Vindicación moral de las lentejas I

Ayer comí lentejas, plato amigo frente a los rigores del invierno, antídoto contra la anemia, fuente de fósforo, surtidor de fibra y que proporciona a quien lo ingiere un sólido sostén moral. Gracias a ellas, mi hermana aprendió a renunciar a los caprichos arbitrarios un día en que no las quiso para comer y mi madre, con ese criterio que sólo tienen las madres que se han propuesto educar a sus hijos y no delegar los correctivos en el sistema público de enseñanza, le prohibió tomar cualquier otra cosa hasta que no las terminara, castigo que agravó al ofrecerme un Kinder Happy Hippo y decirle con gesto grave: “Cuando termines las lentejas, pensaré en darte el tuyo”.

En efecto, pocos alimentos hay más éticos, más iluminadores en toda la gastronomía del mundo que estos bultitos marrones a los que deben sus pesadillas tantas y tan afligidas infancias. Mal que les pese a católicos y anticlericales -católicos del revés-, las lentejas son la verdadera guía espiritual de Occidente. Frente a ellas, los hombres nos desprendemos de esos otros ropajes de brocado y cachemira que en nuestros banquetes representan las langostas, el hígado de pato o las fresas zampuzadas en champaña —delectación hortera y sexual de película cursi— y nos quedamos solos frente a la desnuda sobriedad de la tierra, como si el pulvis eris nos batanease por dentro mientras cada cucharada se convierte en una nueva imposición de la ceniza.

Yo he comido lentejas excelentes durante los días de vigilia y también para celebrar el Domingo de Resurrección. Recuerdo nostálgico el del año 2008, cuando fui a Madrid con la idea de presenciar la reaparición en los ruedos de Julio Aparicio en un cartel que completaban Morante de la Puebla y Miguel Ángel Perera. Lo único reseñable de aquel día fue el almuerzo; en especial, un chupito de crema de legumbres –versión culterana del castizo puré de lentejas- que bien valía lo que me gasté en el viaje y cuyo simple recuerdo me ha hecho estremecer ante la perspectiva del paraíso extraviado. La corrida no hizo más que arrancarnos bostezos y Julio Aparicio sufrió una cornada en la pierna izquierda que lo mantuvo en el hospital durante dos o tres noches, fonda donde -según es sabido- las lentejas se toman deslavadas e insípidas, verdaderamente cuaresmales.

Pero si las lentejas son el espejo moral de Occidente no es porque me hagan recordar con melancolía una aburrida tarde de toros en Las Ventas, sino porque en ellas encontramos tanto un ejemplo de conducta como un sabroso contraejemplo, aunque acaso este último no lo sea efectivamente y responda en el fondo a algún desvío gastronómico de los sacerdotes (hipótesis extraña tratándose de seres que, como yo, no aspiran a cometer pecado distinto al de la gula).

El empleo de las lentejas como arquetipo de conducta lo hallamos nada menos que en la Antigua Grecia, en el aleccionador encuentro entre Diógenes de Sinope y Arístipo de Cirene una tarde en que el segundo cenaba un modestísimo plato de esta legumbre. “Si aprendieras a ser sumiso con el rey, no tendrías que conformarte con esas lentejas” dijo Arístipo. “En cambio, tú, -replicó Diógenes- si aprendieras a comer lentejas, no tendrías que ser sumiso con nadie”.

Ha de advertirse que la conversación no transcurrió así. En el segundo de sus Diez Libros sobre las vidas de los filósofos más ilustres, Diógenes Laercio nos refiere la anécdota de modo inverso: fue el Cínico quien, con su habitual mal carácter, reprochó a Arístipo su gusto por la adulación y la lisonja y no Arístipo quien afeó el conformismo integrista de aquél. Y, lo más importante, no eran lentejas sino unas hierbas cuya especie el texto no precisa para desgracia del saber gastronómico, pues basta que aquellos rastrojos gustaran al de Siracusa para desaconsejar su ingesta salvo a esas pocas personas cuyo mal deseamos.

Sea como fuere, lo cierto es que si hoy recordamos a Arístipo no es por la semblanza de Diógenes Laercio, sino por su encuentro con el sinopense. Sus opiniones apenas se citan, los estudiosos rara vez lo mencionan y sus contribuciones boquean entre los ácaros de algún antiguo mamotreto (por más que de sus enseñanzas sobre la moderación en el goce de los placeres sí podamos extraer lecciones provechosas). A su juicio, los placeres han de disfrutarse con sosiego, a sorbos casi, pero no porque en ello radique la virtud, sino porque de nuestra templanza en su consumo dependerá su duración. La lírica popular nos lo ha ensañado mucho más salerosamente: “Si vas a por tocino / no traigas tanto / que el marrano era chico / y el año es largo”.

La otra historia moral con las lentejas como protagonistas es ese pasaje del Génesis tan glosado en todos los catecismos: “En cierta ocasión, Esaú volvió exhausto de faenar, mientras Jacob estaba preparando un guiso. Esaú dijo a Jacob: ‘Déjame comer un poco de ese guiso fragante, porque estoy extenuado’. Jacob le respondió: ‘Dame antes tu derecho de hijo primogénito’. ‘Me estoy muriendo -respondió Esaú- ¿De qué me servirá ese derecho?’. Jacob insistió: ‘Júramelo antes’. Él se lo juró y le vendió su derecho de hijo primogénito. Jacob le dio entonces pan, vino y guiso de lentejas. Esaú comió y bebió; después se levantó y se fue. Así menospreció Esaú el derecho que le correspondía como primogénito”. (Gn 25,27-34).

Imbuido por el ejemplo previo de Diógenes, uno se pregunta si no es más honrada la postura de Esaú, quien, precisamente por haber aprendido a comer lentejas, está dispuesto a renunciar a la bendición de su padre ante Yahvé y perder con ello sus derechos sucesorios. Al fin y al cabo, no hay duda de que Jacob es un hermano agreste y poco encomiable, que, lejos de saciar el hambre de su hermano tras una ardua jornada de laboreo, le vende el plato de lentejas con un sobreprecio indigno de Míster Scrooge.

El pintor tenebrista Matthias Stom dibuja la escena con una liebre adornando la composición y Jan Victors hace otro tanto. En puridad, los lebratos no aparecen en esta historia hasta el capítulo siguiente, aunque el espectador español acostumbre a imaginarse que estos animales están ahí de vianda, como indisoluble acompañamiento de las lentejas, a modo de nuestro chorizo. Y eso que a mí -en otros asuntos, tan ruralista- el chorizo me ha parecido siempre un embutido ordinario y grosero, casi para ingerir en la soledad de un lunes por la tarde  y del que debemos esconder su baja estofa, sus orígenes pueblerinos y su invasivo perfume. Pero, más allá de estas consideraciones personales, parafraseemos a Enrique de Navarra y entonemos en honor del estafado Esaú lo que en adelante será nuestro grito de guerra: “unas buenas lentejas, con alguna viandita de acompañamiento, bien valen una primogenitura”.


 

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