De silva comburendo

Andrés Martínez Morán

Este lunes, tras soportar el matinal tormento de tener un despertador eficaz, me vi sorprendido por el hecho de que, tras levantar la ventana, no alcancé a ver el más mínimo indicio de amanecer al otro lado del cristal.

Tras confirmar que no me había despertado demasiado temprano (no suele ser el caso), me conformé con pensar que era una mera consecuencia del paso del equinoccio de septiembre y la cíclica conquista de lo diurno por el crepúsculo.

Pasé una fugaz revista a las redes sociales desde el teléfono, para acabar apagándolo al toparme con titulares como “Descubre la nueva moda que arrasa en Asia” y “¿Por qué hay tantos heterosexuales en Blade Runner 2049?”. Mejor ponerse a estudiar.

A la hora, forzado por ese tipo de tedio que compele a la mente al escapismo, miré distraído a la ventana. El cielo, antes lóbrego, había trocado en ocre; de esa tonalidad que toma el plasma sanguíneo al verse privado de hemoglobina tras el centrifugado. La densa capa que invadía el celeste era traslúcida y apenas permitía la vista de los montes en el horizonte. La imagen parecía fabricada por el director de fotografía de un filme postapocalíptico, pero el olor a ceniza suspendido en el viento era demasiado cierto.

Todo cobró sentido al recordar la prensa del día anterior.

El noroeste peninsular, buena parte de las tierras que hace quince siglos pertenecían a los reyes suevos, es pasto de las llamas, que envilecen su connatural verde al mutarlo en fúnebre negro. Son ‘lumes’ no nacidas de la fortuitidad, sino de la patología, la insidia, o bien de la más pura malicia.

La catástrofe lleva aneja la desgracia de tornar aquello que antes era trivial en necesidad vital. Poblaciones enteras suplican en sus oraciones a los santos patrones la venida de la lluvia, tal y como rezaba el sitiado para que llegasen ejércitos aliados para levantar el cerco a su plaza fuerte.

Y como los infortunios no vienen sólos, la cainita política ha comenzado su juego de inculpación y exculpación a conveniencia. Reaparece en escena el “ocalitos non”, las analogías odiosas respecto del despliegue policial en Cataluña, y demás acusaciones que, por no tener en cuenta la legislación de montes,  corresponde dar el beneficio de la duda en forma del clásico principio de Hanlon.

Pero, como explicó Spinoza, no hay esperanza sin miedo, ni miedo sin esperanza. Aún quedan jueces en Berlín e integrantes de la UME allá donde haya un incendio. Resurgiremos. Como ya lo hicimos antes.

P.S: Las cenizas de España y Portugal, arrastradas por la tormenta Ophelia, han cruzado el canal de la Mancha (siempre me ha irritado un poco llamar así a lo que debería traducirse del francés por “manga”) y ha teñido también de ocre el taciturno cielo sobre el Támesis, allá en la Albión. Iberia sangra; el mundo contempla.


Inocencio-X
Andrés Martínez Morán: Inquisidor neo-güelfo. Pretendiente al trono Syldavia. Escribo sobre cosas que no reportan utilidad alguna

 

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