La mariposa de Dalí

Laura Palacio Río

Supongo que el placer que me provoca pasear y recorrer cada rincón del casco antiguo ovetense no es una casualidad. Por un lado, he pasado tantas noches y tardes transitando sus callejuelas que, aunque algunos recuerdos son imborrables, no soy capaz de regresar mentalmente a todos los momentos en los que quise perderme en ese entramado de plazas, palacios y calles empinadas.

Mis primeros recuerdos son de la mano de mi tía, con la que descubrí cada esquina de Oviedo como si viviese allí desde que nací. Parte de mis vacaciones navideñas y de verano las pasaba en su casa. Nada me gustaba más que descubrir nuevas esculturas, comentar quién era el autor y qué representaba cada una, recorrer el Campo San Francisco, observar con cierta emoción la maravilla de catedral, que a una edad tan temprana veía aún más inmensa, aprenderme el nombre de todas las calles y terminar la tarde merendando, reunidas ya con mi tío. Para mí, Oviedo es infancia, es el antiguo nacimiento en la plaza de la catedral en Navidad, es ir a comprobar si las gafas de Woody Allen siguen en su sitio, los turistas mirando distraídos a su alrededor, son los bares que cierras los viernes, las cervezas y los amigos.

Recrearme en sus viejas calles me hace pensar en su ambiente burgués, en las maletas esculpidas de la Plaza Porlier, en mirar de reojo, al pasar, el claustro del edificio histórico de la Universidad, en conseguir ediciones especiales de libros en el Fontán cuando el mercado está abarrotado, rebosante de vida y ruido, en cruzar los arcos del Ayuntamiento para llegar a la plaza. Oviedo es olor a castañas, es lluvia y frío, aunque también puede regalarnos una luz maravillosa que se refleja en los suelos de piedra, aún mojados, si inesperadamente un día en pleno febrero, sale el sol.

Es pretencioso por mi parte afirmar que podría escribir cientos de líneas sobre Oviedo, sin embargo no sería un farol. En otro orden de cosas, también se podrían detallar las sombras que encierra una ciudad pequeña, conservadora y provinciana como es nuestra Vetusta, pero sin atisbo de duda es difícil acercarse a la maestría con la que se narra en La Regenta. Cualquier intento propio se quedaría muy alejado de esa lucidez. Dos siglos después y parece mentira que podamos seguir acudiendo a las mismas páginas para hallar tal minuciosidad en la descripción de un lugar. Solo hace falta un pequeño toque de imaginación para trasladar la historia a nuestros días.

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Imagen: Pinterest

 

Tras dejar a un lado a Ana Ozores, que le da la espalda con indudable orgullo a la fachada de San Salvador, encaro los níveos arcos que enclaustran el motivo de estas líneas, un lugar, que en mi opinión pasa desapercibido y es uno de los símbolos culturales de Asturias. A pocos pasos están el Palacio de Velarde y la Casa Portal en la Calle Rúa. Ambos repletos de lienzos históricos, de un bellísimo techo acristalado que descansa y da luz al patio del palacio, retratos de Austrias, de Santas y dragones, encuentros con Jovellanos, trazos de Goya, de El Greco, grabados y carteles de cine.

Al traspasar los soportales del edificio más reciente del Museo de Bellas Artes, sorprende su arquitectura. Recuerda a un cubo de cristal oculto tras otra fachada. Esta a su vez parece que está construida casi por accidente y aporta reminiscencias a un antiguo y bello edificio abandonado: huecos para las ventanas, vacío interior. Nada más lejos de la realidad.

Siempre me han gustado mucho las paredes blancas, impolutas. Luz, potencia, amplitud y armonía. Si además forman parte de un espacio plagado de obras de arte, el efecto se multiplica.

Debido a mi poco conocimiento artístico, la experiencia de acudir al museo no supone acertadas identificaciones de estilos, autores o técnicas de pintura. Es todo lo contrario: un rotundo asombro por el talento. Una mezcla de sorpresa y admiración por lo que alguien puede transmitir mediante pigmentos, mediante ideas y también, inspirándose en historias reales o ficticias. Me parece fascinante poder pasear por una escena que tuvo lugar doscientos años antes gracias a que un artista genial se ocupó de plasmarla. O cómo lo más nuevo te hace recuperar la esperanza en que el arte sigue vivo. Este contraste, perceptible en un espacio reducido, de creaciones tan alejadas en el tiempo, ejecutadas como producto de diferentes mentalidades, y en entornos distintos, es la prueba de que el talento no entiende de épocas, ni de posibles contenciones. Confío en que en última instancia, sale a borbotones por quien lo posee. No hay forma de evitarlo.
Recorrer los pasillos de cada una de las tres plantas del museo es maravillarte u horrorizarte. Y aunque no lo digamos por temor a que nos consideren ignorantes, es democrático que una obra no nos guste. Y es necesario para que al ver otra, nos encandile. Sucedió con varias en este lugar, pero una se llevó todos los honores.

Tras descubrir carnavaladas, curiosas composiciones de Miró, playas de Sorolla e incluso un increíble Picasso, me topé con el que, para mí, es el mejor cuadro del museo. La primera vez que vi Metamorfosis de ángeles en mariposa no pude evitar pensar en su autor mientras lo pintaba. Pensé en una fotografía que había visto de Dalí ataviado con una elegantísima chaqueta larga con estampado de pata de gallo, su pulcro peinado hacia la nuca y su genuino bigote. Especulé sobre sus motivaciones para realizar la obra, el por qué de dibujar el cuerpo de una mujer haciendo las veces de animal alado, una misteriosa dama acompañada de ángeles que la señalan y rodean. Tan bella es la elección de los colores que aunque el cuadro no se caracterice por el uso de una paleta excesivamente variada, la mezcla de ocres y azulados contribuyen al mensaje oculto, imperceptible y en parte mágico de la estampa. Las tonalidades son capaces de reproducir la sensación de la brisa, de una divinidad planeando en el aire. Es una imagen sublime. Es arte en estado puro. Y al contemplar, por fin, algo que te remueve interiormente, entiendes que el arte provoque incluso delirios. Como ya le ocurrió a Stendhal en pasados paseos florentinos.

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Metamorfosis de ángeles en mariposa (1973).

He vuelto al museo. He visitado de nuevo la Metamorfosis. El mismo embelesamiento de siempre. Podría decir que en cada visita la obra mejora por descubrir nuevos detalles o volver a observar uno que habías olvidado. Pienso que de esta manera, se van moldeando los gozos personales. Como la literatura, la pintura se va asimilando y llega un día en el que se vuelve imprescindible, esa afición ahonda bajo tu piel. Se me ocurre de repente que estaría bien leer a Ernst Gombrich, hojear sus libros, ver en papel los cuadros que él selecciona y nutrirse de esa valiosa información. Sin embargo, como ocurre cuando lees una novela, repasas cada frase, cada descripción y llegas con un sentimiento parecido a la angustia –a veces alivio- al final, intrigado por cómo será el desenlace, pienso que nada igualará nunca a plantarte a escasos metros de la obra y que esta te llegue al corazón.

Es una suerte poder regresar a esas piezas. Volver a encarar Cimadevilla para perderse entre esos pasillos. Mi humilde consejo es que, como refugio a las banalidades, como huida de la rutina que nos arrastra, de las pantallas de los móviles y para, con suerte, tener la oportunidad de emocionarnos, volvamos de una vez por todas y pronto a los museos


Laura

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