Laura Palacio Río

Cuando cerré por última vez aquella pesada puerta de madera que separaba el vestíbulo de Kronenstraße 11 de la calle empinada que había sido mi hogar durante tres años caí en la cuenta de todo lo que dejaba atrás. Estaba escondiéndose el sol y antes de arrepentirme, subí con presteza hasta el final de la calle, giré a la derecha y me dirigí al muro de piedra que separaba la colina de la subida hacia el castillo y desde donde tantas veces había visto atardecer, y amanecer y atardecer de nuevo. Desde allí, el cielo era inmenso, en las pequeñas ventanas de los tejados puntiagudos, que parecían construidos unos sobre otros, se reflejaba la última luz del día y las ramas de los abetos se movían levemente. Quizás la temperatura no superaba los cero grados y recordé las veces que me repetí a mí misma que nunca volvería a vivir en un sitio tan frío. Sonreí por lo extrañamente agradable que me estaba resultando aquella corriente de Febrero rozándome la cara, a partir de aquel día decidí describir la nostalgia como el aire frío de invierno que azota tu rostro mientras te alivia y te duele al mismo tiempo.

Era el mes que más detestaba del año. Aunque el lago estaba congelado y los niños nada más salir del colegio corrían deslizándose sobre el hielo con sus abrigos de colores. A pesar de que entrar a beber medio litro de cerveza en aquel bar con paredes de ladrillo y listas de bebidas escritas en libros antiguos para huir del frío de la calle era casi como una experiencia religiosa. Y sobre todo, aunque los abrazos que me dabas mientras pisábamos las hojas caídas en el paseo de la isla arbolada insertada en medio del Neckar, la que tantas veces imaginábamos hundiéndose bajo nuestros pies, fuesen los mejores del año.

No podría decir con exactitud cuánto tiempo estuve por última vez apoyada en aquel muro: con una maleta ridículamente llena, un abrigo ya demasiado ajado, que era casi como un compañero de viaje y una angustia tan profunda a la que le había dado paso la melancolía. Ya era noche cerrada, seguramente la temperatura aún era menor y aunque las campanas de la iglesia anunciaban las seis de la tarde, parecía que a la puerta de mi antigua casa y a ese momento observando la oscuridad desde el punto más alto de la ciudad vieja, los separaba una eternidad. Ya era hora de irse.

Evité hacer mi recorrido de siempre: no quise pisar la plaza del Ayuntamiento, tampoco la de la iglesia, a ver si iba a caer en la tentación de comprarme otra postal con una imagen idéntica a las cincuenta que ya tenía del río desde el puente: con nieve, o con flores, o con sol, o contigo, o con nubes, o con gente feliz en las barcas. A los pocos días de llegar a la ciudad, descubrí que detrás de la iglesia había un atajo con unas escaleras empinadas para bajar al río, así que seguí ese camino para evitar mirar de reojo la terraza de mesas de madera donde probé el Chardonnay por primera vez mientras te reías de cómo titubeaba para entenderme con el camarero en inglés. Después de aquello nunca dejé de tomar vino blanco a todas horas.

Las escaleras no fueron una buena idea. Después de bajarlas a trompicones llegué por fin al puente, aligeré el paso para que el reflejo de las luces, de la luna y de los edificios en el agua no perturbasen aún más aquel paseo, que había empezado con esa extraña satisfacción que te dan los finales pero que casi terminaba como cada paso que se da en el corredor de la muerte. ¡La tristeza es a veces tan inesperada!

Los últimos pasos hacia el autobús que me llevaba lejos de allí me sirvieron para darme cuenta de la hondura de sentimientos que me provocaba mi partida. Allí dejaba todo lo que había traído algún día, me daba la impresión de que trozos de mí se habían ido esparciendo por los rincones de aquella ciudad, que me dio y me arrebató todo a la vez. Me gustaba pensar en las calles empedradas por las que varios años antes Hegel transitaba con unos libros bajo el brazo o un soldado francés le declaraba ebrio su amor a una estudiante de Historia. Recordaba las tardes de verano tumbados bajo el sol mientras cantábamos casi en un susurro, nunca tuvimos grandes voces y sin embargo nos daba igual. De la misma manera, también deseaba que recordases aquella fachada roja con catorce ventanales blancos que tanto me gustaba y que a ti te parecía una excentricidad, los veinticinco pasos que separaban la escalera de tu piso del viejo balcón desde donde observábamos a la gente pasar y nos inventábamos historias y mi asiento favorito del cine que estaba enfrente del parque donde afirmabas que un día paseó de arriba a abajo Goethe.

Sentada en el autobús, al lado de la ventana, recordé aquello que me explicabas sobre las falsas esperanzas. Creo que podría superar tu argumento, incluso siendo consciente de que siempre elegías las palabras certeras para todo. Y no apareciste, mi deseo desvaneciéndose se dibujó de repente tan imposible como hermoso. Y aunque sabía que no llegarías, imaginaba que lo harías. No lo hiciste porque odiabas los finales de película, porque eran ideales, pero solo eran eso. Porque nada de aquello fue perfecto, pero sí extraordinariamente auténtico.

Como el invierno en Tübingen.


Laura
Laura Palacio Río: Buscaba libros y periódicos aunque al final, me perdí entre leyes y números. Lo que escribo es producto de mi imaginación.

 

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