Monstruos

Pelayo Puente Márquez

Publicado originalmente en La lección del alumno, 2016.

La puerta es imponente. Una construcción basta, de ladrillo, sin mayores pretensiones que el arco de medio punto que engulle las vías del tren frías, austeras y duras como la extensión que se abre a su paso.

Al traspasar la entrada de Birkenau una tenue solemnidad se posa sobre tus hombros, como si un millón de manos fantasmagóricas te empujasen hacia el interior del lager, cuyo horizonte infestado de alambradas parece no tener límite.

A ambos lados de las vías unos cercados de alambre de espino electrificado bloquean el acceso a los barracones, de ladrillo a la izquierda y de madera a la derecha, ambos con suelo de grava pisoteada. De la mayoría solo se conservan sus chimeneas, diseminadas por doquier cual cientos de lápidas de adobe. Monolitos conmemorativos, monumentos a la ironía, pues su destino era el olvido.

La guía se detiene en varios puntos de la calle principal. Describe con desgana burocrática, convirtiendo su exterminio en papeleo, las penurias de los deportados que llegaban en los trenes, condenados por su propia sangre. Al principio los apeaban frente a la puerta, pero más adelante los raíles se prolongaron hasta el interior. Aquella breve caminata era una pérdida de tiempo y el asesinato masivo exigía productividad.

Las ruinas de las cámaras de gas y los crematorios yacen en el barro. Junto a ellas un grupo de adolescentes con banderas israelíes atadas al cuello cantan en hebreo. La guía los mira mientras guarda silencio. En sus ojos brilla con apagada viveza la indiferencia y el descontento por ver su explicación interrumpida. En Auschwitz no hay lugar para los sentimientos, como tampoco lo había entre las filas del sonderkommando, presos  encargados de vaciar las cámaras y despojar de dientes de oro y demás alhajas los cadáveres ennegrecidos por el Zyklon B.

A nadie le embarga la emoción, no se ven lágrimas resbalando por las mejillas. El gélido viento de la estepa y el silencio que envuelve el campo han drenado sus palabras y helado sus corazones.

La oscuridad del interior de los barracones es densa. En uno de los laterales de un camastro se distingue el dibujo de una escuela. Mi padre —a quien en tono de broma llamo a veces sionista—, en un arrebato de fetichismo, se introduce furtivamente un pedazo de ladrillo en el bolsillo.

Miro atrás antes de abandonar el campo. El paisaje es escalofriante; sin embargo, no siento nada. Toda inquietud es mental y, hasta cierto punto, subliminal. No veo tragedia alguna estallando contra mi corazón, ni voces imaginarias clamando por sufrimientos pasados. Solo permanece el sobrecogimiento inicial, ningún atisbo de trauma o decepción.

Dos interrogantes surgen ya de vuelta al autobús. Por un lado, ¿está bien haber convertido Auschwitz en maquinaria turística? Por otro, ¿qué monstruo podría cometer una barbaridad semejante? Para la primera pregunta carezco de respuesta, no así para la segunda. Ningún monstruo. Todos nosotros.


Pelayo
Pelayo Puente Márquez: Co-Creador. Editor. Director creativo. El que tira del carro.

 

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