiza y su padre fueron lo más parecido a Cersei y a Tywin Lannister que se puede ser en la realidad), los nobles decidieron que Roderico —por no llamarlo Rodrigo— era un candidato mucho más digno.

No los culpo. Imaginaos que sois Pelayo, sí, Pelayo el de Covadonga, y tenéis que elegir entre el hijo del asesino de vuestro padre i.e. Witiza (lo mato de un bastonazo porque le molaba la madre de Pela) o un descendiente de un tal Chindasvinto. El voto es claro.

Agila, el hijo de Witiza, y sus nakamas no asumieron la derrota con deportividad y; junto con el obispo de Sevilla, sus hermanos y algún impresentable más; no terminan de aceptar a Rodrigo como soberano y se dan a la fuga al norte (más zona vasca que catalana). Pero bueno, que en general en el resto de la península nadie discutía que el legítimo rey era Rodrigo.

El tal Rodrigo era muy curioso, enormemente curioso, y cuando llegó a su palacio en la capital de la meseta, Toledo, lo primero que hizo es lo que hubiéramos hecho la gran mayoría de nosotros: cotillear la nueva casa.

Imaginaos que necesitáis pasta para pagar un viajecito al norte para ver a unos conocidos malhumorados. Imaginaos que en vuestro palacio hay una habitación secreta que solo los reyes saben dónde está y en la que además os dicen que no podéis entrar, que trae mala suerte. Imaginaos encima que la puerta está cerrada por 24 candados, uno puesto por cada rey anterior, y que tiene una pinta inefable de guardar un tesoro. Imaginaos por último que podéis hacer todo lo que queráis.

Roderico rompió todos los candados y abrió la puerta para encontrar un cofre en el que se guardaba una profecía muy rara y unos dibujos de unos señores con turbante. Rodrigo, el soñador, no le dio importancia (bastantes cosas tenía ya en que pensar) y eso le valió de que le tachasen de soberbio (por no haber escuchado a aquellos viejos chochos que le repetían lo de la mala suerte) y hasta de avaricioso.

Pero no, amigos, España no se perdió solo por curiosidad, avaricia o soberbia. España se perdió por amor.

Coincidía que estaba educándose en la corte una tal Florinda, hija del Conde Julián, Señor de Algeciras, noble que había actuado siempre intachablemente. Esta tal Florinda, dicho mal y pronto, estaba muy buena, y un día el horario y el lugar del baño de la joven coincidieron con el paseo para pensar, que daba muchos, del rey Rodrigo. Rodrigo, que ya estaba casado con una tal Egilona, entendió por primera vez lo que era amar a alguien. Cediendo la palabra al romancero:

De la pérdida de España
Fue aquí funesto principio
una mujer sin ventura
y un hombre de amor rendido.

Quiso la suerte que tuviera Rodrigo un sarnazo del quince (y poco era para la época considerando las recientes epidemias de peste) y con esa excusa mandó que fuera Florinda la que le aplicara las curas. De lo que pasó después poco hay que decir, porque poco se sabe. Florinda entro en la habitación doncella y salió sin serlo. Unos dicen que Rodrigo violó a Florinda, otros que la sedujo, otros que ella lo sedujo a él y todos coinciden en llamar a Florinda “la Cava” que en árabe significa “Mala mujer”.

Si dicen quién de los dos
la mayor culpa ha tenido
digan los hombres: la Cava
y las mujeres: Rodrigo.

(A partir de este momento me gustaría que se leyesen los romances al ritmo de la canción homónima de C.Tangana).

Las cosas se complican en el norte con Agila y el obispo ese pesao y Rodrigo se va al frente con los hombres que tiene a hacer de rey. Rodrigo, el rey, se olvida de Rodrigo el hombre, el amante, el enamorado de la Cava y no se despide de Florinda y, ella, que con razón se siente agraviada, escribe despechada a su padre el Conde:

La Cava escribió a su padre
cartas de vergüenza y duelo
y sellándolas con lágrimas,
a Ceupta enviólas presto.

Pocas veces las palabras fueron tan destructivas. Don Julián, traicionado por su rey, escribe una carta al rey moro y le ofrece España. Está harto, cansado. Está hasta arriba de su papel en la frontera, de partirse el lomo y el pecho por reyes desagradecidos que no merecen ni una gota de su sudor. Las palabras de Florinda se lo muestran claro, todo su trabajo, sin duda de los más importantes para el reino, no significaban nada para Rodrigo como no significaron nada para Witiza. Si no apreciaron su presencia, estaba seguro de que iban a notar su enfado y su ausencia.

Las cartas van al rey moro
en las cuales le juraba
que si le daba aparejo
le dará por suya España.

Al norte mientras tanto siguen a lo suyo. Para cuando Stark y Lannister se dan cuenta de que los otros están aquí, es ya demasiado tarde. Entre 7000 y 9000 bereberes comandados por el moro Muza y por el conde Don Julian están ya en la península. La primera guarnición cristiana que es enviada a retenerlos no es rival para el ejército árabe. Deciden entonces hacer un pacto y bajar a defender un país ya herido por luchas intestinas y líderes incapaces y corruptos y allí, en la batalla del Guadalete, para estupor de los musulmanes, parte de las tropas partidarias de Agila comienzan a atacar a las de Don Rodrigo, España se pierde por vez primera.

Ayer era rey de España

Soy un perro perdio’ en la calle

y hoy no lo soy de una villa;

perdio’ en la calle

ayer villas y castillos,

sintiendo que cualquier brisa me arrastra tu olor

hoy ninguno poseía;

solo porque tú te has ido,

ayer tenía críados

quiero perder el sentido

y gente que me servía

y bailo borracho perdio’

hoy no tengo ni una almena

desesperao.

que pueda decir que es mía.

Después de la batalla del Guadalete a Rodrigo no se le volvió a ver. Dicen que tras darle todas sus joyas a un pastor que le indicó dónde estaba la ermita más cercana fue hacia allí donde cumplió su penitencia y murió mientras una serpiente le devoraba el corazón en su propia tumba (ya me come, ya me come, por do más pecado había, en derecho al corazón fuente de mi gran desdicha).

La historia de Don Rodrigo y la pérdida de España no es nueva. No invento (al menos no demasiado) ni descubro nada, sin embargo, sí reflexiono. La historia es casi cíclica: el rencor, la avaricia, la estupidez, la soberbia, ¡hasta la democracia!, son elementos que en los peores y los mejores momentos de nuestra historia siempre han estado ahí. Recapacitando, podemos decir que España se rompió por amor. Recapacitemos hoy sobre los motivos, impensables sin duda para los godos, que nos llevan a discutir esta ruptura de nuestro país y están tan cercanos al odio, la avaricia y la estupidez. ¡Ay, que diferente sería todo si al menos España se rompiese por amor!


Kant
Inmanuel Koya: El hermano bastardo de la filosofía. Escribo porque vivir es muy peligroso.

 

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