Arc de triomphe

Óscar Beovide Guillén

arco

Para mayor gloria del ejército:

En 1806, tras la batalla de Austerlitz, Napoleón I le dijo a sus soldados: “regresaréis a vuestros hogares bajo arcos triunfales”.
El monumento debía dominar París y concordar con el gusto imperial por la Antigüedad. Napoleón deseaba construirlo en la Bastilla, al este de París; el lugar por donde los ejércitos iban a volver de la guerra. La ubicación elegida finalmente, por resultar más apta, fue la plaza de l’Étoile, en los Campos Elíseos, avenida creada por Colbert en el s. XVIII. Los arquitectos Chalgrin y Raymond se inspiran en el arco de Tito de Roma, pero llevado al máximo con unas dimensiones imponentes (50 m de altura, 45 m de longitud y 22 m de anchura) y por el abandono de las columnas.
El Arco de Triunfo es inaugurado en 1836 por el rey Luis-Felipe en honor a los ejércitos de la Revolución y del Imperio. Desde entonces, el monumento ha sido testigo de grandes actos nacionales como el retorno de las cenizas de Napoleón en 1840 o el desfile de la liberación de París en 1944.

Hoy los turistas pasean por su terraza suspendidos sobre el borde, oteando la ciudad. Se antojan para los viandantes palomas, centinelas grises de los tejados de París, o buitres cansados a la espera de una presa marchita sobre la que abalanzarse. No quedan albatros que los espanten sobrevolando el Quartier Latin, todos han muerto de cirrosis galopante y falta de amor o exceso de deseo de vivir en una época que los repele. Tampoco descansan sus lápices los caballeros extranjeros de bigote enojado en las terrazas que ocupaban cual garitas en los cafés de la Place Saint-Michel. No queda ninguno de ellos porque todos han muerto o los han matado de pena. No quedan ni las buhardillas, ni los cafés, ni los bares, ni los autores póstumos de libros famosos que ya son clásicos aunque entonces fueran miedos y sueños de mentes novatas. Sus moradas se han tornado adoquines para pasos de los centinelas que vemos en la foto, sus siluetas recortadas en las nubes, confundidos con el crepúsculo. Y descansan todos, asesinados por el cielo.

 

Sören Cabal


Beovide

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