¡Tennō heika banzai!

Andrés Martínez Morán

El último samurái. Difícil no recordar el revival quijotesco de la carga de caballería contra las ametralladoras gatling de importación del ejército imperial. La academia señala a la rebelión Satsuma, liderada por el antiguo héroe de la guerra boshin Saigo Takamori, como el postrero estertor de la ilustre clase guerrera nipona. La película viene a interpretar estos hechos con licencias a lo Braveheart, sólo que con la ausencia de ese panteón a la virilidad mejor conocido como Mel Gibson. Tom Cruise, queriendo ser un segundo William Adams, se quedó atrapado en la interpretación de Nacido en un cuatro de julio.

La era atómica y el general MacArthur pusieron fin al orgullo imperial del sistema Meiji; los japoneses, ya faltos de pundonor, se han vengado desde entonces bombardeándonos con anime y karaoke. Creo que estamos en tablas. Centrémonos. Dado que ya no podían dedicarse a la nada gratificante tarea de invadir a otros convecinos amarillos, éstos comenzaron a prestar más atención a sus nuevos amigos occidentales. Lo demás ya es historia: Kurosawa y Mifune, Toyota, Nintendo…

En las letras tienen a Kenzaburō Ōe, y al pobre Murakami, eternamente privado del galardón sueco (la vez más hiriente, a manos de un cantautor). No obstante, el escritor del que hoy hablaremos nos retrotrae al inicio de este texto.

De ascendencia samurái, Kimitake Hiraoka, mejor conocido como Yukio Mishima, tuvo una juventud marcada por una asfixiante atmósfera familiar y la humillación causada por la declaración médica de inaptitud para el servicio militar durante la guerra. Su estilo, plagado por la fascinación erótico-tanática, se batía entre la tradición autóctona (personificada en su mentor, el premio Nobel Yasunari Kawabata) y la influencia extranjera. Y no sería ésta su única contradicción.

Su pensamiento político se podría sintetizar en la apología de la restauración de la autoridad divina del Emperador (descendiente de Amaterasu, diosa sol del panteón sintoísta), y el desprecio por el orden político “femenino”, plutocrático y materialista propio de la democracia liberal, erradicadora de las belicosas costumbres patrias (véase el artículo 9 de la Constitución del país). La praxis tomaría forma en el Tatenokai, o Sociedad del Escudo, la milicia personal del escritor, que recogería el relevo de dos grupos nacionalistas japoneses de los años 30 sobre los que tanto escribió Mishima: la Liga de la Hermandad de la Sangre y la facción Kohoda.

El militarismo declamado y la observancia del Hagakure no suponían óbice para la temática homosexual tan recurrente en su obra: los mismos samurái ya la habían ritualizado en el shudō. Aquella frustración debida a su frágil salud en la infancia derivaría a su vez en un total obsesión por el culturismo y el deporte.

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Msihima emulando El martirio de San Sebastián de Guido Reni, su fetiche pictórico.

Mishima despierta interés porque evoca una concepción de la existencia radicalmente ajena a la de la Cristiandad. Amor y muerte, no excluyentes sino armónicos, eran elementos supremos de realización personal que éste arrogaba al samurái modelo. Incluso en sus ensoñaciones pueriles estaba ya la inmolación, según relata en la pseudobiografíca Confesiones de una máscara. Tampoco son extraños en sus páginas, como prueba El Pabellón Dorado, el erostratismo y la infatuación. Explicaba Juan Antonio Vallejo-Nágera cuan excepcional era su culto morboso por la muerte, pues ni las aseguradoras acostumbran a contemplar en sus pólizas la posibilidad de que el individuo planee durante años los pormenores de su suicidio.  Lo escrito en historias como Patriotismo resultaron ser los prolegómenos de su propio mito.

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Mishima simulando el suicidio ritual.

Novelista y dramaturgo de éxito, tres veces nominado al Nobel de literatura, Mishima culminaría su biografía con un final acto de rebeldía contra la modernidad. El 25 de noviembre de 1970 irrumpió junto con algunos hombres de confianza del Tatenokai en el cuartel general tokiota de las Fuerzas de Autodefensa de Japón (el “no-ejército” del país, en virtud del imperativo constitucional). Tras secuestrar al general Mashita, Mishima salió al balcón para dirigir una arenga a la soldadesca. La proclama imperialista no llegó a buen puerto, pues su pronunciamiento sólo fue respondido con las burlas y los insultos de la tropa que formaba en el patio. Con suma resignación, retornó a la oficina del general, para, tras componer un poema de despedida, vaciarse los intestinos mediante el suicidio ritual seppuku. No fue ésta una operación limpia; su asistente y rumoreado amante Masakatsu Morita, que debía decapitarlo para finalizar el rito, erró tres veces el golpe, prolongando la agonía (o quizás, éxtasis) de Mishima, requiriendo la intervención de un, más certero, segundo acompañante. Morita, avergonzado de su fatal yerro, decidió seguir el camino de su líder.

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La proclama de Mishima.

Ante los atónitos ojos de la sociedad japonesa, ya aceptante del novus ordo americano, Mishima se había unido en comunión a figuras tan míticas como Oda Nobunaga (que levanten la mano los que conocieron a este conquistador gracias al Age of Empires II). Su viejo maestro Kawabata, profundamente apenado por los hechos, se acabaría suicidando -por métodos más ordinarios- dos años después. Kenzaburō Ōe, que ya había tratado el nacionalismo japonés en 17 (basada en Otoya Yamaguchi, el estudiante que en el 1960 había asesinado con una espada corta wakizashi al líder socialista Inejirō Asanuma en pleno debate televisado) se inspiraría en la intentona de Mishima para escribir El día que él se digne enjugar mis lágrimas.

Leí una vez que Mishima, más allá del simplón paralelismo con el último samurái, era el samurái perdido (not the last samurai but the lost one), dada su heterodoxia en la defensa de la esencia de reino del sol naciente. Aparenta insalvable ese psicoanálisis tan gastado en los literatos malditos: ¿Quién era Mishima? ¿El último profeta reaccionario? ¿Un libidinoso reprimido? Kimitake Hiraoka, actor de ese teatro (kabuki, cómo no) que es la vida, quería hacer de su semblanza un poema. Es indudable que lo consiguió; sólo resta juzgarlo.

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Inocencio-X

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