Contre nous, la tyrannie

Pelayo Puente Márquez

Siento predilección por la gente polémica, por los hijos de puta, por los escritores malditos. Dicen que esta última especie se extinguió en 1961, con la muerte de Céline. De ser verdad, queda el consuelo de lo altísimo que dejó el listón el francés —cabrón-wise—. Para quien no lo sepa, Céline es uno de los más grandes escritores franceses del siglo XX, más traducido incluso —dice Wikipedia— que autores tan habituales en los estantes de cualquier librería como Camus y Sartre. Extraña su fama, más aún teniendo en cuenta que es casi imposible encontrar un libro suyo aparte de su obra maestra, Viaje al fin de la noche, o la menos conocida Muerte a crédito. No obstante, uno solo de estos títulos —sobre todo el primero— basta para situarlo en el Olimpo de las letras occidentales.

Yo conocí a Céline en dos tiempos. La primera vez que me encontré con su nombre fue leyendo En la carretera —gracias por la rectificación, Anagrama—. No me resultó familiar, ni siquiera sabía si se trataba de un pseudónimo, de un hombre o de una mujer, y lo olvidé rápidamente. La segunda vez fue viendo La gran belleza, de Paolo Sorrentino —Oscar a la mejor película de habla no inglesa en 2013—, que comienza con este fragmento de Viaje al fin de la noche:

Prologo

Viajar es muy útil, hace trabajar la imaginación.
El resto no son sino decepciones y fatigas.
Nuestro viaje es por entero imaginario.
A eso debe su fuerza.

Va de la vida a la muerte. Hombres,
Animales, ciudades y cosas, todo es imaginado.
Es una novela, una simple historia ficticia.
Lo dice Littré, que nunca se equivoca.

Y, además, que todo el mundo puede hacer igual.
Basta con cerrar los ojos.

Está del otro lado de la vida.

¿Mágico, verdad? Tras leer esto indagué un poco sobre el tal Céline: veterano de la Primera Guerra Mundial, médico, escritor, antisemita, misántropo empedernido, filonazi, colaboracionista, exiliado, vergüenza nacional… Sus epítetos son infinitos y se precipitan en una vertiginosa caída hacia el lodo humano. La versión oficial lo califica de monstruo; la literaria, de monstruo genial. ¿Por qué?

A cualquiera que haya leído su obra maestra le bastará con saber que el Céline de carne y hueso es un reflejo atómico de su alter ego novelístico. En puridad, su ignominia comienza con la publicación de una trilogía de panfletos anticomunistas, antisemitas y de talante totalitario: Bagatelas para una masacre, La escuela de los cadáveres y Las bellas sábanas —publicado, este último, ya en plena ocupación alemana—. La ideología de este ilustre bastardo, no obstante, era de sobra conocida con anterioridad, amén de sus afinidades con el nacionalsocialismo. Un ejemplo: Hitler era tan blando para él que sospechaba que el Führer había sido suplantado por un doble judío; esa era la única explicación comprensible para la extrema suavidad con que los alemanes trataban al pueblo hebreo. En la Francia inmediatamente anterior a la guerra, polarizada y gobernada por un Frente Popular de izquierdas, los escritos de un ya célebre Céline causaron vítores y estupor a partes iguales. Pero ¿qué dicen exactamente estos libros? Ni idea. Según la viuda del autor, Lucette, son un manifiesto pacifista mal entendido. Tendría sentido: una de las patologías del protagonista de Viaje al fin de la noche es su rechazo a la guerra y la violencia; si bien es verdad que en Bardamu puede más el miedo a morir que el deseo de concordia. Leer estos panfletos disiparía toda duda, pero —ay— leerlos es casi imposible. He aquí el quid de la cuestión.

Tras la liberación de Francia por los Aliados, Céline huyó. Acabó en Dinamarca, exiliado y prófugo de la justicia gabacha, que amenazaba con fusilarlo. Consiguió librarse. Años después fue amnistiado y pudo volver a su país, donde, odiado y rechazado por todos, vivió sus últimos años en la oscuridad y la ignominia. Nada pudo impedir, sin embargo, su consagración como el símbolo eterno del colaboracionismo francés, némesis del feliz relato de la Resistencia, de los enfants de la patrie. Céline, un héroe de la Gran Guerra, recuerda a su nación sus propias vergüenzas y crímenes, heridas que ni el revisionismo histórico ni la moderna posverdad pueden borrar, pues Céline no era ni será jamás cualquiera, sino uno de los titanes de la literatura universal; un coloso nazi, miserable, despreciable y, a pesar de todo, inolvidable. Para borrar este estigma prohibió en su testamento la reedición de los tres panfletos de la discordia. Por eso hoy son casi imposibles de encontrar, tanto traducidos como en versión original, y por eso es difícil discernir su auténtica naturaleza.

Hace poco tiempo Céline volvió a la prensa internacional. Gallimard, una de las mayores editoriales de Francia, había anunciado la publicación de una edición crítica de las obras antisemitas de Céline tras alcanzar un acuerdo con su viuda. En un comunicado argumentaba que los tiempos actuales, menos sensibles y libres al fin del fantasma del Nazismo, posibilitaban la reedición —por primera vez desde la ocupación— del lado más oscuro de Céline. Consideraba la editorial que la nueva Francia tiene derecho a leer y a juzgar por sí misma a uno de sus más grandes escritores. Bien por Gallimard, pero se equivocaba. Después de presiones procedentes de todas las esferas —gobierno francés incluido—, a principios de año la editorial rectifica y anuncia la cancelación del proyecto. «Pensábamos que era el momento; nos equivocamos», declara su mandamás. Y así, todos nos volvemos a quedar sin Céline.

Se equivocó doblemente Gallimard. Los tiempos son más aprensivos que nunca, la sensibilidad ha alcanzado su nivel más amanerado. Mas ¿quién se sorprende? Si la masa no está preparada para admirar las obras de Egon Schiele con motivo de su centenario, ¿cómo va a estar preparada para Céline? Si se retiran cuadros por “incitar a la pedofilia”, ¿cómo va a leer alguien que hay que exterminar a los judíos sin asentir de forma furibunda? Si HBO anuncia que mantendrá a James Franco en el reparto de The Deuce y en Twitter no caben más lamentos ni amenazas de boicot, ¿cómo va un lector a comprender que la genialidad creativa no tiene por qué ir acompañada de la ejemplaridad moral? Si los actores que rodarán con Woody Allen su próxima película renuncian, acomplejados, a sus ganancias, ¿cómo va el ciudadano a sospechar que se puede leer un libro sin respaldar las perversiones defendidas por sus líneas? Si hoy no se puede decir nada con libertad, ¿cómo se va a defender el derecho de Céline y de sus lectores a odiar las etnias que les venga en gana? Es imposible, Gallimard, pero no importa. Esperad a que los tiempos sean más proclives a la publicación de estos panfletos y nunca llegarán a nuestras manos. De ahí su segundo y mayor error: ¡sí es el momento! Siempre es el momento de leerlo todo, de juzgarlo todo, de pensar de manera crítica, de conformar una ética propia, de decidir y de ser libres. De lo que nunca es momento es de prohibiciones fundadas en reparos morales cuyos borreguiles adalides ni siquiera podrían justificar. Nunca es momento de imponer nuestro pensamiento a los demás, menos aún si se impone de forma déspota y bajo imposturas.

Desgraciadamente, este moralismo prohibitivo y perverso vive hoy su apogeo. A quienes confiamos en nuestro propio criterio solo nos queda aguardar a que, allá por el dos mil treinta y pico, los escritos de Céline sean de dominio público y podamos verificar con nuestros ojos lo indeseable de sus declaraciones. Hasta entonces, toca aguantar los arrebatos de este presente tan parecido a la prostituta indignada de la anécdota de Baudelaire, esa a la que llevó una tarde al Louvre y, sorprendido al verla con los ojos tapados y colorada, le preguntó por qué no miraba los cuadros, a lo que ella repuso: ¡¿Cómo pueden exhibirse públicamente semejantes indecencias?!


PelayoRedactor

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