Adoradores nocturnos

Sören Cabal

Era la noche de un martes de últimos de agosto o principios de septiembre, esa clase de noches en las que el verano chisporrotea acalorado y se rebela contra el advenimiento del otoño, como una vela que parpadea antes de consumirse por completo. Caminaba por la calle Toreno. Iba distraído. Deambular por las desangeladas calles de la ciudad se había convertido en una tediosa costumbre. Repetir el mismo itinerario me aburría, pero la oscuridad y la prudencia me impedían seguir rutas distintas.

Me detuve al pisar algo: un papel, el trozo arrancado de un folleto que me era conocido. Introduce tus datos en el buzón de registro de la Adoración Perpetua en la capilla de las Esclavas, leí. No era nada especial; sin embargo, en ese momento sentí la imperiosa necesidad de obedecer y entrar en la iglesia. Y lo hice.

¿Qué tiene la noche? ¿De dónde viene la solemnidad que rodea a las tinieblas y que nos hace abrir los ojos mientras la luz nos deslumbra? Todo es mejor —sabe mejor— tras el ocaso. Hay muchas decisiones, las mejores de mi vida —también las peores—, que jamás me habría atrevido a tomar, y quizás no se me habrían ocurrido, a plena luz del día. Solo la noche nos conoce. El día está lleno de secretos y caretas. Bajo las estrellas mostramos nuestro auténtico ser. A las doce del mediodía alguien habría barrido esa hoja y yo hubiera llegado a casa cuatro minutos después, como tenía previsto. A las doce de la medianoche el papel estaba allí, lo tomé y me acerqué a la capilla.

La puerta parecía cerrada. La empujé y descubrí que solo se encontraba ligeramente atascada. Una tenue y anaranjada calidez iluminaba el interior. Me sentía eufórico. Avancé por el lateral y vi, arrodillada en una de las primeras filas, a una mujer. El Santísimo me observaba desde el altar. Me persigné como quien saluda a un jefe en un velatorio ajeno. Llegué al buzón al que se refería la nota y miré la ranura. Cogí un bolígrafo y escribí en el papelucho: yo mismo. Lo introduje en el cajón y di media vuelta. La mujer que rezaba a escasos metros me inquietaba. Ignoraba si me había visto. Me senté en un banco apartado y fingí rezar. La turbación persistía. ¿Quién sería? A simple vista no tenía nada extraño: era una mujer perfectamente normal, tanto que llegaba a ser sospechosa. Uno está acostumbrado a encontrarse con toda clase de estrambóticos personajillos durante sus paseos nocturnos. No obstante, aquella señora no lo era; de hecho pintaba mucho más allí que yo. Quería decirle algo, conversar con ella, preguntarle lo que fuese. La timidez y la costumbre de circular en soledad rodeado por un océano de desconocidos con los que el civismo me prohibía conversar o siquiera saludar me detenían. Me imaginé saliendo de allí y contándole mi experiencia a alguien: estuve a punto de hablar con ella, pero… No, no podía quedarme a punto de nada.

Me levanté y caminé hacia la mujer. A medida que me aproximaba, la intensidad del momento aumentaba. Estaba nervioso y no entendía absolutamente nada. Me detuve junto a su banco sin atreverme a dar un paso más, como si acariciase el borde de un precipicio con los pies. La custodia llamó de nuevo mi atención desde lo alto. Una idea estúpida se me ocurrió. ¿Y si aquella mujer tan normal, aquella persona orando en un pequeño templo era Dios? Por un momento imaginé toda mi vida concentrada bajo la bóveda de la iglesia, todas las ideas, las risas y las lágrimas que me habían llenado postradas frente al ser más desvalido del universo. Y me lo creí, vaya si me lo creí. Poco faltó para que cayera rendido sobre el suelo de piedra. Tenía que decir algo. Me henchí de valor y acepté el desafío de la madrugada.

Disculpe, no pretendo interrumpirla, comencé renqueante. La señora se giró y me miró perpleja. Perdone si le molesto; desearía hablar con usted si está dispuesta, dije con mayor determinación. Seguía sin dar crédito, pero me había entendido. Accedió de buen grado, aunque sus gestos todavía eran confusos.

No quiero ser indiscreto, pero ¿podría decirme qué le lleva a rezar en una iglesia un martes a medianoche? Sé lo que es la Adoración Nocturna, por supuesto. Lo que me interesa en realidad no es tanto eso como sus motivos personales para comprometerse a esta tarea. Si le digo la verdad, no tengo ni idea de por qué se lo pregunto. Hace un momento estaba en la calle y algo me trajo aquí. Una vez dentro la encontré a usted y me sentí empujado a conocerla. Soy consciente de que suena extraño, no he podido evitarlo. No, creía en Dios. Mi relación con la Iglesia no pasa por su mejor momento. Por nada en particular; lo que me ofrece no me interesa, eso es todo. Voy a confesarle una cosa. Sören, ¿usted? Encantado de conocerla. Como decía, desde hace tiempo soy incapaz de aguantar una misa hasta el final: a veces llego tarde, otras salgo antes de tiempo, últimamente ni siquiera entro. Sin embargo, en ocasiones, como hoy, al pasar por delante de una iglesia no puedo evitar entrar. Me arrodillo ante el altar, me siento y rezo. No sé por qué lo hago. Incluso he llegado a hablar solo. Bueno, solo no; hablo con Él, o lo intento. Supongo que entro en busca de algo, pero salgo con las manos vacías. Es frustrante. Abandono la eucaristía porque creo estar perdiendo el tiempo; no obstante, la echo de menos. No añoro aquello, no quiero. No lo sé. Sí, mi familia es creyente, pero ellos… dejémoslo en que no nos comunicamos bien en este tema. Ojalá lo entendiese como usted. No me malinterprete, respeto e incluso envidio su convicción, su fe; sin embargo, por mucho que lo repita sigue sonándome ajeno y no quiero construir mi conciencia con ladrillos extraños. ¿Por qué he entrado? No he tenido tiempo de decidir, se lo aseguro; lo he hecho por inercia, por azar, por voluntad divina. Tenía la impresión de que esto iba a ser una especie de experiencia religiosa y, hasta cierto punto, no me he equivocado. “El Señor es el Camino, la Verdad y la Vida”. ¿Qué significa? Dios nos muestra siempre el camino correcto, debemos tener fe en ello. Sin embargo, gozamos de infinita libertad, incluso si la usamos para esclavizarnos. ¿Y si a pesar de la llamada de Dios, rehuímos el camino recto una y otra vez, para siempre? ¿Lo cree posible? ¿Puede ser nuestro destino incluso si nunca llegamos a alcanzarlo? Peor aún, ¿qué ocurre si conocemos nuestro camino, pero no lo tomamos; si nos debatimos continuamente en la línea de salida pese a saber qué es lo correcto? Nuestra libertad también alcanza ese umbral. Quizás. Sí, estoy seguro. Solo vivimos una vez; en lugar de libres, Dios debió habernos hecho valientes. Se equivoca, soy tan cobarde como cualquiera. Si un hombre no tiene coraje bastante como para tomar las riendas de su vida, ¿de qué le sirve su libertad? (Silencio) El Camino, la Verdad y la Vida… Espero que tenga razón. Me ha alegrado mucho conocerla, de verdad. No, yo le doy las gracias a usted.

Acto seguido me arrodillé en el banco vecino y recité El Señor es mi pastor, nada me falta. Me incorporé, guiñé un ojo al Cristo y, cuando me disponía a salir, escuché: Gracias por acercarte a hablar conmigo. Espero que sigas siendo tan bueno como a mí me has parecido. Lo dijo esa mujer cuyo nombre no voy a revelar, una desconocida en mitad de la noche en una civilización en la que nadie habla con nadie. Me despedí de ella con una sonrisa y abandoné la capilla.

Fuera seguía siendo de noche, pero ¿qué había dejado dentro? Fiel a mi primer pensamiento, escogí creer que había rozado a Dios. ¿Por qué no? Existe más santidad en una sola experiencia humana que en todos los incensarios del mundo. Los caminos del Señor son inescrutables, eso dicen, eso mismo había dicho minutos antes la adoradora.

Escribo esto otra noche cualquiera, una semana después. Hace unas horas volví a entrar en la capilla, esta vez por anhelo, y encontré una estampa bien distinta, pero no es momento de contar cuanto vi. Los artículos, como las epifanías, conviene vivirlos de uno en uno.


Sören
Sören Cabal: El todo insuficiente. El fracaso omnipresente de mi yo.

 

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