De profesión, borracho

«¿Cuál es su nacionalidad?», preguntaba el mayor Heinrik Strasser en mitad del humo del Rick’s Café Américain.
«Soy borracho», respondía Bogie, exagerando lo justo.
«Eso le hace ciudadano del mundo», añadía el Capitán Louis Renault.

Hoy día no se puede beber alcohol en televisión. Ahora, para simular el plácido acto de tomarte una copa de whisky o bourbon –que no son lo mismo, por cierto, hablaremos de ello– se utiliza un poco de té con hielo. Por tanto, si te invitan a alguna tertulia televisiva, tienes que ir bebido de casa. Y afirmo aquí, aunque suene a tópico, que la televisión ha dejado de ser lo que era.

Hace ya algunos años que descubrí el ejemplar, bastante manoseado, del Factótum de Charles Bukowski que tengo en mi biblioteca. No puedo, y tampoco es el objeto de esta reflexión, expresar cómo ese viejo bolingas impregna fuerza en el alma, plantando cara a la estupidez humana –si él puede, yo también, pues las resacas solamente me duran la mañana siguiente–. Tiempo después me hice con una grabación de lo que podría llamarse el mito bukowskiano del Apostrophes, el programa literario por excelencia francés donde el yanqui la había liado bien liada a mediados de los sesenta. Buk siempre alegó en su defensa que él no se acordaba de lo ocurrido –cosa normal viendo la tajada que tenía–. No era excusa, no obstante, para Bernard Pivot, que conducía y dirigía el espacio, y que expresaba su decepción con el estadounidense sentenciando que «definitivamente, estos americanos no aguantan nada bien la botella». Y eso que todos sabemos que Bukowski había llevado su propia cantimplora directamente del hotel –supongo que intuyó calor en el set–, por lo que no debería haberle sorprendido sin calentar.

Permítaseme hacer ahora patria y recordar el más notorio de los cebollazos nacionales, el de Fernando Arrabal. Era 1989 y tras un inconsciente descuido de los realizadores, el agua se hizo una especie de anisete de nombre toponímico, empapándose el estudio de El mundo por montera de una inspiradora atmósfera etílica. Claro está que para quien se encuentra en pleno uso de sus facultades físicas y mentales, no hay lubricante como el agua de fuego. Y aquella noche Arrabal apuró el vaso, templó la garganta y ofreció, tal vez, el más excelso de los momentos de la televisión pública española. «Arrabal es un tío bajito. Una copa a él le hace lo mismo que a mí tres», se excusaba Dragó tras aguantar estoicamente la escena. Pero para el televidente ibérico el concepto de milenarismo había venido, como quién dice, para quedarse –Fernando, la culpa fue del chinchón. Bendita pócima–.

Sirvan sendos ejemplos como aval para la vuelta del alcohol a las pantallas –al menos en diferido–. De esta forma quizá rompamos con parte de la dictadura de lo políticamente correcto. Hablemos claro –con la complicidad que da el taburete– y proclamemos la siguiente máxima, en voz alta y tartamudeando, a modo de reivindicación: las copas –no necesariamente de vino– que nos tenemos o no que tomar, déjennos que nos las tomemos tranquilamente, pluralizando al del bigote. Y aunque es un hecho que nadie se jubila de piripi, vale más borracho conocido que alcohólico anónimo.

¡Salud!

P.S. En televisión tampoco está bien visto soltar tacos.


 

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