El alférez no necesita quien le escriba

En la fotografía, Ernst Jünger

Resulta que en la era de las economías tercerizadas existe cierto repudio por todo lo que evoque lo castrense. No por causa de un razonable temor al pretorianismo y a la tan decimonónica (quizás no tanto en el caso español) presencia de los espadones en los parlamentos, bien sea en el escaño o irrumpiendo en el pleno. Este desdén parte más bien de un optimismo antropológico que lleva a muchos a abrazar lemas como ‘menos balas y más libros’. Parece que el grito obstinado de José Millán-Astray (aún no está esclarecido si deseó la muerte a la inteligencia o a “intelectualidad traidora”) contribuyó a configurar una dialéctica de lo robusto y lo grácil, situándose lo marcial como rudimentario y lo contemplativo como lo civilizatorio. Hay, sin embargo, pocas cosas más espurias que la moderna presunción del escritor como un beodo crónico en Montparnasse; este bien puede ser también un recio guerrero, no por ello menos propenso a las bebidas espirituosas.

Motivos no sobran para clamar por la renovación del indisoluble matrimonio entre la pluma y el sable, así como por el rechazo de la disyuntiva entre el monje y el guerrero como categorías estancas. Harto podríamos hablar de Jenofonte o de Garcilaso, más al que hoy nos referiremos se sumergió en las entrañas de aquel conflicto que desraizó cualquier noción de caballeresca del sustrato bélico.

La gran guerra fue aquella contienda deshumanizada, perpetrada por la química y la fría mecánica, que supuso la supremacía de la muerte impersonal y lejana escupida desde las bocas de la artillería. Cuando la muerte tiene su máxima expresión no en salvas de fusilería, sino en maliciosa metralla de los sharpnel, que todo anegan de plomo, la determinación humana queda socavada, induciendo en el soldado un febril estado de desconfianza en su cotidianidad. Los obuses y fosfeno habían tornado al enemigo en incorpóreo e omnipresente; sólo en los cielos quedaba lugar para la liza, pues la guerra ya era de masas y maquinaria.

Fue en el frente occidental donde fue máxime la angustia del estancamiento y el cruento desgaste de las estériles ofensivas. La añejas tierras señoriales en Flandes, Picardía y Alsacia fueron laceradas por el levantamiento de trincheras, a imagen de los surcos que traza el arado para una cosecha, en este caso de sangre. Aquí tendría su cuna el “Sin novedad en el frente” de Remarque, cumbre de la novela antibelicista, pero también la de una leyenda bien distinta: las “Tempestades de acero” bajo las que combatió Ernst Jünger.

Un siglo ha, un joven alférez aficionado a la entomología de la decimonovena división, destinada en Artois, anota cada pormenor del asolador espectáculo que es su día a día. Hombres sepultados por los terrones de tierra despedidos por los impactos de obús; miembros pútridos seccionados por la metralla, sin dueño alguno que los reclame; el olor dulzón del miasma en la tierra nadie; pulmones derretidos por las nubes de gas…

La crudeza de su relato no está, sin embargo, maridada con un pesimismo existencial, sino con un tono audaz, e incluso con cierta pueril curiosidad. La guerra es también un escenario para el hallazgo: pipa en mano, el oficial expresa su asombro por el primer stahlhelm (casco de acero) que contempla y la curtida fachada que dota a sus portadores, así como el júbilo por el triunfal decomiso de licor extranjero en la trinchera tomada. Para el furor de la carga durante la kaiserschlacht y el aturdimiento por la pérdida de sangre tampoco le faltó la tinta. Jünger es aquí un místico de la guerra: con él, más balas son más libros, ya sean autobiografía o ficción distópica.

Catorce veces herido de gravedad, y con sus condecoraciones como única coraza para un cuerpo, pese joven, ya repleto de cicatrices, no le supuso esto impedimento para sistematizar en sus notas la intrincada anatomía de la guerra de posiciones; de cómo la costumbre bélica en el soldado acaba haciendo inconcebible la mera noción de un mundo en paz. En sus páginas está también el germen del espíritu trágico y desarraigado que acompañó a la generación que sobrevivió a la guerra que (no) acabaría con todas las guerras, no por ello dejando de menospreciar el vulgar, antinatural, aristofóbico y cruel nazismo que tanto seduciría a otros veteranos.

Un furtivo alistamiento en la Legión extranjera francesa; la concesión de la Pour le mérite; conversaciones con Heidegger y Borges; noches parisinas con Picasso; escarceos con el LSD y una redentora conversión al catolicismo en su último año de vida. Pocas vidas fueron tan plenas como la de este guerrero, que también sería emboscado y anarca (que no anarquista). Cambiaría el fusil por la lupa entomológica, pero nunca cesó su lucha por los valores en un mundo sojuzgado por la anomia.

La prosa alemana quedaría en duelo un 17 de febrero de 1998, cuando esta centenaria mente soberana pasó a mejor vida. Sí, era cierto: los soldados lo hacen mejor (escribir).


Inocencio-X

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