Bebidos, pero solo un poco

HBO. Captain Lewis Nixon´s VAT69 bottles.

Harrock ‘n’ roll

—Quizás este sea el lugar perfecto para dejar de beber, aquí, a la cabeza del avance de los Aliados —consideraba el Capitán Lewis Nixon mientras recargaba su petaca.

—¡Salud!— concluyó segundos después, alzándola y echando un trago largo.

Nunca había comenzado un artículo expresando la importancia que tiene para mí haberlo escrito, sin embargo, en esta ocasión me gustaría transmitirle a mi apreciado lector la emoción que me ha sobrecogido estos días, mientras iba tomando forma este breve ensayo bélico-etílico —como no podía ser de otro modo—. Hoy es 11 de noviembre, y en las naciones de la Commonwealth se celebra el Remembrance Day —el Día del Recuerdo—. Durante esta pasada semana, aquellos afines al sentir británico portamos en las solapas de nuestras chaquetas de tweed la Poppy –una amapola de papel– que distribuye la Royal British Legion para recordar a los caídos en las contiendas posteriores a la Gran Guerra. Quizás sea mi anglofilia pública o un sentimentalismo apátrida quien escribe estas líneas en lugar del impasible Capitán que conocen. En cualquier caso, durante la redacción –además de haber vaciado unas cuantas botellas de Jim Beam que caían cual casquillos calibre 30 de una M1– he vertido un par de lágrimas. El motivo no es secreto, pues volver a ver los capítulos de la miniserie Band of Brothers, emitida por la HBO, hace que se me humedezcan los ojos más aún que leer el libro de Stephen Ambrose en el que se basa. No se crean ustedes que el Viejo Cachalote es más sensiblero de lo que pensaban, vean la serie y sientan la agüilla en los párpados.

Alguna vez escuché que los escritores suelen beber más de la cuenta porque intentan acallar algo que les tortura en el interior. En el caso de los soldados lo que les atormentaba estaba en el exterior. Personalmente, encuentro demasiados motivos para darme a la bebida en el campo de batalla —en este caso en un sentido literal, entiéndaseme—. Ya sea tirado en una zanja en los húmedos campos de la Europa francófona, Holanda o incluso en Alemania; aguardando el choque en el cuartel del batallón o en el punto de mira de un Scharfschütze —francotirador boche— sin agua en la cantimplora, pero con la petaca mediada. Hago aquí un breve inciso, pues todo bebedor sabe que para la ceremonia etílica hay que tener un cáliz en condiciones, mas el conflicto no permitía lujos. Ni Collins, ni Old Fashioned, ni siquiera en un breve shot. Suficiente con haberse asegurado una pequeña “garrafa” metálica sin fugas. Eran malos tiempos para los de buen paladar.

Tan necesario era por entonces mantener la garganta mojada como los pies secos, en este último caso para evitar los llamados “pies de trinchera”. Y es que desde siempre el hombre ha tratado de buscar métodos para incrementar su coraje —bien sea para acercarse a la pelirroja que está enfrente, acodada en la barra, o para coger el fusil y apretar el gatillo—. Una de estas formas la encontró dentro de la botella. En el caso de los británicos buscaron la valentía en el ron; los escoceses e irlandeses la obtuvieron dando unos sorbos de whisky o whiskey, necesariamente en este orden; para los franceses el remedio fue el coñac; los soviéticos utilizaron el vodka —así durante la Segunda Guerra Mundial, y tras la prohibición del alcohol durante la Primera, a los militares del ejército rojo se les asignaban unos 100 gramos del preciado líquido en su racionamiento diario, evitando de esta forma el anticongelante de las ametralladoras que los siberianos se tomaban como sustituto embriagante—.

Pero estar en el campo de batalla dificulta el suministro, y así lo ilustró el Capitán Lewis Nixon. Oficial de inteligencia, miembro de la 101ª División Aerotransportada, Compañía Easy y uno de los hombres de Toccoa. Nix fue además un hombre de excesos que se enteró de la guerra cuando ya estaba en Europa saltando sobre Normandía, fiel al VAT 69, pues «el hijo de su madre sólo bebía lo mejor de lo mejor», y el primero en elegir brebaje en la bodega personal del Reichsmarschall Hermann Goering de su casa en Berchtesgaden —como diestro beodo les aseguro que la decisión no debió resultarle sencilla—. Las guerras son tiempos de escasez, y esa circunstancia se hacía notar en las cosechas de grano. Había que elegir entre pan o destilados; alcohol para los obuses o para la ginebra. En definitiva, garantizarles el armamento o el valor.

La respuesta no es sencilla, pero muy cerca de ella estuvo el Coronel J.S.Y Rogers del 4th Black Watch, que combatió en Francia, cuando afirmó que «sin una ración de ron y otra de café antes de acometer la trinchera enemiga no se habría ganado la Gran Guerra». A pesar de estas dificultades el Capitán Nixon se aseguró el avituallamiento de su preciado oro en la Segunda a través de su amigo el Mayor Winters, haciendo el enfrentamiento más llevadero. Quizás esta fuese también la llave de la victoria Aliada, haber estado bebidos, aunque sólo fuese un poco. Pues un trago antes de la carga gana las batallas, pero una mayor tajada hace caer bastiones —recuérdese sino el guateque que tenían montado los troyanos mientras los griegos tomaban su ciudad—.

Y con el permiso de la Compañía, ¡Currahee!


Haddock

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