Ser y hacer

Pelayo Puente Márquez

Publicado originalmente en “La lección del alumno”, 2017.

El siguiente artículo contiene información sobre el argumento de la trilogía cinematográfica Matrix. Para comprenderlo no es necesario haber visto ninguna de las películas (aunque ayuda). En ningún caso es necesario haberlas entendido.

Recostado en un sofá, mientras esperaba la hora de comer para con ella dejar atrás esa parte del día que solo tiene sentido acompañada por un vaso de vermú, terminé de ver Matrix Revolutions. Película terrible, solo digna de la etiqueta “mediocre” si se compara con su predecesora, que —a saber por qué— suele ser valorada con mayor benevolencia por crítica, público y usuarios/inquisidores de Filmaffinity.

Personalmente, prefiero la tercera entrega a la segunda porque sus patinazos, aunque tremendos tanto en número como en tamaño, no pasan de ser licencias de superproducción que se sabe carnaza de taquilla. Reloaded, en cambio, tras prostituir la saga —pirotecnia y cámara lenta mediante— intenta salvar el tipo con un críptico monólogo final que, para hacer justicia, debería concluir con un plano del Arquitecto señalando acusador con su bolígrafo a las Wachowski al grito de: ¡Matrix ha muerto! ¡Vosotras lo habéis matado! Desde luego, tendría más sentido así que siguiendo el literal del guión.

Es irónico, no obstante, que el contenido subyacente de esta escena/galimatías, puesto en relación con su secuela, sea en última instancia la esencia de Matrix. No solo eso, sino que convierte la película original —la buena— en una anécdota accidental e intrascendente y a Neo —el protagonista— en un pobre fulano que pasaba por allí. ¿Y por qué? Porque Matrix, bajo tanto kung fu, subfusil, gafas de sol, cuero y diversidad racial, solo va de una cosa: de nosotros.

El universo de Matrix se dibuja como un conflicto irresoluble entre la elección y la resignación, la voluntad y la dominación, la libertad y el destino, la levedad y el peso —Kundera dixit—.

Todo comienza con una decisión. Elige: pastilla azul o pastilla roja. Seguir viviendo poco más que por inercia o afrontar una realidad secretamente conocida y resignarse a la desesperación. La contraposición se repite en innumerables ocasiones, siempre puesta en duda a lo largo de diálogos huecos, rimbombantes e innecesarios. Tan solo al final se descubre que todo ha sido en vano. Daba lo mismo rojo que azul. Ha ocurrido lo que tenía que ocurrir y no importan ni el cómo ni el porqué. Nada importa.

El protagonista no llega al final porque un señor negro, calvo y muy molón se encapriche con él, ni porque esté enamorado, ni por las decisiones tomadas, ni por los sacrificios asumidos. Neo es Neo porque lo es, y punto. Llega hasta donde tiene que llegar, hasta donde le obliga su condición. Como todo héroe, hace su mierda, cumple su papel. Acto seguido la tarima queda vacante a la espera de que un nuevo reparto la haga suya y represente idéntica función.

Es cierto: el cierre de la saga arroja un horizonte esperanzador —amanecer impresionista incluido. Sin embargo, la herida argumental sigue abierta. El conflicto perdura y todo cuanto hemos visto augura un futuro similar al pasado recién superado. Solo existe una certeza: todos los sujetos del drama actúan de acuerdo a su naturaleza, a su condición. Ese es el auténtico leitmotiv de Matrix. Es también la verdad que su idílico final trata de ocultar. Todos los desarrollos posibles de la historia, todas las opciones rehusadas habrían conducido más tarde o más temprano al mismo fin: Matrix sobrevive.

Pero ¿qué es Matrix? Matrix es la ilusión que nos hace libres, que nos permite decidir y al hacerlo nos engaña, pues somos impotentes tanto dentro como fuera de ella. Es nuestra identidad. Matrix y el mundo real son nuestras pastillas azul y roja de cada día.

¿Quiénes son más esclavos, los que se niegan a despertar y ven pasar su vida encadenados o los que se rebelan y emprenden una lucha sin cuartel que inevitablemente perderán? ¿Quién es más libre de entre nosotros, el que se acepta tal y como es y va tirando o el que trata de cambiar una y otra vez sin esperanza y —por supuesto— sin éxito? ¿Somos realmente libres cuando ni siquiera podemos decidir quiénes somos?

Si algo queda claro en esa metáfora sobre la voluntad y la futilidad que yo veo en Matrix, es que nadie puede cambiar nada por la sencilla razón de que nadie puede cambiarse a sí mismo. Somos lo que el mundo ha hecho de nosotros. Hacemos lo que no nos queda más remedio que hacer. El mayor lastre que soporta el yo será siempre la noción e ignorancia de sí mismo. Poco importan el Elegido, el superhombre, la profecía y el propósito de… Somos lo que somos. Hacemos lo que podemos hacer. Jamás cambiaremos.

Sin embargo, elegimos. Escojamos los que escojamos, decidimos; aunque solo sean los pocos pasos que separan un camino del que habrá de llevar a parejo lugar y tomar uno u otro carezca de importancia más allá de la que le otorga ser consecuencia de nuestros actos, fruto de la insignificante libertad que nos convierte en seres humanos. A pesar de la frustración continua, seguimos; y lo hacemos como todo lo demás: porque es nuestro sino.

Esta es la historia más humana que existe. La historia de una mujer o un hombre que se levanta todos los días prometiendo mejorar y tomar el control de su vida. Es el estudiante que promete ponerse al día curso tras curso. El borracho que se deshace de su bebida. El infiel que promete “nunca más”. El infeliz que renuncia a confiar de nuevo. La esposa que soporta la última hostia. La generación que cambiará la historia. El fracasado que lo volverá a intentar. El desengañado que renuncia a seguir creyendo. El tío que dice “se acabó”. Pero no se acabó. Lo sabe, como todos. Volverán a dejarse arrastrar, a suspender, a emborracharse, a engañar, a confiar y a ser traicionados, a sufrir, a rendirse, a fracasar, a perdonar, a seguir, a ver pasar las tardes tras los filtros de una historia de Instagram. Todo se repetirá porque siempre han sido ellos y, a pesar de todas las quimeras que les empujan a creer que no lo son, nunca dejarán de serlo. Para bien o para mal, son lo que son. No pasa nada, alguien debe serlo.

Matrix es nuestra historia. Por eso merece la pena tragarse hasta el último minuto de metraje con sus disparos, sus eventos sin explicar, sus deus ex machina, sus peroratas incomprensibles y su mezcla de futurismo tecnogótico y artes marciales. Con la excepción de la primera, las películas de Matrix oscilan —dependiendo de nuestro estado de ánimo— entre la confusión y el abucheo. La metáfora que encierran, empero, es indudablemente brillante de principio a fin. Mientras los créditos aparecen surge el último antagonismo azul y rojo: ¿qué hace el ser humano —qué haces tú—, claudicar ante lo inevitable o seguir creyendo, perdida toda esperanza? La respuesta a esta pregunta, al igual que la opinión sobre las películas, depende de nuestro estado de ánimo.


Pelayo
Pelayo Puente Márquez: Co-Creador. Editor. Director creativo. El que tira del carro.

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