Cztery zloty

Fotograma: “Nocturnal animals”.

Salí contento del mercado. Sentía el peso de la mochila llena de manzanas en la espalda y un gran vaso de zumo en la mano. Aún no hacía demasiado frío. En noviembre todavía paseaba a menudo por la isla de la catedral y por el archipiélago circundante. El río, aunque rodeado de escarcha, seguía corriendo líquido y veloz bajo los puentes. Me había acercado al mercado después de desayunar en Giselle, una panadería francesa que ofrecía desayunos fantásticos a precio módico, porque esa semana arrastraba cierta debilidad y lo asociaba con la escasa cantidad de fruta y verduras que había comido últimamente. Era mediodía de un jueves o de un martes. Muy poca gente transitaba la calle: la mayoría estaba trabajando y el resto había decidido que el verano había terminado y que no tenía sentido salir a vagabundear ociosamente pudiendo uno quedarse en casa o resguardarse del viento en un centro comercial. Yo, que por fin me había aclimatado al frío y seco ambiente de Breslau, seguía fascinado por los panoramas y rincones ocultos de la ciudad e invertía gran parte de mi abundante tiempo libre en deambular por sus calles en busca de nuevos descubrimientos.

Di una vuelta por los puestos del mercado comparando mentalmente los productos con los que podría encontrar en el mercado de Oviedo. La diferencia evidente era el pescado, ausente en Breslau; pero también llamaban la atención las montañas de setas, de dulces, granos y especias que se amontonaban en cajones de madera en los mostradores de varios puestos. Había una absurda cantidad de velas y coronas funerarias, y no era porque el Día de los difuntos había sido la semana anterior: siempre las había. Compré un bollo dulce en la tienda de una señora que aparentaba tener cien años holgados, pero que sonrió al ver que no entendía una palabra de lo que me estaba diciendo. Recuerdo aquel gesto. Uno siempre espera una actitud malhumorada e intransigente hacia los extranjeros por parte de los ancianos, especialmente si son polacos, dada su mala fama; aquella sencilla muestra de simpatía me sorprendió.

hala
Solo en Feniks puedes encontrar más cosas que en el Hala Targowa de Breslau.

Compré varios kilos de manzanas para poder compartirlas con mis compañeros y salí a la calle. Iba con los auriculares a todo volumen. Me asusté al ver que una figura oscura se me echaba encima. Me quité los cascos y fruncí el ceño para disfrazar mi sorpresa de enfado. Era un hombre poco mayor que yo, pero alto y de aspecto recio y desaseado. Me interpeló en polaco, sin mirarme a los ojos. Al ver que no le comprendía empezó a farfullar palabras sueltas. Entendí que me preguntaba si entendía polaco. Antes de que pudiera responderle chapurreó en inglés una historia que no entendí del todo, pero que venía a significar que su coche estaba averiado y aparcado en algún lugar cercano y que necesitaba ayuda. Era un timador o un ladrón, vamos. Al darme cuenta hice ademán de irme, pero me sujetó por el brazo y me pidió cuatro zloty —un euro aproximadamente— para comprar gasolina.

En ese momento supuse que iba a atracarme, porque ya me habían preguntado en el pasado si llevaba monedas encima y otras triquiñuelas del mismo cariz y en todas aquellas ocasiones me habían intentado atracar. Es un truco muy viejo: si accedes y les das el euro o los cincuenta céntimos —la insignificancia de la cifra es parte de la trampa—, ven que tienes miedo y que no te vas a pelear por el dinero ni a ofrecer mucha resistencia. Y te roban. Si te niegas a pagar o dices que no llevas dinero encima, insisten o sugieren que no has buscado bien en tus bolsillos y que ellos podrían hacerlo mejor a la espera de que te muestres vulnerable o dejes entrever un resquicio de duda. Y te roban. Solo hay tres caminos posibles: o resignarte a que te roben, o estar dispuesto a pegarte, o tener suerte. Al final lo importante no es el dinero, que tanto si lo conservas como si no, sigue siendo vil metal —a no ser que de él dependa tu subsistencia—; lo importante y lo peor es la cara de tonto que se te queda, y de esa es muy difícil librarse.

Como no podía ser de otra forma, le miré con desprecio, le dije que no —nie—, me zafé de su presa y seguí mi camino. El tío tenía bastante pinta de neonazi, así que darle la espalda no fue una maniobra inteligente por mi parte. Tiré para adelante sin mirar atrás, preparado para que me pegaran una patada a traición o un ladrillazo en la cabeza. Tonto de mí, prefería que me diera una paliza a que me robase —los tíos somos así de orgullosamente gilipollas a menudo—. No ocurrió nada. Crucé el puente que hay frente al mercado y llegué a la catedral. Allí decidí que no estaba de humor para paseos y volví al centro. Ya me había relajado; sin embargo, al llegar a casa suspiré aliviado, como si la hasta entonces fascinante ciudad extranjera en la que vivía se hubiera convertido momentáneamente en una jungla llena de ojos hostiles que me escrutaban desde las sombras, prestos a devorarme a la menor muestra de flaqueza.

Parece una anécdota tonta, incluso esquizofrénica, pero apuesto a que cualquiera que haya vivido en un entorno extraño se ha sentido así, al menos una vez.

Este es, con mucho, el percance menos peligroso en el que me vi envuelto en esos tiempos. Aun así, deja un regusto amargo en mi memoria. Por eso vale la pena recordarlo.

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