A don Daniel

Inmanuel Koya

Mi estimadísimo compadre, don Daniel, no ha mucho tiempo que me ha hecho una merced impagable. Corresponderla como debiera requeriría de un agasajo, al menos, proporcional. Desafortunadamente, la distancia me impide siquiera convidarle a un buen vino o a un buen almuerzo.

Sin embargo, más baratas que tal convite (por supuesto aún pendiente), más inmediatas, son mis humildes palabras. Unas palabras lisonjeras que pretenden ir en forma de soneto, un soneto del que espero que la magnanimidad de Don Daniel sepa disculpar los endecasílabos anfibráquicos y los de gaita gallega, tan abominables para un lector avezado, como él, como inevitables para un poeta de limitados recursos, como yo.

Pero, como decía antes, el porvenir¹ es incierto. Espero que pronto, acompañados por un buen licor, podamos compartir un no-queso de la ciudad de la no-morcilla y charlar sobre estrofas y caballerías. Entre tanto y por si acaso, al abrigo del clarísimo nombre de Su Excelencia², a quien, con el acatamiento que debo a tanta grandeza, suplico le reciba agradablemente en su protección, para que a su sombra, aunque desnudo de aquel precioso ornamento de elegancia y erudición de que suelen andar vestidas las obras que se componen en las casas de los hombres que saben, ose parecer seguramente en el juicio de algunos que, no conteniéndose en los límites de su ignorancia, suelen condenar con más rigor y menos justicia los trabajos ajenos; que, poniendo los ojos la prudencia de Su Excelencia en mi buen deseo, fío que no desdeñará la cortedad de tan humilde servicio.

A don Daniel

Como debieran de hacer otros antes
dedico todo mi esfuerzo y empeño
en halagar al que siendo pequeño
cabalga sobre lomos de gigantes.

Entre quijotes, entre rocinantes
el docto jurista frunce su ceño
y se pregunta si la vida es sueño,
si quedan hoy caballeros andantes.

Tal vez el último sea ese leonés
que enarbola el léxico como espada,
un hombre que se viste por los pies,

que, al contemplar su imagen reflejada,
se encuentra con el del ceño fruncido,
con el docto jurista distinguido.


¹: Que como decía el Ángel ateo se llama así porque no viene nunca.

²: La de don Daniel.


Kant

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.