Cocofli

Pelayo Puente Márquez

Cocofli es un pequeño café que se encuentra en el bajo del número 11 de la calle Pawƚa Wƚodkowica, en Breslau, Polonia.

Durante unos meses viví en el segundo piso del mismo número 11, en un apartamento blanco, espacioso y compartido. Todas las tardes del invierno bajaba hasta Cocofli para leer o escribir mientras bebía un capuccino. En una de sus mesas redondas —siempre me sentaba en la misma— llené varios cuadernos que hoy guardo en un baúl y, por alguna razón, temo releer. Me gustaba pasar aquellos ratos en Cocofli porque, además de servir un café delicioso y caro, era prácticamente el único local al que podía ir sin tener que ponerme el pesado abrigo negro que llevaba todos los días. A veces salía a la calle vistiendo solo una camisa y recorría apresurado los seis pasos que separaban mi portal de la puerta del café. En mi calle había otros muchos bares y cafeterías, pero los escasos metros que los separaban de Cocofli me obligaban o bien a llevar el abrigo o bien a sufrir un frío doloroso que atenazaba el pecho y los brazos y que no descubrí hasta que viví en Centro Europa. Sin embargo, decir que repetía tarde tras tarde mi rutina de reflexión en Cocofli solo porque era la opción más cómoda sería mentir y —peor aún— frivolizar.

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¿Alguna vez, sin ninguna razón aparente, habéis sentido una complicidad instintiva con una persona? ¿Tal vez cierta clase de química o atracción que nace de una forma tan sutil que la habíais pasado por alto hasta que, de repente, caísteis en la cuenta de su existencia? Hay ocasiones en las que esas sensaciones superan a los más gráficos recuerdos. Sea como fuere, eso sentía yo hacia aquel sitio. Era un lugar agradable, desde luego: su clientela era discreta y —como poco— estéticamente llamativa, libros coloridos recubrían sus paredes, el mobiliario era elegante y confortable, los camareros me conocían y saludaban con una sonrisa… No obstante, cualquiera hubiera preferido ir a Mleczarnia —un par de números hacia el Nadorowe Forum Muzyki— o a Charlotte, donde trabajaba la más amplia plantilla de las camareras más guapas y agradables que mis ojos hayan visto. Pero yo seguía yendo a Cocofli, y poco a poco empecé a sentirlo mío.

Algo parecido me ocurrió en muchos otros lugares desperdigados por Breslau. Cuando quise darme cuenta, todo me era familiar. Había construido un hogar emocional allí, en mitad de un torbellino de lenguas montañosas, como escribí hace tiempo en referencia a otra ciudad; todo me era querido porque todo había pasado a formar parte de mi historia, de mi memoria, de mis recuerdos tristes o felices. La primera vez que lloré en Breslau lo hice sentado en un banco, dentro de la catedral. Me metí en ella para llorar porque supuse que allí nadie se acercaría a preguntarme qué me pasaba; la gente llora en las iglesias todo el tiempo, al fin y al cabo, tanto aquí como en Polonia. Al cabo de unos meses había llorado muchas veces en Breslau, la mayoría fue dentro de la catedral, en el mismo exacto banco, casi oculto bajo el púlpito. Convertí aquel edificio en mi rincón de llorar tal y como convertí Cocofli en mi rincón de escribir, y convertí la Ópera y Renoma y el Puente Tumski y un parque cuyo nombre nunca descubrí en otros tantos rincones para otras tantas emociones. Breslau acabó por llenar los huecos que mis seres queridos habían dejado al separarme de ellos, por eso nunca me sentí solo en todo el tiempo que pasé allí; el tiempo más mío que he vivido hasta ahora.

La última vez que estuve en Cocofli fue el día antes de coger el avión de vuelta a España. Por primera vez tenía intención de pedir un espresso en lugar de un capuccino. Cuando iba a levantarme, después de dejar mis bártulos sobre la mesa, la camarera rubia de los fines de semana apareció por encima de mi hombro y me preguntó con una sonrisa en los labios y con acento polaco: ¿capuccino? Sonreí a mi vez y respondí: Tak dziękuję (sí, gracias).

Me pregunto si me echan en falta.

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Pelayo
Pelayo Puente Márquez: Co-Creador. Editor. Director creativo. El que tira del carro.

 

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