Que vuelvan

Yo, señor, no soy rojo, aunque no me faltan motivos para añorarlos. Decía Gómez Dávila que la sociedad moderna se envilece tan aprisa que cada nueva mañana se contempla con nostalgia al adversario de ayer. Cuando la humanidad se precipita voluntariamente contra la roca tarpeya, hasta el progresista añejo, aunque ascendiente de la degeneración dominante, se antoja conservador (bien que no puede conservar cosa distinta que las ruinas de su revolución).

Entiéndame, el rojo de toda la vida: ese hombre de partido ya casi entrañable, que leía el diccionario soviético en lugar de a Focault y a Derrida. Aquel que se preocupaba por conceptos como “clase” o “Estado” en lugar de palabros como “deconstuir” o “cisgénero”. A nuestro amigo veterorrojo sólo le importaba una brecha salarial: la que había entre el patrón y el jornalero. Su lucha contra el sistema no era un reclamo comercial serigrafiado en camiseta, no estaba apoyada por la prensa generalista ni financiada por fundaciones de millonarios húngaros  (aunque quizás sí por el káiser).

Pero el “muro de contención antifascista” (je) cayó y su nicho fue reclamado por el posmo, vástago de la copiosidad, que no enarbola como pendón y liturgia otra cosa que la autofobia y la sobreactuación. Ya no hay pensamiento sistemático: toda divagancia es bienvenida si ataca a las raíces de Occidente. El advenimiento del Kali-Iuga es su meta vital. Tanto blockbuster a lo Amanecer rojo para que al final los invasores saliesen de las universidades yankis y no de la estepa.

¿Pero cómo no preferir el realismo ruso o los patrióticos desfiles en la Plaza Roja a las frívolas cabalgatas de cualquier colectivo rebosante de consonantes en sus siglas? ¿Cuándo pudo el vodka ser sustituído por la leche de soja? ¿Almodóvar mejor que Eisenstein? ¡Un carajo! Hasta la lectura del Pravda se haría amena comparado con el detritus audiovisual con el que BuzzFeed, Operación Triunfo y Playground cañonea al personal.

No se equivoque. Era un lunático el comunista, más había método en su locura. Todavía quedaba en él una nobleza estajanovista  y un espíritu curtido por la posguerra aún no corrompido por los francofortes luciferinos. Pero el regreso que imploramos es sólo una tregua; un respiro previo a la reanudación del tormento. No puede el rojo negar cobardemente su responsabilidad sobre el posmo. Algún día, el posmo decidirá dar matarile al rojo, su personal Layo, por no ser suficientemente inclusivo e interseccional. Y el “Et tu, Brute? Then fall, Caesar!” del bermellón moribundo será replicadas con sequedad con aquella respuesta que el burgués Stefán Verjovenski recibe de su hijo nihilista en Los Demonios de Dostoyevski: “Completo lo que tú iniciaste”.

Al resto sólo nos queda sobrevivir entre las ruinas, cabalgando el tigre del nuevo orden.

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