Los talentos que finjo tener

Vivir es sentirse fatalmente forzado a ejercitar la libertad, a decidir lo que vamos a hacer en este mundo.

 

J. Ortega y Gasset.

El otro día, viendo la última película de Daniel Day-Lewis, me acordé de La insoportable levedad del ser. ¿La habéis leído? Es un coñazo considerable, ¿a que sí? Me vino a la memoria porque Day-Lewis interpretó a Tomás —el prota de la novela— hace muchos años. Fue uno de esos libros que acabé por terquedad. Solo me interesaron sus primeras páginas, en las que Kundera reflexiona sobre el eterno retorno de Nietzsche desde un punto de vista rocambolesco e introduce  la paradoja central de la novela: lo pesada que puede llegar a ser la levedad  y lo leve de dejarse aplastar por el peso. Este oxímoron tan poético se desarrolla de una forma totalmente diferente a como yo lo entendí al leerlo, por eso el resto del libro no me importa y no voy a escribir sobre él.

Comprendí la levedad y el peso como el dolor responsable de la libertad en los ojos bizcos de Sartre y el temor tembloroso del alma de S∅ren¹, que quería creer pese a no poder y para el que solo valía una fe salvaje, una autodestrucción sin medida. Leí en esa metáfora sencilla el epitafio de un romántico enfermo terminal de escepticismo, amante de su propia angustia, el Unamuno de hoy, de todos los días, de carne y hueso, como él quería, preso en sí mismo, el mayor adversario de sus ideas.

Cito en el encabezado a Ortega para resumir lo que me sé incapaz de clarificar por escrito. Me pesa la libertad enormemente, eso es todo lo que intento decir. La libertad es la semilla de mis ilusiones y la razón de casi todos mis males. Su totalidad descompensa la balanza de mi vida de tal modo que mi voluntad, haciendo de contrapeso, resulta tan débil, ligera e inútil como el recuerdo de una caña de cerveza con limón bebida al sol de una mañana del verano de 1995. No consigo explicarlo mejor. Ser libre me hace eternamente prisionero porque no soy capaz de serlo del todo, y ser libre a medias es penar bajo doble condena: la de los barrotes y la de la culpa. Incluso el esclavo tiene el consuelo de la víctima; no así la legión de suicidas de la que soy capitán, que atraviesa su juventud rehuyendo la vista de la menor decisión y cada día amontona en sus macutos. que arrastra sobre el polvo rancio de sus huellas, las palabras que quiso haber dicho, las pasiones que no supo sentir y los talentos que finge tener.

Ser libre como lo somos hoy nos hace enteramente responsables de nuestra vida, de nuestros sueños y de nuestra felicidad. Un destino maravilloso, desde luego, para quien tenga el valor de vivir de verdad. Pero ¡qué seductora es la corriente y qué fácil vivir al día! Tener ilusiones corrientes, imposibles de estropear. ¡Quién pudiera encontrarse borracho de mediocridad y no sentir el peso agrietándole el alma, sin necesidad de esperanza ni rabia, solo saciedad!


¹ Cuyo nombre robé y mutilé.

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