En la cocina con Sören II: Fe

Sören Cabal

Debatía con mi amigo, ambos sentados en el banco de ángulo doloroso que fue nuestro sofá durante meses, de bondad, ateísmo y condescendencia. Era la noche de un martes si no me equivoco. Lo sé porque el suelo estaba asqueroso y había vasos sucios de chupito en el fregadero esperando a que alguien los lavase y eran los lunes los días habituales de fiesta en el piso, aunque más adelante esa costumbre se convirtió en dogma y se contagió eventualmente al miércoles. No obstante, todavía era noviembre y era muy pronto para esas cosas.

Mi amigo descorchó una botella de vodka de cereza, llenó dos vasos y me extendió uno. Bebí y le dije: «Si renuncias a la fe, todo tu sistema ético se desmorona. Puedes continuar guiándote por los mismos valores morales; sin embargo, estos serán dogmas vacíos, sin sentido, origen ni sustancia. Tal vez tú puedas vivir así, dejándote llevar por el cadáver de una ideología sin preguntarte por qué lo obedeces, pero yo no. De abandonar la fe y, por tanto, la moral católica, no encontraría ningún fundamento para sustentar una ética de vida. Sin ir más lejos, ¿por qué habría de actuar de forma desinteresada? ¿Qué sentido tendría para mí? El bien o la bondad podrían constituir un imperativo social en sentido práctico, es decir, podría ser bueno para que la sociedad fuese buena conmigo. En cambio, como imperativo categórico no tendrían ya ningún sentido. ¿Ser bueno por el mero hecho de serlo? ¿A santo de qué? De Dios, sí, de Dios. Puedes justificarlo con humanitarismo posmoderno y todas las cursiladas que quieras, pero la moral occidental, la moral en la que baso toda configuración de mi ética actual, bebe enteramente del catolicismo. Lo bueno para mí, mi deber, es lo bueno católico incluso si en algún punto lo contradice o lo trasciende, pues siempre lo mido a tenor del baremo católico en el que he sido educado y en virtud del cual se vertebra la sociedad en la que vivo. Si abandono la fe, es porque ya no creo; y si ya no creo, no puedo seguir utilizando la fe como cimiento moral sin vivir en una contradicción absoluta, circunstancia que sería para mí insoportable en tanto sería como borrar mi nombre con una goma hasta dejar solo un esbozo de mis iniciales: así quedaría mi identidad.»

Decir esto me llevó varios chupitos más. No recuerdo la réplica de mi amigo. No importa, lo que dije era un lamento retórico, en voz alta, no una pregunta. De todas formas, ninguna respuesta dada por otra persona me hubiera servido. Esas preguntas surgen adentro y solo allí pueden responderse, al igual que solo adentro tienen sentido, pues son preguntas de tripas, de corazón, no de cabeza ni de motivos.

Uno de nuestros compañeros de piso entró a la cocina, donde estábamos. Llevaba una gabardina y la bufanda enroscada en el pescuezo, parecía que iba de incógnito, como en esas películas de detectives en blanco y negro en las que para ser un gran actor bastaba con poner cara de interesante y fumar apoyado contra una pared. «Toma algo con nosotros», le ofreció mi amigo. Pero él rehusó y salió al rellano sin contarnos a dónde iba. Veinte minutos después reapareció con una chica borracha de la mano, un ligue suyo de Tinder que ya habíamos visto un par de veces. Persona nada atractiva, menos aún esta vez, con su oronda barriga al aire y las medias llenas de carreras. Intentó saludarnos, pero iba demasiado borracha y nuestro compañero tiraba de su mano con impaciencia en dirección a su habitación. No nos burlamos de él por cortesía, o más bien por falta de confianza y porque sabíamos que era demasiado fanfarrón como para reírse de sí mismo y de lo desesperado que estaba, aunque fuera ella la que le había llamado esa noche.

Seguimos a lo nuestro después de descojonarnos un buen rato y hablamos hasta las tantas de quién temía a la muerte, de quién era más tonto y de fotos del viejo Papa en imanes y souvenires de Cracovia. Aquella cocina vio noches mejores y peores, imágenes más tristes que una polaca borracha y su amante abochornado, pero también más felices. No obstante, las más numerosas —y las que hoy más añoro— fueron las noches como esta, veladas de calma, juventud y crecimiento. Nunca he sido más libre ni me he sentido madurar y descubrirme a través de lo extraño que entonces. Seguramente, nunca lo seré. Esta certeza dudosa me alegra y me entristece por igual, pues al tiempo que marchita mi esperanza en el futuro, ilumina los recuerdos de esos días, que, de todos modos, me han convertido más de lo que sospechaba entonces en lo que soy ahora.


Sören

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