Sentir es no decir nada

Pelayo Puente Márquez

Entonces la dejé con el ruego de que me permitiera verla de nuevo ese mismo día; me lo concedió y he ido, y desde entonces el sol, la luna y las estrellas pueden seguir tranquilamente su curso, que no sé si es de día o de noche, y el mundo entero se desvanece para mí.

 

J. W. von Goethe

Johann Wolfgang von Goethe —pronunciadlo si podéis— escribió su archiconocida novela Las penas del joven Werther con veinticuatro años de edad. La obra, una breve colección de epístolas medio ficticias medio autobiográficas, narra las confesiones de un joven artista acerca de su desesperado, imposible y eventualmente malogrado amor por Lotte, una muchacha ya comprometida.

Publicado con un éxito inmediato, el Werther se convirtió en un fenómeno literario sin precedentes en Alemania. Piedra de toque del Sturm und Drang¹, logró especial popularidad entre los jóvenes, que hicieron suyas las manías del protagonista, desde su colorida vestimenta hasta su enfermizo hambre de belleza. Salvando las distancias, Las penas del joven Werther fue El guardián entre el centeno de finales del siglo XVIII, y no solo por su recepción juvenil.

La fama inicial pronto fue seguida por la maldición: el Werther-Fieber, o Mal de Werther. El sangriento final del protagonista inspiró a muchos jóvenes igualmente aquejados de mal de amores a seguir sus pasos, los que hacen falta para saltar de un puente, para ser exactos. Sí, la gente leía el libro y se suicidaba. No se conoce hasta qué punto el Mal de Werther es pura leyenda; pero, realidad o no, como campaña publicitaria fue un éxito rotundo: el morbo no hizo sino acrecentar la repercusión del libro. Llovieron los elogios, las censuras, los finales alternativos que Goethe nunca perdonaría, las secuelas psicológicas de lectores probablemente trastornados de antemano… El fenómeno alemán prendió fuego a toda Europa. Cuando el humo se disipó, Goethe ocupaba el lugar de Dios. El Werther se ganó a sangre y tinta la categoría de libro generacional, que hoy tan peregrinamente se concede.

Así las cosas, Goethe fue alejándose de su celebérrima creación a medida que las canas iban colonizando su cabellera. Afortunadamente para él, su talento inconmensurable hizo imposible su encasillamiento como autor de un libro para suicidas. Hoy día se le recuerda por su saber enciclopédico, por sus poemas —a menudo socarrones e iconoclastas— y por la totalidad de su ingente obra literaria, en la que destaca un monumental Fausto.

Goethe
Goethe al natural, sin posar, en plan relajeo (1787/ Johann Heinrich Wilhelm Tischbein).

La “suerte” de Goethe no terminó ahí. Constituyó una de las felices excepciones históricas por las que un artista es apreciado en vida en toda su valía creativa. Fue reconocido —aún lo es— como el más grande hombre de letras alemán de todos los tiempos. Todo aquel mínimamente interesado en literatura conoce su nombre y su presencia es obligatoria en los estantes de cualquier librería decente; ley que no se extiende a otros grandes literatos teutones, como Friedrich von Schiller —coetáneo y gran amigo de Goethe—, cuyas Cartas sobre la educación estética del hombre me costó Dios y ayuda encontrar.

La satisfacción de Goethe, empero, nunca fue plena. Ya en su vejez, recibía a innumerables admiradores —jóvenes con aspiraciones literarias en su mayoría— que peregrinaban hasta Weimar para rendirle homenaje. ¿Qué creéis que llevaban en el macuto? Efectivamente, un ejemplar de Las penas del joven Werther. Para gran frustración de Herr Johann, era el único de sus libros que conocían, y se empeñaban en recitarle pasajes que sentían eco de sus propias cuitas como si fuesen los primeros en hacerlo. El fastidio no habría sido tal si a esas alturas aquel ilustre boche no hubiese renegado totalmente de su primer best-seller. Pero ¿por qué tanta animadversión para con su obra?

A buen seguro, el resentimiento se debía en parte al orgullo herido de quien, habiendo desarrollado una trayectoria mastodóntica, se ve empequeñecido a cuanto fue en su más tierna e ingenua juventud, esto es, a la nada. Goethe ya no era —solo— un romántico doliente y acomplejado, y rechazaba —con razón— ser etiquetado como tal. No obstante, la causa cardinal de su bochorno era otra: no soportaba a Werther, o lo que es lo mismo, no soportaba al Goethe que lo había creado.

El Werther salta a la comba con la fina línea que separa la pasión de la afectación. Sus páginas condensan las declaraciones más bellas que mis ojos han leído. Las cartas de Werther son más que un brindis a la juventud, son un sacrificio de alma y tripas en el altar de la vida, un canto a la sensibilidad y al individuo. Pero también son mentiras. Las reacciones de Werther son amaneradas, sus penas pataletas, su amor delirio y su final histeria. Sufre tan solo un enamoramiento juvenil; como tal, resulta ridículo visto desde la perspectiva que la madurez concede. Como ficción es soberbia, líricamente impecable; mas no hace justicia a Goethe como testamento literario y él lo sabía. Era una obra, además, en la que había vertido con descaro demasiado de sí mismo y de su frustración amorosa por una tal Charlotte Bluff —idealizada en la Lotte ficticia—, rompiendo así una de las máximas de Wilde: ocultar al artista es la finalidad del arte.

En definitiva, el problema del Werther —lo que ofuscaba a Goethe— es que detrás de tanta efusión sentimental no había nada. La profusión poética y los lamentos románticos del artista son como perfume rociado sobre una boñiga: una cínica ocultación de su ausencia de fundamento. No es de extrañar: lo mismo ocurre con infinidad de amores juveniles y turbulentos en los que las promesas se atropellan en la lengua y, a la menor de cambio, son arrastradas por el viento cual flor de febrero; los jóvenes somos maestros de la sobreactuación. Por eso sentir, a veces, es no decir nada. Lo jura uno que se permite todo tipo de pajas verbales.

Dean
Histrionismo en estado puro.

El viejo Goethe no estaba para romances de colegial, sabía demasiado de la vida y demasiado del amor. Basta comparar el Werther con Las afinidades electivas, novela escrita años más tarde, para constatar su evolución en la complejidad de las emociones humanas, en particular del amor, personificado esta vez —como para subrayar su madurez— en un matrimonio que se tambalea. A pesar de todo, Wolfgang continuó recibiendo a sus adeptos hasta el fin de sus días, supongo que con la esperanza de recibir una alegría. No fue el caso de un visitante apellidado Bonaparte y más célebre incluso que nuestro hombre-orquesta —Goethe era un ejemplo de erudición universal a lo renacentista—. Napoleón no marcó la diferencia en esta ocasión: idolatraba al Werther. Sin embargo, Goethe se lo pasó por alto, pues, por primera vez, el peregrino veneraba tanto al apóstol como el apóstol al peregrino.


¹: Tormenta e ímpetu: movimiento artístico protorromántico radicado en Alemania. Némesis del racionalismo frío, desapasionado y antisubjetivo.


PelayoRedactor

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