Me gustaría escribir un poema en portugués

Fernando Pessoa, Almada Negreiros

Laura Palacio Río

Aquellos que llenan grandes vacíos construyendo historias. Historias que son gigantes con pies de barro. Los que son cobardes. Los que dejan de luchar. Los conformistas.

Recuérdame aquellos versos que me recitabas.

mi corazón vacío,
mi corazón insatisfecho,
mi corazón más humano que yo, más exacto que la vida.

Las esperanzas. No es lo más difícil superar el pasado, sino aceptar el futuro, uno diferente del que habíamos planeado. “Mi corazón más exacto que la vida”, escribió un día Pessoa. Más exacto, más humano. Lo vital. Lo presente.

Tú me has abandonado. Has roto todas las promesas. Empeñado mi anhelo. Difuminado mi rumbo. Elegido el camino fácil. Una simple superficie, un tapón a la tristeza.

Querida,
me gustaría contarte por qué lo he hecho, las razones que me han llevado a conformarme…

¡Pero nada ha sido así! Te has ido y todo ha terminado.

∴ Diez años antes ∴

Los domingos eran para la abuela un ritual: a nadie se le hacía tarde en la cama, cafetera italiana, el tacto de mi abrigo verde de paño y el camino entre geranios que separaban la casa de piedra de la iglesia. Nadie se sentía más diminuta que yo. “La primera esquina de la casa de piedra la construyó el abuelo” repetía la abuela cada vez que convenía. Entre el último piso, donde dormían mis hermanas mayores, y el desván había una preciosa escalera de madera en forma de caracol que terminaba en una  misteriosa pared. Después de los siete escalones estaba el vacío, imaginaba otra nueva casa de piedra a partir de ella. Recuerdo un día en el que examiné tanto tiempo la pared que tuve la certeza de poder ver a través de unos minúsculos e imaginarios agujeros lo que había detrás.
Podría afirmar que la escalera era mi lugar favorito de la casa de piedra, pero era mucho más que eso. Durante la misa de los domingos solo pensaba en la escalera. La casa de piedra tenía grandes ventanas, contraventanas y unas cortinas largas y pesadas colgadas de anillos dorados que corría nada más despertarme los días sin colegio. Al abrir las contraventanas, notaba la humedad en el cristal y el sol tímidamente, recién llegado, entraba e iluminaba toda la estancia. En aquel rincón escribí cuadernos, descubrí al sabueso de los Baskerville, vi al mundo casi desvanecerse entre tormentas, me acabé las galletas que tenía prohibido probar para no seguir siendo una niña gorda, escuché a mis hermanas contar todo lo que sabía sobre los chicos mayores, lloré en silencio cuando se rieron de mis gafas, de mis muslos grandes, de mis zapatos viejos, leí una primera carta de amor, me escondí de lo que me asustaba, huí de los mayores y construí mi refugio.

∴ Cuatro años antes ∴

Te echo de menos papá. A pesar de que mis recuerdos son tan difusos como tus manos grandes y cuidadas acariciando mi pelo, como tu voz llena de seguridad hablando con la abuela de ese hombre temible que quería detenerte por escribir tus columnas en el diario provincial, como la canción del salón de té que cantábamos juntos, como la devoción con la que hablabas de ella: sus ojos expresivos, los poemas que algún día te escribió, aquel bañador verde que resaltaba su piel morena, su revolución particular. A pesar de que no puedo recordar exactamente de qué forma sonreías y cuál era tu libro favorito, te echo de menos cada día.
Me siento diminuta aquí.
Si pudieras y solo si supiese que es lo que quieres, me gustaría que volvieses para ver si las decisiones que tomo hacen que estés orgulloso. Quisiera contarte todo lo que he aprendido estos años de ausencia, que ya soy una mujer, y que puedo ser fuerte, casi como lo era ella. Espero que sigas pensando en mí.

Es bastante común entre los padres de mis compañeras de universidad recordarles que jamás encontrarán a nadie como ellos. A ningún abogado, doctor, empresario o catedrático como ellos, porque no siendo ninguna de esas cuatro cosas perdería el sentido buscarle, tampoco serviría. Mi caso es distinto porque papá se fue hace siete años. No llegó a tiempo para darme esos consejos terriblemente valiosos, y a la vez, totalmente detestables. Me gustaría preguntarle muchas cosas. A decir verdad, ¡ojalá no encuentre a nadie como él! Porque se fue pronto, tan pronto que me dejó sin tiempo, me lo arrebató.

Se fue el primer domingo de un septiembre tan caluroso como desolador, en la casa de piedra reinaba la calma y desde las escaleras, acurrucada junto a la pared misteriosa, muda por el miedo, divisé a la mayor de mis hermanas entrar corriendo desde la portilla donde empezaba un largo camino entre geranios rosas, por todo el sendero hasta la casa, con los brazos en alto, en un gesto de lamento. Nadie se detuvo a contarme qué había pasado. Volví a sentirme diminuta. Creo que a día de hoy, no comprendo bien cómo sucedió todo y por qué fue tan apresurado.

∴ Dos años antes ∴

Querida,
¡Estoy tan ilusionado! Hasta lo he comentado profundamente con mi buen amigo, él me conoce a la perfección, ha estado presente en muchas aventuras, nada se compara para mí a ti. Con toda seguridad, te digo que no hay otras chicas como tú. Para lo que me queda, ya no busco nada más y te prometo luchar por esto. Esto lo se, porque cuando encuentras algo tan valioso, por mucho tiempo que pase y por muchas personas que vengan y vayan, nada cambia en tu interior. Formamos un gran equipo, nunca te vayas de mi lado por favor, y si lo haces dará igual porque en uno, tres o quince años seguiré locamente enamorado de ti, esperando con fervor tu regreso a mi lado, nada importa, solo importas tú.

Cuando empecé a leer, en mi penúltimo año de colegio justo antes de comenzar la universidad los poemas de Fernando Pessoa, no era consciente de que serían aliento y terapia.

En la carretera de Sintra, cerca de la medianoche, a la luz de la luna, al volante,
en la carretera de Sintra, ¡qué cansancio de mi propia imaginación!,
en la carretera de Sintra, cada vez más cerca de Sintra,
en la carretera de Sintra, cada vez menos cerca de mí…

Aquel día en el que Álvaro de Campos conducía hasta Sintra, al volante de su Chevrolet, debía sentir algo parecido a aquellos que van con rumbo a ninguna parte, a aquellos que viven simple y rotundamente. Pessoa creó personajes para contar sus historias, para componer libremente. Todos hacemos lo mismo.

La abuela ya se ha ido, me cuesta recordar a papá, la casa de piedra vuelve a estar llena de vida, aunque esa vida no es la nuestra. Nosotros caminamos separados.

No pensé en prepararme para tantas despedidas: un sueño eterno, una bala, un silencio. Algunos silencios duelen demasiado.

¿Y sabes qué es lo peor? A veces duran para siempre.


Laura

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