Juliette merecía la hoguera

Imagen: Pinterest


Maquiavelo J. Reilly

La sustitución de la convención como madre del lenguaje por la alquimia de facultad de humanidades es una de las muchas puntas de lanza de la conjura que ansía erradicar todo lo bueno y lo bello de este mundo. Contraria a Platón y Dostoyevski, que entendían la belleza como un pilar del orden natural redentor, la posmodernidad no ceja en su empeño de dar la espalda a la Verdad, viendo en algo tan vano como el humano la medida de todo. Sólo así pudo surgir la continua apología del feísmo que hogaño se expone en las vitrinas para los burguesitos presuntuosos. Una sociedad enferma es aquella que ve arte en las gilipolleces escritas por Elvira Sastre y no en el civilizatorio rito erótico y tanático que tiene lugar en el ruedo.

La erosión de la lengua pretende presentar como “conquistas sociales” a las dádivas de los amos socialdemócratas, y como “libertades reproductivas” a las licencias de la más piojosa de las meretrices. Es hora de la pastilla roja. La “liberación” sexual es un invento del macho crápula, en exclusivo lucro propio. Es el recurso del hombre cobarde incapaz de asumir el sacrificio que de toda decisión se deriva. El depravado busca yacer con todas las féminas lozanas posibles sin obligarse por vínculo alguno, sea filial, legal o espiritual. Así como Zeus tomó forma taurina para tomar a Europa, el libidinoso toma mil formas para perpetrar sus correrías: el bohemio perdonavidas con cirrosis, el surfero rubio subnormal de la guitarrita, el febril aliado feminista, el trotskista productor de cine… Y no les importa nada que esté por encima de su propio cinturón.

Y en tal irresponsable empresa ha encontrado la inestimable ayuda del, cuando no tonto útil, quintacolumnista feminismo: el cebo perfecto para todas las niñatas “rebeldes” deseando demostrar al mundo su total abandono de la pueril virtud con el primer viejo verde que pague la copa. Esa ideología que sólo puede conducir a un reduccionismo totalitario: todo dentro del género, nada fuera del género. Alguien que se dedica a enseñar las tetas sin mejor excusa que la lucha contra el patriarcado ha de tener unas preocupaciones existenciales muy distintas de las trabajadoras que dice representar.

Hete aquí la perfecta fábrica de cuarentonas de sobaco tintado de añil, docena de gatos sobre el Chaise longue del recibidor y diversidad de fármacos antidepresivos como única compañía sobre la mesita de noche. Ya saben, de ese tipo de mujer que siente un vacío que creen poder colmar gastándose catorce pagas en un viaje a cualquier país asiático en vías de desarrollo. Su bisabuela trabajó la tierra y tuvo doce hijos; ella sella impresos en un edificio municipal y lee novelas eróticas sobre relaciones destructivas con millonarios sádicos. Charo entregó lo mejor de su juventud a aquel canallita de gabardina y cigarrillo, que sabía chapurrear francés y a todas volvía locas en segundo de carrera; y de éste sólo le quedó el amargo pitido del contestador automático y el salado sabor de las lágrimas.

Mención especial para aquel feminismo que ve liberación en la masacre de chiquillas no natas. “Sororidad” a granel. A ver cuándo se darán cuenta de que el mundo no necesita mujeres “empoderadas” (véase, siervas de un caudillo turbulento que desprecia todo lo que no sean sus curvas) sino mujeres poderosas, que escupan sobre el carpe diem de Míster Wonderful y abracen lo eterno.

Recuerden que mujeres y hombres grandes no son aquellos que claman por sus derechos, sino los que se arrogan responsabilidades.


MaquiaveloRedactor

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