En la cocina con Sören I: Shame

Sören Cabal

Muchas personas llegan a la madurez sin haber cogido una sartén. Hay casos extremos: hace unos días cierta persona mayor de edad —mantendré su anonimato para evitarle el bochorno— se reconoció ante mí incapaz de freír un huevo. No era que le diese miedo, es que ni siquiera sabía los pasos teóricos que hay entre cascar el huevo y mojar pan en la yema. Lo peor con lo que me he encontrado, no obstante, fue un chaval de veintitrés años que —atención— llenó una freidora de agua para hacer patatas fritas.

Estos terroristas gastronómicos, por lo general, detestan la cocina, así que tienen perdón. Luego están los que no saben cocinar, “pero les encantaría aprender” —me incluyo entre estos últimos—. Las razones que nos impiden cocinar son de lo más variado: falta de tiempo, indisponibilidad, nuestro padre/madre no nos avisa para ver cómo lo hace —esta es mi favorita, porque, en lugar de escurrir el bulto, directamente se culpa a otro, que siempre viene bien—… Al final, nuestra relación con la cocina es como con ese compañero de clase con el que jeje, jaja, siempre hay tonteo, pero al final na’.

Hasta que de repente ¡PUM!: nos vamos de casa. Ya sea por la carrera, por un Erasmus, por un máster o —los más caseros— por trabajo, acaba llegando el día en que nos encontramos con el estómago vacío a eso de las 2pm y —horror— no hay ningún pariente/amigo/compañero de piso a mano que nos pueda salvar el almuerzo. Estamos a la miserable merced de nuestra ineptitud ¿Cómo superar esta crisis? Os contaré mi experiencia personal.

El año pasado viví por mi cuenta durante unos seis meses. Antes de marcharme, aprender a cocinar “de verdad” era uno de los muchos alicientes que planteaba la mudanza. Al principio me hacía sincera ilusión depender por entero de mis habilidades culinarias. En mis fantasías todo era maravilloso: ir al mercado a primera hora a comprar comida, tutearme con el pescadero, consultar complicadas recetas en Internet, imitar los vídeos de cocina de Facebook —tipo Tasty—, comprender la delicada ingeniería que encierra una olla express… Con el tiempo, claro, entiendes que la realidad es un poco más… gris. En el mercado solo hay viejos polacos que no entienden ni una puta palabra de lo que dices, ¿pescadería? ¿qué kurwa¹ es eso?, te faltan cien de las especias que necesitas para la receta y otras cien no sabes ni cuáles son, el único Tasty que te sale comestible está medio crudo y lo tiras a la basura después de un solo mordisco mientras contienes las arcadas, no tienes olla express en casa —y casi mejor—. Pero eso no es lo peor. Lo peor son esos días en los que te despiertas y solo ves oscuridad, saltas de la cama, te asomas a la ventana —por supuesto, sin persiana— y compruebas que es noche cerrada. “No puede ser”, te dices mientras consultas la hora en el móvil. Son las tres de la tarde. Joder. Haces de tripas corazón, te duchas y te vistes. Ya son las cuatro menos cuarto. Entras en la cocina. Esta semana has hecho pasta, pollo y arroz, es decir, has agotado tu arsenal. Depresión. Miras en la nevera, a ver si ocurre un milagro, pero qué va: los seis tíos que viven contigo son igual de desgraciados que tú. Te sientas y, con la mano en la barbilla, tramas tu próxima maniobra. ¿Qué hacer? Hasta el jamón que te llevaron tus padres cuando fueron a verte ha volado. “Ay, lo que daría por una fabada”, te lamentas cual Aquiles ante la pira de Patroclo —Patroclo es tu barriga—.

¡Alto! —insertar bombilla encendida—, vives en Polonia. ¡Pues claro! Con lo barato que es comer aquí, ¿para qué perder el tiempo cocinando? Cuando te quieres dar cuenta ya te has puesto el gorro, las botas y el abrigo y sales de casa sin mirar atrás en dirección a uno de los muchos restaurantes en los que ya te conocen, porque lo de despertarte a oscuras te ocurre de media tres veces por semana y te dejas los zloty en comidas y cenas cual millonario. ¡Qué más da! Mañana cocino. Sin embargo, mañana te pasa más o menos lo mismo, o uno de tus compañeros se deja la tostadora encendida y te sacan de la cama un par de bomberos, u otro se carga el horno y falla el sistema eléctrico, o se te pudren todas tus reservas de carne picada y pechugas de pollo. Y así la historia se repite una y otra vez cual eterno retorno en el bigote de Nietzsche.

Cuando toca volver a España, te abonas de nuevo al “me encantaría aprender a cocinar”. Una vez al mes cocinas la carbonara que te enseñó un amigo italiano, pero no pasa de ahí.

Esa es mi historia: en todo el tiempo que estuve fuera no aprendí ninguna receta del país en el que estuve ni conseguí cocinar ningún plato de cuchara y me gasté una suma indeterminada —que me asusta calcular— en restaurantes, hamburgueserías, pizzerías, soperías —otro día hablaré de este gran invento— y puestos de zapiekankas. Sin embargo, me enorgullece decir que de mi casa no fui el peor cocinitas —Justin, nos ganaste por goleada—.

Por último y a pesar de todo, hay algo que sí aprendí en Polonia y que quiero subrayar: perfeccioné la técnica para darle la vuelta a la tortilla, y ahora me sale mejor que la de mi madre.

Esto es todo por hoy. Pronto volveré con otro episodio de fracaso y encimeras, que no todo van a ser poemas y relatos tristes. Hasta entonces, que Dios os libre de malos libros, de alguaciles y de mujeres rubias, pedigüeñas y carirredondas².


¹: Kurwa es un hermoso término polaco que expresa cualquier cagamento que se os pueda venir a la cabeza. Lo usan para todo. Significa joder, puta, puto, coño, cojones, me cago en…, maldito…, mierda, basura etc.

²: La vida del buscón, Francisco de Quevedo.


Sören

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