Buscaba a Dios

Pelayo Puente Márquez

En mi habitación hay un cofre de madera oscura que nadie abre nunca. Tiene un relieve de hojas de roble grabado en su tapa y su cerradura está rota. Dentro guardo mi posesión más preciada: una colección de libretas y cuadernos en los que he escrito todo cuanto he pensado y vivido desde hace años. Muy de vez en cuando, si estoy —o me siento— completamente solo, rebusco en él páginas al azar. Es mi ruleta rusa personal. La última vez encontré algo que quiero mostrar.

Una breve explicación antes:

Escribí lo que sigue hace tiempo, a petición de un párroco de Oviedo. El resultado no le satisfizo y jamás lo publicó. No obstante, hay quien dice que es lo mejor que he escrito nunca. No lo creo así, ni siquiera sigo pensando de la manera en que lo hacía al escribir esta carta; sin embargo, me parece injusto tenerlo escondido en un oscuro rincón de ese cofre, donde nadie puede leerlo. Ahí va.


Toda mi vida he sido educado en la moral y la fe católicas, a las que a día de hoy contemplo por encima del hombro con esa mezcla de familiaridad y resentimiento que destino a cuanto culpo cínicamente de mis tribulaciones.

Mi desamor por la Iglesia conecta con mi incapacidad para apreciar la bondad cotidiana que me es entregada gratuitamente y que, de forma déspota, rechazo. A decir verdad, le guardo rencor a mi herencia católica, pues la considero un yugo solapado e inquebrantable para la libertad de mi conciencia. Aun así, por mucho que lo he intentado, me resulta imposible librarme de ella y, en cierta forma, la necesito; a veces solo para odiarla.

Mis problemas con la Iglesia, en el fondo, se reducen a mi profundo desprecio por cualquier tipo de dogmatismo. Hay una certeza, empero, que me reconforta: mis conflictos ideológicos no han supuesto jamás distanciamiento alguno de Dios o, al menos, de mi noción de Dios.

Me piden que escriba sobre la búsqueda de Dios, pero yo nunca lo he buscado, ni siquiera sabría cómo hacerlo. Me he limitado a encontrarlo y, además, siempre en lugares en los que no debería estar y en los que sólo yo parezco descubrirlo. Lo he visto en los ojos huecos de esperanza de quienes pueblan las calles con pesar, en los pasos errabundos de auténticos desgraciados huérfanos de cariño desde hace tanto que más les valdría no haberlo sentido nunca, en las buenas intenciones de muchas malas cabezas.

Dios me besó una vez con los labios de una niña muerta de miedo y de pena y lo sentí más cercano y ardiente en mi interior que a lo largo de un millar de eucaristías y ritos maniqueístas de los que he formado parte.

En todas esas ocasiones se me reveló la única verdad que realmente importa: el amor.

Hace cinco años —ahora son más— que no me confieso y me da igual. Como me enseñó un buen amigo, mi único pecado consiste en no ser feliz: no amar o no amar bien, que es lo mismo. Eso no puedo cambiarlo en un confesionario; pero sí buscando a Dios o, si fracaso, siendo encontrado por él, tal y como ha venido ocurriendo, quisiera o no, durante toda mi vida.


PelayoRedactor

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