Mon

Fotografía de Emilio Rodríguez Álvarez.

La calle Mon hoy duerme borracha del barro del fin de semana. Desde que el Glam cerró la Mon termina a la altura de la plaza del Sol. Quedan un par de bares en los arrabales de la calle Oscura, pero solo son lo que tres pelos que aguantan en una frente despejada que no acepta su calvicie. Frente a la boca del Sol, los adoquines se desbordan en el Postigo y en su pendiente de cristales rotos de noche de viernes que resisten el sábado. Allí importa el Arde París; el resto, un par de tugurios mejor y peor, cada cual a su gusto. Yo no disfruto ninguno. En el Arde París he escrito capítulos mayores de la estampa de mi vida y se lo debo a su dueño, cuyo nombre conozco —al igual que todos—, pero no merezco decir. Más abajo estaba el Pirata, ya cerrado y siempre irrelevante. En una isla, en tierra de nadie, flota la Radio, que vive sobre cierta calidad que vende mejor que nadie. Dicen que la embotonan los Erasmus durante la semana y es verdad, pero los Erasmus son clientes ingratos, más aún que sus pastores; lo digo por experiencia.

En la Carta Puebla se están muriendo los locales: han cerrado el Joker y el Funky. El primero era otro de tantos, pero el segundo era diferente. Diferente, que no mejor, sino lleno de negros bailongos y traperos y personas distantes. Dirán lo que quieran, pero a mí, que soy blanco como la luna y ovetense como el aburrimiento, el Funky me encantaba y, aunque nadie me toma esto en serio, era el bar de Oviedo en que más lejos he estado de tener ningún problema. Porque la noche de Oviedo es arrogante y mentirosa, una auténtica estafadora. En Carta Puebla perduran el Vader y el Noise, al que me ata cierta pendencia de la que, aun no siendo responsable, soy instigador y —en cierto modo— culpable. Es un buen lugar, lleno de gente agradable que quiere hablar y no intenta humillarte, y eso dice más de lo que parece. Me queda la Zigua en el tintero, pero sobre la Zigua hay poco que escribir: solo funciona cuando eres expulsado de todos los lugares en los que preferirías estar.

Volviendo a la Mon, enfocando ya la catedral, dejas a mano izquierda el callejón que lleva a Trascorrales, que suele estar lleno de ladrones y demás tipejos avizores que buscan con la mirada bolsos abiertos y borrachos sonambulizados a los que echar mano. Enfrente ha abierto hace poco Laclave, versión segunda de la central del pachangueo de la Corrada del Obispo. Entre Laclave y la esquina del Montañés hay varios bares habitados por feligreses recurrentes de los que no formo parte. De ellos no tengo nada que decir. Al otro lado, la Guácara, sede de cancaneo, no apta para el fin de semana. Poco más hasta el nuevo Glam, que alardea de lo mismo que vendía el antiguo, pero cambiando familiaridad por un tumulto en el que se mezcla la clientela del Haneke y del viejo piso de arriba. No está tan mal, y me quedaría si alguna vez hubiera espacio. Sobre la clientela, baste decir que es la misma gente que encuentras en la facultad mezclada en un cóctel diversificado de varias edades aderezado con ego. Junto al Glam abre el Enigma, lugar en que solo penetré una vez y del que salí corriendo, espantado por el olor a vómito longevo. En la esquina contraria se asoman las Mestas, sitio riente, tugurio lleno de salpicaduras e inconstancias. Me gusta empezar en las Mestas noches inusuales de jueves o festivos y jugar a chorradas en sus mesas de madera. Siempre lo paso genial allí, sin excepción.

Antes de llegar al cuadrante veterano de la Mon superior, ese que tiene menos encanto que los baños atascados del Bamby, la calle se desliza hasta el Paraguas en una callejuela tapiada y rodeada de cristales opacos. El Paraguas, con su olor a sidra mojada de lluvia, lo pasamos de largo. Al margen de todo, la Barrina, parada obligatoria. Para mi gran vergüenza, me presentó este bar un poleso. Desde entonces es vox populi, junto con sus tócamelos, tócameles y tócamelas. Solo he probado el primero, aunque un millón de veces. La Barrina es un puerto seguro. Una noche me contaron un secreto sobre su borde, mirando una foto de Castropol; pero, claro, es un secreto. El fin de semana pasado me enteré de que el Tsaciana había cerrado. Me entristeció. Allí me ocurrieron lances divertidos en otra época de mi vida, como aquella vez que un amigo y yo nos codeamos con el DJ recientemente despedido del Babia —al que volveremos enseguida—, según él, por pinchar música no comercial. En el Ñeru la Curuxa he entrado dos veces: de la primera nada recuerdo, de la segunda nada hay que añadir. Y no, no vamos a bajar al Salsi, bribones.

Quedan muchos bares por mentar en la Mon, pero todos ellos son más o menos iguales: el Mauso, el Metropolis, el Joker Deluxe… Solo el Babia es diferente, pues todos tienen una historia propia y personal relacionada con él y a todos nos ha convencido Nadia —la trabajadora más meritoria de la noche— para bajar alguna noche. De entre los que me dejo en el tintero, me quedo con el Diario Roma y el Duende. El uno porque es profeta en el desierto. El otro porque poner un pie dentro ya es auténtica comedia.

El Oviedo noctámbulo, en conclusión, es una colmena de locales húmedos, sucios y —salvo excepciones— malolientes. Benditos sean. No hay visión más juvenil en esta ciudad moribunda que las hileras de pitillos negros bajando del Ayuntamiento hacia la terraza del Sol y sombra, ni charla más animada que la que se desenreda entre sus sillas metálicas y los peldaños de la plaza. Al llegar a casa, los zapatos ennegrecidos y los tímpanos zumbones recuerdan a la confusión y maldades que habitan dentro de las cabezas. La catedral iluminada, confidente de todos sus vecinos, se levanta contra el cielo sobre las melenas y los vasos. ¿De qué ovetense no ha visto su torre un beso, una lágrima, una risa o una pelea? De mí, al menos, lo sabe todo. Oviedo es la Mon como un submundo de la Cámara Santa: infestada durante la noche, resacosa y desierta durante el día, borracha a todas horas, adolescente y reumática, llena de prejuicios, de romances y de agonías.

Publicado originalmente en La Nueva España.

 

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