Réquiem por un engaño

Pelayo Puente Márquez

PRÓSPERO: ¡Oh esclavo impostor, a quien pueden conmover los latigazos, no la bondad! Te he tratado, a pesar de que eres estiércol, con humana solicitud. Te he guarecido en mi propia gruta, hasta que intentaste violar el honor de mi hija.

CALIBÁN: ¡Oh, jo! ¡Oh, jo!… ¡Lástima no haberlo realizado! Tú me lo impediste; de lo contrario, poblara la isla de Calibanes.

 

La tempestad [Acto I, 2], W. Shakespeare.

Había una vez un niño. Nunca fuimos amigos. Lo que sé de él me lo han contado personas que lo conocían bien y lo apreciaban. Era un niño pelirrojo, desgarbado y enclenque, con problemas para el aprendizaje. Dicen que era bueno e inocente, pero falto de voluntad, de personalidad y de criterio, fácilmente maleable por chicos más listos y —a menudo— más taimados.

Aunque tenía mi edad, iba varios cursos rezagado. Nunca hablé con él. Recuerdo verlo en el recreo, cuando íbamos a la ESO, corriendo detrás de chavales que le hacían burla. Me inspiraba cierta lástima, pero la compasión no me empujó a ayudarlo. No soy un buen samaritano, al fin y al cabo, ni me jacto de serlo. Sus amigos maduraron antes que él. Abandonaron las fases erráticas de la adolescencia mientras él se estancaba en ellas. Se distanciaron. No perdieron la relación por completo, pero tuvo que buscar nuevas amistades junto a las que perpetuar sus aficiones. Nadie le explicó que llegadas ciertas edades los únicos que siguen yendo de malotes son los malos de verdad.

Se rodeó de malas influencias, algunas de ellas viejos amigos que habían dejado de serlo. Ignoro qué hacía con ellos. Fue aislándose de sus antiguos compañeros. Se divertía con los nuevos: ganduleaban, hacían un poco de vandalismo inofensivo, empezaban a fumar, a beber. Sus colegas le tomaban el pelo; nada excesivo, solo bromas no muy pesadas. Todo respondía al juego, para él inocente, del colegio. Cuando dejó los estudios, la broma se convirtió en el centro de su vida. No le importó: tenía amigos y se lo pasaba bien con ellos, se sentía parte de un grupo que suplía su inexistente identidad.

Al cabo de un tiempo, sus amigos se cansaron de su compañía. Decidieron que el chiste había terminado y que debían pasar a nuevas diversiones en las que nuestro chico sobraba. Un día, uno de estos coleguillas lo condujo a un paso subterráneo. Le pidió que esperase allí un momento y se fue. Poco después, un desconocido llegó por donde se había marchado su amigo. Lo derribó antes de que pudiera defenderse, lo pateó, le robo cuanto llevaba encima y desapareció. Nuestro niño se quedó tirado en el suelo. Su amigo no volvió.

El chico no entendió lo que había ocurrido. Pidió explicaciones a sus falsos amigos, creyó sus excusas y siguió saliendo con ellos. Ignoro cuántas veces le hicieron algo parecido.

… ¿A dónde quiero llegar con esto?

Hoy me acuerdo de ese niño, siento que pervive y lo encuentro en muchos nombres. Son los sucesivos gobiernos centrales que mercadearon —y siguen trapicheando— con el nacionalismo. Es el PSC, su indeterminación y los tripartitos pasados —e inocuos solo en apariencia— que fantasea con reeditar. Es la pusilanimidad del Estado, ya sin propuestas ni cara después de haber ofrecido infinitas otras mejillas a las continuas bofetadas regionalistas. Es el constitucionalismo huérfano de ideas, defensor de la tinta, que pretende hacer de su volubilidad un monolito capaz de contentar todo desafío sin alterar su forma. Es la izquierda dispuesta a inmolarse y a pactar con Mefisto con tal de robarle cuatro votos a su madre. Todos ellos han jugado al compadreo con el nacionalismo —y no solo el Made in Cataluña—.

Resultado: liquidación del Estado de las Autonomías y, por extensión, de la Constitución de 1978, y de la infalibilidad de nuestro ordenamiento jurídico. Pero lo peor no es esto, lo peor es la pregunta que sobreviene al resultado y que —creo— todo aquel que no sea un sectario comparte: ¿sigue siendo legítima una legalidad rechazada por una importante porción de la ciudadanía a la que somete? Si la respuesta es negativa, ¿qué prima: la legitimidad o la ley? ¿Cómo saberlo? ¿Cómo acotar siquiera la primera?

A pesar de la gravedad de sus pecados, ninguno de los actores del vodevil en que se ha convertido la actualidad política hace examen de una conciencia distinta de la ajena. Incluso ahora, que todos sus despropósitos les han dejado en evidencia, siguen presentándose como los únicos salvadores posibles al tiempo que abrillantan las políticas que nos han conducido al desastre. Es difícil determinar si su conducta responde a la ingenuidad o a la vileza más descarada.

Ser independentista no es un sacrilegio, mal que les pese a muchos; es una postura plenamente legítima, al igual que todas las ideas en sí, independientemente de su fundamento fáctico. No solo eso, sino que en tanto más se cuestiona la legitimidad de una ideología, más legítima y necesaria se antoja su defensa. No sostengo que el error de las “fuerzas nacionales” sea la confraternización en sentido estricto con partidos de corte independentista, pues España —afortunadamente— no es una democracia militante, al contrario que otros estados, como Alemania. Su error se llama ingenuidad, a menudo rayana en la locura. Y es que solo un ingenuo o un loco se acuesta con fuego y se extraña al ver su hogar en llamas. El loco tiene derecho a hacer de la piromanía deporte si lo practica en la intimidad de su casa; no así cuando incendia el pueblo entero y, al verse interrogado, acusa al fuego de ser fuego y de no llevar un aviso de “QUEMO COSAS” pintado en la frente. El fuego incendia al igual que el nacionalismo busca la independencia. Esto no es ni bueno ni deleznable: es una consecuencia lógica, su naturaleza, algo a lo que hay que atenerse.

Los partidos políticos constitucionalistas han sido Próspero y el niño infeliz de la historia. Confiaron en los Calibanes catalanes que fingían ser sus amigos y, como no podía ser de otra forma, sus hijas han amanecido violadas y ellos desvalijados y confusos en el barro. Solo cuando es tarde claman a la Ley por una traición que aún no han entendido. Calibán se ha comportado como cabía esperar de Calibán, claro; pero ¿son inocentes los otros por haber confiado en él haciendo oídos sordos al sentido común, poniendo en peligro el capital nacional y la paz social? ¿Son crédulos o irresponsables muy mentirosos? Los crédulos no son villanos, merecen compasión. La ingenuidad solo es mala si es impostada y se ejerce como profesión. En esto último estamos hundidos hasta el cuello.

Hoy se leen, se escuchan, se ven demasiados discursos maniqueos que prometen cambio allí donde todo sigue igual, que señalan a quienes nos lo han robado todo prometiendo que ellos mismos nos lo han de retornar. Se ensalza la equidistancia del relativismo más pusilánime cuando la equidistancia solo es útil si es circunstancia y no definición, cuando recae sobre una integridad férrea y objetiva, no sobre la indecisión. Hoy se venden eslóganes baratos, banderas estrelladas, coloridas, blancas; todos ellas mudas. Ambos bandos nos ofrecen soluciones mil veces fallidas y nos juran que esta vez funcionarán mientras condenan al oponente. No juzgo a quienes se tragan estas pamplinas; a todos nos aburre demasiado ya esta pelea, este continuo desfile de horrores, cobardía y bochorno, como para esforzarnos por discurrir una idea nueva. Es más fácil confiar en los truhanes que nos abandonaron en el fango y más tarde volvieron con nuevas sonrisas que cuestionarnos cuánta responsabilidad es nuestra y qué merece y no merece ser creído.

Así estamos. Hoy Rivera reza a Santa Inés para que salve a España en unas elecciones que —sabe Dios por qué— da por ganadas de antemano. Mi abuela piensa que el soberanismo lo inventó Puigdemont y que el problema se acabaría si Franco resucitase y lo mandase fusilar. Los columnistas de Ara.cat debaten sobre el sexo de Europa y la metafísica del progresismo. Federico Jiménez Losantos cruza los dedos para que haya una guerra —la provoque quien la provoque— para tener algo que poner a parir a la mañana siguiente. Los independentistas más ilusos se rajan las vestiduras cuando nulidades como Forcadell o Puigdemont se revelan como lo que  son: espantapájaros, charlatanes aupados al Parlamento por las mismas banderas que usan para camuflar su mediocridad. Jordi Évole es un referente intelectual en España y gimotea en El hormiguero por culpa de un Juzgado Central de Instrucción. Todo está dicho. No culpo a nadie por creer en algo, solo invito a la sociedad a ser coherente y pragmática en lugar de facilona y cobarde.

Publico esta reflexión a falta de poco más de un mes para las archihistóricas elecciones autonómicas de Cataluña con el ánimo de recordar a todo aquel que me lea la lección que nadie enseñó al niño de mi historia: quien confía en Calibán debe pensárselo bien y no descuidar a su hija, o acabará como la famosa rana de la fábula: ingenuo, muerto y lloroso.

Lo siento ranita. No he podido evitarlo. No puedo dejar de ser quien soy, ni actuar en contra de mi naturaleza, de mi costumbre y de otra forma distinta a como he aprendido a comportarme.

 

El escorpión y la rana, Desconocido (atribuida a Esopo).


PelayoRedactor

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.