El mal bebedor

Floor y Jorik me condujeron a través de las viviendas adosadas y los garajes hasta la boca oscura de un callejón. «Es nuestro rincón secreto de Dampoort», farfulló uno de ellos. Musgo y hierbajos ocultaban el asfalto. El corredor estaba cercado por las tapias de los jardines traseros de los vecinos durmientes de Gante. Me desagradó nada más verlo.

Había conocido a los dos jóvenes esa mañana, en un tren procedente de Amberes. Ambos tenían alrededor de veinte años. Se interesaron por mí al reconocer el libro que estaba leyendo. «¿Eres polaco?», me pregunto Floor. Asentí y sonrieron. «Estuvimos de Erasmus en Polonia el último semestre, en Danzig». «Gdansk», le corregí, «bella ciudad». «Gdansk, sí. ¿De dónde eres tú?». «Soy de Poznan». «¡Ah, Poznan! ¿Sabes…». Seguimos conversando durante el resto del trayecto.

Llegamos a Gante. Nos bajamos del tren e hice ademán de despedirme. Se ofrecieron, hospitalarios, a guiarme por la ciudad. No tenía nada mejor que hacer: mi amigo Guust, la razón por la que había viajado a Bélgica, llegaba al día siguiente. Entre tanto me aguardaba un día de espera solitaria en la patria de Carlos V. Accedí. Quedamos en reencontrarnos en la puerta de la estación de Dampoort en una hora, de modo que ellos pudieran acercarse a su casa para dejar su equipaje y yo pudiera hacer lo propio en el apartamento que había alquilado ese fin de semana.

De nuevo reunidos, dimos una vuelta rápida al casco antiguo. Comimos cuberdons en un puesto ambulante y patatas con un extraño alimento faliforme en un frituur. Les pedí que me enseñasen algún bar típico y me llevaron a un edificio llamado Vooruit. Allí bebimos cervezas belgas en abundancia. Me caían bien. Ambos eran nativos de Gante y estudiaban en la universidad de la ciudad. Hablamos de política. Floor, nacionalista flamenco, quedó decepcionado al saber que yo ni votaba al PiS ni tenía nada que ver con el estereotipo polaco: calvo, racista, ultracatólico.

Cenamos en un antro cercano. Después volvimos a Dampoort y entramos en una taberna turca. Atatürk presidía la barra desde un retrato colosal y sus ojos, bajo tupidas cejas otomanas, escrutaban a la clientela. Nos sentamos en un reservado próximo a la puerta por si había que salir corriendo. Bebimos un número desmesurado de cervezas y vasos de tubo llenos de whisky. Un anciano nos observaba desde la esquina de la barra y sonreía. Parecía disfrutar al vernos borrachos a falta de poder emborracharse él mismo. El bar cerró a eso de las tres de la mañana. Estábamos tan pasados que tuvieron que amenazarnos para que abandonásemos el local.

Di la noche por finiquitada con sobresaliente, pero los belgas insistieron en que los acompañara a un lugar cercano, un escondrijo de su infancia. De no haber estado bebido no habría accedido. Estaba, sin embargo, ebrio hasta los meniscos, así que seguí sus pasos sin pensarlo dos veces.

Floor se adentró en el callejón después de intercambiar un par de frases en flamenco con Jorik. Le pregunté qué había dicho y se encogió de hombros. «¿Y ahora qué?», inquirí. «Atravesamos el steeg. Espera un momento, hay que entrar por separado». «¿Por qué?». No hubo respuesta. Me hizo una seña y eché a andar. Había caminado unos diez metros cuando vi a Floor al final del callejón, medio escondido tras una tubería. Solté una carcajada. «¿Se supone que esto va a asustarme?», pregunté a voz en grito. Floor no se movió. «La chica tampoco se asustó», susurró a mi oído una voz desconocida.

Esas fueron las últimas palabras que escuché, después solo hubo confusión, violencia, huida y oscuridad.

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