Por qué no voy a ver House of Cards

Revistiendo así mi desnuda vileza con viejos restos robados de la Sagrada Escritura, parezco un santo, cuando, en realidad, encarno el papel del Diablo.

 

W. Shakespeare, Ricardo III.

En octubre del año pasado, Anthony Rapp declaró haber sido víctima de abusos sexuales cuando tenía catorce años. El victimario, Kevin Spacey. La acusación tuvo lugar poco después de la caída de Harvey Weinstein. Spacey reaccionó con una disculpa pública en Twitter, disculpa que aprovechó para salir del armario. No funcionó: the times were a-changing.

Netflix no se hizo esperar y anunció que a House of cards —la serie de Spacey, aquel puñetazo sobre la mesa que en 2013 transformó la forma de “ver la tele” para siempre— solo le quedaba una temporada, la sexta, que se estrenará el próximo otoño. Tampoco bastó. Las redes ardían, querían sangre, y no la de cualquiera: exigían la sangre de Kevin Spacey, dos veces ganador del premio Oscar, leyenda viva de Hollywood y de las tablas shakespearianas. No era un desconocido, no era un tío gordo y cabrón cuya cara la mayoría no reconocíamos pese a la infinidad de veces que habíamos visto la W de The Weinstein Company antes de una película de Tarantino. Era Frank Underwood.

Las productoras del tío Harvey.

La cosa empeoró: aparecieron nuevos acusadores, nuevas supuestas víctimas de abusos a manos de Spacey, nuevos excompañeros declarando en su contra… Resultó que Kevin Spacey era lo que la gente corriente llama un hijo de puta. Trabajar con él era insoportable. Era un experto en hacerles la vida imposible a sus colegas. Llegó lo inevitable: Netflix anunció su despido. Y Frank Underwood murió.

Di por sentado que House of cards moriría con él —en realidad, la serie había perdido el norte hacía tiempo—. Pero no. Netflix, después de unos días de suspense, anunció que la serie continuaría sin él. Robin Wright —Claire Underwood— cargará con todo el protagonismo en la sexta y última temporada de la serie. Los fans recibieron la noticia con alegría, muchos haciendo hincapié en lo grandioso de dejar la serie en manos de una actriz. No es para menos: Claire es el mejor personaje de la serie. No tiene la maldad cínica y descarada de Frank, ni sus momentos de brillantez y crueldad; pero es un personaje más complejo que su marido, más gris, más reacio a renunciar a toda luz interior y, por si fuera poco, Wright está a la altura interpretativa de Spacey. Por eso, independientemente de cómo manejen la salida de Frank, es de esperar que la serie se mantenga por encima de la media. Yo, empero, no lo sabré. No pienso verla.

No voy a ver la última temporada de House of cards porque será una farsa. Netflix no tenía planeado que la sexta temporada de la serie fuese la última. Su comportamiento posterior a la caída en desgracia de Kevin Spacey fue improvisado y solo respondía a una necesidad apremiante de salvar el culo. No es de extrañar, todos sabemos cómo está Twitter estos días. Un movimiento en falso y Netflix habría tenido que enfrentarse a múltiples amenazas de boicot, tal y como tuvo que hacer HBO tras renovar a James Franco. La plataforma online, por el contrario, ha escogido el camino seguro y se ha deshecho de Frank Underwood con la rapidez con que se desterraba a los leprosos en tiempos de Ben Hur. Luego han venido las excusas: mantener puestos de trabajo, la ilusión de los fans, feminismo… Putas y cochinas mentiras, vamos. A Netflix le dan igual Anthony Rapp y el resto de supuestas víctimas. Tampoco se justificaría diciendo que “ha llegado el momento de Claire” si pudiera seguir explotando sus ardides junto a Frank, que es —digámoslo claro— lo único que mola de House of cards. La reina del streaming ha dejado claro con su conducta que lo que le importa es la pasta y no cabrear a la gente y que cualquier cabeza que se interponga en su camino hacia esas dos metas será rebanada y ensartada en una pica. En otras palabras: a Netflix le importa más el qué dirán que ofrecer material de calidad. Al final del ejercicio lo que cuentan son las suscripciones, no el arte.

En base a todo esto, y por lo que a mí respecta, Netflix puede irse a la mierda. No por despedir a Kevin Spacey —medida cuestionable, de todas formas—, sino por tomarle el pelo al espectador. Apostaría los pulgares a que de haber salido a la luz este escándalo en 2007, en septiembre volveríamos a escuchar la pérfida voz de Underwood rompiendo la cuarta pared. Pero vivimos en 2018. Es de esperar que nadie vuelva a ver la cara de Kevin Spacey en una pantalla de cine, y Netflix, subida a la ola, se pone la careta del feminismo más oportunista para distraer la atención de las redes, como si Robin Wright necesitase borrar a un tío del mapa para ser la puta ama.

Esta parrafada se me ocurrió tomando un vermú. Mi padre comentó el estreno de Todo el dinero del mundo, película que se rodó con Kevin Spacey como protagonista y de la que, tras el escándalo, fue eliminado y sustituido. “No pienso verla”, respondí. Al instante, me vinieron a la cabeza tuits anteriores al despido de Spacey que decían lo mismo en relación con House of cards. “En mi casa no entran violadores”, rezaban. En aquel momento me parecieron ridículos, dignos de personas incapaces de aceptar que un ser despreciable puede ser un genio. “Joder, ¿acaso no estoy haciendo lo mismo?”, pensé. Pero no. Si no voy a ver Todo el dinero del mundo ni House of cards, es precisamente porque entiendo la diferencia entre lo que hace un actor entre bambalinas y lo que hace frente a la cámara y porque me niego a condescender con una censura impuesta a golpe de linchamiento. Si a Ridley Scott —director de Todo el dinero del mundo— y a Netflix no les importa el arte de Spacey, a mí no me importa la mierda o sucedáneo artístico que me quieran ofrecer. Kevin Spacey bien puede arder en el Infierno o pudrirse en una cárcel si le acaban condenando a ello. No me preocupa ni me entristece. Seguramente Hollywood sea un lugar mejor sin él. Eso sí, no voy a negar su talento ni a crucificarlo preventivamente, y mucho menos a aplaudir la hipocresía de quienes se ensañan con él y —por supuesto— “no sabían nada”.

Por todo esto no voy a ver House of cards.

Descansa en paz, Presidente.

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