El fantasma de una foto partida

Louis-Ferdinand Céline (1932) 

Pelayo Puente Márquez

Todo un hombre oscuro, enlatado —doble cruce sobre su pecho— en su abrigo con solapas en punta de lanza que parece plomizo en la foto en blanco y negro cubierta de polvo y recuerdos arrancados por las cubiertas de los dos libros entre los que pasó treinta años escondida, en la estantería del salón de mi tía lejana, Mercedes. La dejó ahí una tarde, al coger Las flores del mal. Se había caído de la solapa de una edición flamante de Viaje al fin de la noche. La deslizó entre los lomos de dos tomos antiguos de La reforma protestante cuyo autor desconozco y, a buen seguro, ella también desconocía. O tal vez no. Tal vez nunca leyó esos libros y no estaban en los estantes del salón entre otros tantos que sé a ciencia cierta que tuvo, como los libretos de Wagner, traducidos al español, en una edición de cubierta roja y dorada que una vez, antes de ser wagneriano como enseña Bernard Shaw, comencé a leer sin demasiado interés, pero atraído por una atracción misteriosa. O tal vez tampoco, pues el libro de Wagner no existe, aunque sí existe y sé perfectamente dónde se ubica e incluso hubo un tiempo en que lo guardé en mi propio cuarto. O tal vez mi idea inicial es la correcta y esa imagen, esa fotografía de Louis-Ferdinand Auguste Destouches, alias Céline, alias Ferdinand Bardamu, en realidad, descansó entre aquellos libros como el guion descansa entre Louis y Ferdinand. Tal vez aquellos libros entre los que el francés descansó durante años también eran franceses —quizás ingleses— o fueron escritos por manos distintas, europeas, manos desconocidas entre sí y con todos los dedos que cruzaron juntas el mar. Sus dueños abandonaron su nacionalidad para hacer arte y nada más que arte, hacerlo de tal calidad que toda la pérdida y todas sus vidas y las historias de las vidas pasadas de quienes los habían visto nacer y a las que ellos habían dado la espalda palideciesen y gritaran al unísono ¡sí!, pues habían hecho lo correcto al dejarlos marchar. Tal vez esta no era su historia y ambos libros venían de la misma pluma y, aunque sí era una pluma europea atravesada en la superficie del mar, no lo cruzó para seguir creando, sino para morir y que con ella muriera el recuerdo de su pena y su vergüenza por haber huido de las manos que la querían mutilar y que no tuvieron valor para implorarle su muerte.

Pero no, ninguna de esas historias es cierta ni buena ni auténtica ni propia, aunque entre ellas se cuenten muchas verdades y mentiras a medias. Lo verdadero es que ignoro si mi tía, Mercedes, —que sí vivió y sí murió y que, por tanto, sí ha existido, o eso dicen— vio alguna vez el rostro o el retrato de Céline, aunque sospecho que sí, porque era una gran lectora y tenía libros y plumas y estantes en los que pudo guardar todo esto y mucho más. He visto la foto, la cara rota en dos trozos sin alma del francés y me he dicho que debía susurrar todo lo que mis dedos querían chillar y así lo he hecho, y entre su pelo peinado hacia atrás, que no podéis ver engominado o grasiento, y las solapas de su abrigo de pata de gallo, en punta de lanza, yo me deslizo hasta que vuelva a ser hora de ver caras de personas muertas que quisieron vivir contradiciendo a los demás, o de escribir o de imaginar que tengo que hacerlo.


PelayoRedactor

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