Del carcajeo trágico de la vida

He intentado escribir una reseña seria de BoJack Horseman y no he podido. Lo que sigue lo he escrito sin pensar y a toda velocidad para evitar sandeces. Quien busque lo primero puede probar suerte en Filmaffinity.

Para el que no lo sepa, BoJack Horseman es una serie animada de Netflix en la que conviven seres humanos y animales antropomorfos. Al principio esto parece importante, luego no; solo es parte del sinsentido que la serie trata de construir.

Sumando sus créditos iniciales y finales se obtiene un resumen sólido de la ficción. Back in the 90’s I was in a very famous TV show…., se oye al final de cada episodio. Así mismo, todos comienzan con un primer plano de BoJack en su rutina diaria. Personas, fiestas y horas se suceden tras él mientras las observa indiferente e insensible, como si de un decorado se tratase.

BoJack Horseman —sí, es un hombre-caballo— fue la estrella de una sitcom muy popular en los 90. Desde que la cancelaron, hace unos diez años, vive en un gran chalet en Beverly Hills y se toma la vida con desidia. No ha vuelto a trabajar. Pasa los días dilapidando la fortuna que obtuvo actuando en Horsin’ around —el very famous TV show en cuestión— y fingiendo que sigue siendo una celebridad. Mi primera impresión fue la de un personaje arquetípico —cercano a Charlie Sheen en Dos hombres y medio— protagonizando una comedia negra y absurda. Ahora, sin embargo, mi opinión es muy distinta.

BoJack Horseman, aunque parezca un desfile de carnaval, es una serie pesimista y —en ocasiones— de una complejidad psicológica digna del mejor Don Draper. Claro, estos personajes no visten tan bien ni trabajan en Madison Avenue; sin embargo, juega a su favor una ventaja inesperada: no se toman en serio. Esta ligereza les da carta blanca para hacer el ridículo, mas también para sufrir.

El grueso de los capítulos es un cúmulo de gags y ocurrencias desquiciadas —muy divertidas, por cierto—. Súbitamente la risa se resquebraja, el ruido se apaga y te encuentras con los personajes en el fondo del abismo. Estás sentado junto a un BoJack de siete años, frente al televisor, mientras sus padres se matan en la habitación de al lado. Estás viendo una entrevista de su ídolo, Secretariat, al que enseñan una carta escrita por el niño que se encuentra a tu derecha. En ella BoJack le pregunta —no tiene a quien más acudir— qué hace cuando está triste. Respuesta: BoJack, when I was your age, I got sad. A lot. I didn’t come from such a great home, but one day, I started running, and that seemed to make sense, so then I just kept running. BoJack, when you get sad, you run straight ahead and you keep running forward, no matter what. There are people in your life who are gonna try to hold you back, slow you down, but you don’t let them. Don’t you stop running and don’t you ever look behind you. There’s nothing for you behind you. All that exists is what’s ahead. Secretariat se suicida poco tiempo después.

El Secretariat real  fue un caballo de carreras, ganador de la Triple Corona en 1973.

BoJack no pudo escuchar estas palabras, pero desde entonces no ha hecho más que correr. Corre de sus miedos, de la familia que nunca le quiso, que nunca le comprendió. Corre de las personas que, teme, le harán daño, de las parejas con las que no puede ser sincero, de los amigos que dice no necesitar. Corre del éxito que le asusta no alcanzar. Corre de los sueños que imagina hechos añicos. Corre de la felicidad que, sospecha, jamás compartirá. Corre porque cuando deja de correr sus fantasmas le dan alcance y le torturan su tristeza y su terrible soledad; y tiene que echar a correr otra vez, porque es el único modo de escapar. En su carrera solo hay lugar para el absurdo. Llena su vida de vacuidades y distracciones, de trampas que le ayudan a sepultar su conciencia. Cada vez que la realidad le tienta siente sus pies suspenderse sobre ese abismo que tanto le aterroriza. Y la rechaza. El absurdo es lo único que quiere, lo único que conoce y que, por su nada, no puede herirle.

La serie nos sumerge brillantemente en esta fantasía, en esta burla al corazón y a la verdad. Perros que hablan, gorrones chavistas, una sátira continua al estrellato… Cuando te quieres dar cuenta, ya te has visto reflejado en las negras pupilas de BoJack. Ves sus mentiras, sus disimulos. Cuando te quieres dar cuenta, también ves los tuyos. Reconoces ambos y te ríes, porque tiene gracia que te identifiques con un caballo de dibujos animados, pero esa risa se acompasa a un tempo trágico. Y te dices: ¡Qué bueno! Joder, pero ¡qué cierto!

Vedla, vale la pena.

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