De Trump al Siglo de Oro: Una brevísima genealogía del cuckismo y la injuria

Andrés Martínez Morán

La alt-right. Otro producto del internet, como el spam, el trolleo, o el dalasreviú.

En 2016, la alt-right se convirtió en el foco de atención mediática cuando Hillary Clinton apuntó al movimiento como uno de los principales apoyos de la campaña presidencial de Donald J. Trump. Harto se puede hablar de lo que es la alt-right y de lo que no. Definir, por su propia etimología, implica delimitar, y no es sencilla empresa deslindar este movimiento heterogéneo, que agrupa tanto a apologetas del capitalismo como a aquellos que, casi eufemísticamente, se hacen llamar etnonacionalistas. A efectos de este artículo, nos interesa centrarnos en la ojeriza que profesan por el conservadurismo dominante, plasmado en el aparato del partido republicano, así como por la figura de William F. Buckley Jr. y su National Review.

Bien poco me gusta a mí esta “derecha alternativa”, encasillada al meme del batracio hortera en foros más que cuestionables. Siempre me ha gustado más el afable derechista que creía que su pensamiento era la consecuencia lógica de los títulos nobiliarios, la afición por los puros y el vientre voluminoso.

Vayamos al quid de la question. Cuck es un neologismo peyorativo, usado y abusado por la alt-right, que sirve como abreviatura de cuckservative (combinación de cuckold, cornudo, y conservative), que a mí me gusta traducir libremente como “mariconservador”, análogo al intemporal “maricomplejines” fraguado por el visionario periodista Federico Jiménez Losantos. Cuck es la justificada puyita de la derecha hastiada contra todos aquellos homólogos que serían capaces de vender a su esposa a un esclavista somalí si esto les sirviese para lograr la aprobación del espectador medio de El Intermedio.

Mientras que los americanos ya han extenuado el término, en España hemos sido excesivamente diplomáticos al no pronunciar entre dientes el equivalente en castellano por cada felonía perpetrada por nuestros representantes políticos. Explicaba Sebastián de Covarrubias, autor del Tesoro de la Lengua Castellana (1611), que palabras como cornudo, cabrón o cabronazo, suponen una gravísima afrenta al honor “en todo tiempo y en todas las naciones”. Cornudo no es otro que el miserable “a quien su mujer no le guarda lealtad, como no la guarda la cabra, que de todos los cabrones se deja tomar”. No se me ocurre mejor y más agreste descripción de la praxis de nuestros gestores públicos.

Ya decía la Nueva recopilación, de 1567, que cualquiera que llamase a otro gafo, sodomético, cornudo, traidor o hereje (las cinco palabras injuriosas), o acusase de lenocinio (no con esas palabras exactas) a la esposa ajena, tendría la obligación de desdecirse públicamente, so pena de sustancial multa. Visto así, casi podría pasar por alt-rightist el buen Quevedo, al incluir en El Buscón concatenaciones de vilipendios de la talla de “puto, cornudo, bujarrón [y] judío”. Chúpate esa, Richard Spencer. Qué más querría él que poder contar con un oprobio tan políticamente incorrecto como es marrano.

Cuck era Enrique IV de Castilla y por su candidez en el seno conyugal estalló el pleito sucesorio entre sus hijas (una de ellas no necesariamente biológica, entiéndase), casadas con los reyes de Portugal y Aragón, arrastrando así a la entera península a la guerra . Por no hablar de Carlos IV o de Francisco -alias “Paquita”- de Asís de Borbón. Honor y honra importan mucho. Si no, que le pregunten a Peribáñez.

De Gonzalo de Berceo a Camilo José Cela no escasean las vejaciones a la cornamenta en nuestra literatura; pues antes se ha de ser calavera que esposo de una licenciosa. Tampoco faltan toda una sucesión de personajes que, con independencia de su opinión sobre la política migratoria del Estado de Nuevo México, bien podrían calificarse de cucks. Fíjense que no habría Lázaro de Tormes sin el amancebamiento consentido. Y, si oteamos bien el horizonte, buscando el Lacio, nos podemos remontar hasta las comedias de Plauto.

Nos quitaron Cuba, pero en cuanto a palabras mayores y sorna el imperio prevalece. Ni siquiera inventó el anglosajón transoceánico el concepto de poser: al modernete cosmopaletopolita oriundo de Soria siempre se le conocía como lechuguino o petimetre antes de la era Twitter.

Me veo en la obligación moral de afirmar categóricamente que no existe improperio alguno adueñado por el yanqui que no hubiese sido pretéritamente empleado, con superior ingenio, por un hidalgo español. So late, Uncle Sam.


Inocencio-X

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