Desde Rusia —y mi dúplex— con amor

Mario Agiriano Benéitez

Entre el estupor y la sonrisa leo un artículo de esta revista titulado Un cumpleaños para sociópatas. Estupor porque estaba convencido de que era el comunismo, y no el rigor, lo que había que arrojar al basurero de la Historia de acuerdo con la máxima de Reagan. Y la sonrisa porque, a pesar de haber sido calificado como “sociópata”, “majadero”, “mentecato” y “niñato de emoji” he descubierto que mi padre posee un dúplex, hecho que desconocía y que, como es lógico, me ha alegrado. Así que aita —papá—, ya sabes. Estoy al tanto de lo tuyo, y, de acuerdo con la añeja tradición vasca del mayorazgo, me declaro dispuesto a heredar.

Ironías aparte, el texto de Maquiavelo J. Reilly (un nombre de eufonía semejante a Drácula H. Dumbledore o Máximo Ecthelion Mandrake) es un elogio al trazo grueso, al análisis cejijunto y obcecado, a la arquitectura de la verdad parcial. En primer lugar, es rigurosamente cierto que los bolcheviques no depusieron al Zar en la llamada Revolución de Octubre. También lo es que Lenin jamás escribió Los gozos y las sombras, y que la Tierra no es plana. Se trata de hechos incontestables, y también obvios. No sé qué sentido tiene perder el tiempo en destacarlos, a menos que uno escriba con el único propósito de iluminar a adolescentes atribulados (desconozco si el autor, en tanto que “Vicario del Señor”, ha recibido desde instancias celestes algún mensaje sobre su cometido a este respecto). Por otro lado, el hecho de que la toma del Palacio de Invierno depusiera al Gobierno provisional de Kérenski no implica que los bolcheviques, especialmente a través del poderoso Sóviet de Petrogrado, no fueran una pieza clave en el derrocamiento del Zar, que se dio en febrero, hecho que el texto oculta alevosamente (por lo que al Zar sí lo depusieron —junto, por supuesto, al resto de fuerzas revolucionarias—).

En cuanto al “martirio alevoso y cobarde” de una “familia desafortunada”, la del Zar (hasta entonces bastante afortunada, ha de decirse, con una fortuna erigida sobre el sufrimiento campesino y siglos de despotismo), no fue una decisión adoptada por el Comité Central de Partido ni el Consejo de Comisarios del Pueblo (órganos de dirección del Partido y del Gobierno, respectivamente), ni siquiera por dirigentes bolcheviques como Lenin o Sverdlov (el único indicio a este respecto se halla en el diario de Trotsky; sin embargo, Lenin no lo menciona en ninguno de sus numerosos escritos y no existe ninguna prueba documental de ello), sino por un Sóviet regional —el de los Urales— y una soldadesca ebria que ejecutó la orden.

Respecto al servilismo bolchevique, es cierto que la llegada de Lenin a la Estación de Finlandia (donde lo esperaba una hueste de obreros, perdón, majaderos de dúplex de papá) fue dispuesta por el Estado prusiano y no por el internacionalismo obrero. En buena parte esto se debe a que carecer de trenes blindados es una de las características de la clase obrera, internacionalista o no. De lo contrario pasarían a llamarse “burgueses”, “káisers” o como se quiera. Lenin, un “revolucionario profesional”, decidió utilizar todos los medios a su alcance, incluso la ayuda del Káiser, para reconducir la Revolución en Rusia, aunque tal vez debería haberse quedado en el exilio, esperando a que una masa de obreros centroeuropeos decidiera llevarle a su patria en volandas. Lenin siempre abominó de una guerra imperialista a la que muchos socialdemócratas se apuntaron alborozados (el voto a los créditos de guerra por parte de un Partido Socialdemócrata alemán, que, cautivo de la perversa idea de “unión sagrada”, mandó a las masas obreras al matadero sí que fue servilismo): el líder bolchevique simplemente pretendía aprovechar la coyuntura y transformarla en una “guerra revolucionaria”. Por lo tanto, el tren prusiano y la firma del Tratado de Brest-Litovsk, con su consiguiente pérdida de territorios, no supusieron una claudicación vergonzosa sino pasos en el cumplimiento del programa bolchevique, que a través de su eslogan “Paz, Pan y Tierra” se había ganado el apoyo de obreros, campesinos y soldados hastiados del belicismo criminal del Zar y el Gobierno Provisional.

Al hablar del Terror bolchevique el texto -sin mala intención, estoy seguro- oculta sistemáticamente cualquier mención a la realidad sociopolítica de Rusia —como, por ejemplo, que se hallaba sumida en una sangrienta guerra civil provocada por las fuerzas pro-zaristas, aliadas con las potencias Occidentales—. Unos párrafos antes, al acusar al ejecutivo de Kérenski de “tancredismo” por, temerosos de un “golpe derechista”, entregar rifles a los bolcheviques, se oculta también que este miedo no derivaba de la paranoia personal del primer ministro, sino al reciente golpe del general Kornílov, sofocado gracias a la decisiva participación de los sóviets y las masas obreras y campesinas. El diablo está en las omisiones.

En cuanto a la “abolición de la servidumbre”, es cierto que fue decretada por el zar Alejandro II. Sin embargo, el hecho de que el historiador Julián Casanova haya titulado “La venganza de los siervos” su reciente libro sobre la Revolución rusa no se debe a cierta obsesión intelectual del autor, sino a que, como sucedió con la esclavitud en Estados Unidos, nuevas formas de servidumbre igualmente penosas sustituyeron, tras su abolición, a la servidumbre tradicional.

Que los bolcheviques fusilaron a campesinos es otro hecho incontestable. Sin embargo, y teniendo en cuenta que en este caso no mediaba un conflicto bélico, la represión de los alzamientos obreros por parte del ministro socialdemócrata Gustav Noske en la democrática República de Weimar no tiene nada que envidiarles (y esto es sólo un ejemplo de la brutalidad represiva que se estilaba en aquella época, que el autor presenta como un plácido balneario despedazado por las hordas bolcheviques). Un nuevo hecho incontestable es que en 1917, los obreros no gozaban de ningún derecho en un mundo construido por su sudor (sólo en cuatro países europeos existía el sufragio universal pleno, y en ninguno nada similar a la Seguridad Social moderna -no me vengan con Bismarck), y que en la Unión Soviética, con todas sus sombras, pudieron disfrutar de derechos como la atención médica gratuita y universal, el derecho a la vivienda, al aborto, al divorcio, a la educación infantil, primaria, secundaria y universitaria gratuitas… Si, como asevera la sentencia marxista, el Capital surge exudando sangre y lodo por los poros, no podemos pretender que las conquistas revolucionarias nazcan entre flores, pacifismo y suaves melodías.

Por último, me gustaría romper una lanza en favor de mis camaradas majaderos en particular y la buena educación en general. Maquiavelo, tovarich, a pesar de que tu cutis, que presumo terso y apolíneo, provoque desmayos y furores subterráneos allí por donde pases, está feo andar llamando “alelado caracráter” a Alberto Garzón. En parte porque los insultos relativos al físico son poco elegantes (aunque entiendo que a alguien como tú, a quien presupongo un coraje y habilidad gimnástica envidiables, ya que afirmas “haber pasado por encima del muro” —imagino que darías un buen susto a los transeúntes, con ese salto prodigioso en lugar de la habitual foto con Brézhnev y Honecker—, le resulte difícil evitarlos), y en parte porque ese tipo de invectivas me recuerdan a los que la prensa franquista, con su matonismo bilioso y servil, dedicaba a Manuel Azaña. Está feo, Maquiavelo, está feo.

Me despido con un saludo, Maquiavelo J. Reilly, tras constatar con disgusto que, si bien el socialismo real no fue, como anunciara Roque Dalton, una “aspirina del tamaño del sol”, el dolor de cabeza lo seguís provocando los mismos.

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