La rabia

Todas las mañanas escucho la radio mientras desayuno. Hoy, 12 de marzo, me levanté a eso de las diez, fui a la cocina y encendí la radio. No sé si estaba sintonizada la COPE, Onda Cero o la SER, aunque seguramente era la COPE —para qué engañarnos—. No sabía qué cadena sonaba porque no oía la voz de Carlos Herrera. Se conoce que un rato antes habían entrevistado a la madre de Gabriel, el niño desaparecido de Almería cuyo cadáver fue encontrado ayer en el coche de la novia del padre de Gabriel —qué lío—. En respuesta a esa entrevista empezaron a llover llamadas de oyentes no identificados y la dirección del programa decidió que era pertinente darles entrada al programa. Aquí es cuando yo enciendo la radio. En el curso de los siguientes veinte minutos conté unas treinta o cuarenta voces distintas, gente anónima que sentía la necesidad de contar al resto del mundo lo mal que lo está pasando por la muerte del niño. Que es una monstruosidad, que me quedé frío, que se nos paró el corazón, que no tengo palabras, que no sé si levantaré cabeza, que ay ay ay, que se me quemó el puchero. No paraban de llamar, para mi gran fastidio, desconocidos sin propósito concreto y el programa continuaba con bandas sonoras de películas de fondo, la de Pearl Harbor entre ellas, como si no estuviera la audiencia bastante triste ya. «Qué derroche de justicia, de ética y deber, coño», me decía anoche al ver publicaciones que mostraban una foto de la presunta —ja— homicida bajo el lema: “ASESINA. No dejemos que su cara sea olvidada, que no vuelva a encontrar un momento de tranquilidad”. Seguro que los superhéroes de Facebook que ponen en la picota a esta señora son los mismos que participaban en batidas la semana pasada, que están rotos de dolor y telefonean a la radio esta mañana y que han pasado la noche a las puertas de un cuartel de la Guardia Civil pidiendo su cabeza y la cadena perpetua. Bravo. Fraternité.

Llega la hora de comer y temo poner el telediario. Le pido a mi madre que no encienda la televisión, pero no me hace caso. ¡Acción! Carnaza, ninguna otra noticia. Enviados especiales al cuartel, a la finca, a la República Dominicana, a Burgos, a los baños del Salsi. Mi escena favorita es la del reportero preguntando a un burgalés sin capa sobre la conducta previa de la matarife: “Siempre dijimos que buscaba dinero”. Chismes de cotilla y mezquindad de pueblo en máxima audiencia y con ámbito nacional. Mejor que una pintura negra de Goya. Solo eché en falta que el reportero contestase: “Claro, negra y dominicana, claro, claro, estaba visto”. Al menos así lo habrían cuadrado bien. Pero no, lo siguiente fue un vídeo editado y lacrimógeno del pescaíto. Luego un … —no sé qué decir— un algo, un experto de algún tipo analizando la sudoración, la sequedad bucal y las miradas de la —de nuevo— presunta homicida. Y, ahora sí, deportes. Y cierra España.

Ahora mismo son las nueve y dos minutos de la noche, lo que significa que ya me he perdido ciento ochenta segundos de mierda televisada. Genial. Qué buenos somos. Qué legión de basura somos. Qué jodidos tenemos el timón moral y la conciencia. Pero, ay, ¿y lo buena jauría que somos? Estoy desconectado del mundo, así que no sé si las antorchas están encendidas y las guadañas afiladas. Espero que sí: de Oviedo a Almería hay un buen trecho y es cuestión de días que aparezca un nuevo secuestro/desaparición/drama y tengamos que conducir al aquelarre sediento de sangre en otra dirección. En fin, ser un héroe nunca es fácil.