Abolitio nominis

No sé cuál fue el primer libro que leí; tampoco me quita el sueño. Sí recuerdo con profunda nostalgia las portadas de la, ya entonces caduca, colección infantil Nuevo Auriga. Sus lomos anunciaban los grandes clásicos de la literatura: Salgari, Verne, Dickens, Homero, Luisa May Alcott… Aunque si hubo uno que me produjo gran fascinación, ese fue el Ricardo Corazón de León (adaptación de El talismán de Walter Scott), quizás más por las ilustraciones del asedio de Acre que por un genuino interés literario. Ni siquiera el sir desdichado Ivanhoe, también de Nuevo Auriga, pudo robar mi devoción por el monarca inglés.

Pasaron las estaciones y cambié a los cruzados, idealizados por el romanticismo británico, por la guerra de las Galias cuando un libro de ilustraciones sobre Júlio César cayó en mis manos. Parece ser que tuve en muy buena estima a los latinos, pues un montón de libros, revistas, figuras de plomo, filmes… sobre la prole de Eneas empezaron a ocupar las estanterías de mi cuarto. También despertó en mí cierta curiosidad morbosa por los chismes sobre la intimidad de los emperadores. A este entonces monaguillo el que más pudor le producía era Heliogábalo: hereje, promiscuo (prefiero no entrar en detalles), falófilo superlativo, wannabe de transexual (no, en serio)… Su biografía pasaría por un guión de película de Lars von Trier… o de John Waters. Desde luego que reduciría al Calígula de 1979 a la mera anécdota, a un pueril cacaculopedopis.

La Guardia pretoriana, tan políticamente incorrecta, acabó haciendo de las suyas y a César muerto, César puesto. Eran sus costumbres y hay que respetarlas. El Senado, que era muy de, como se suele decir, castigar al perro cuando tiene el rabo tieso, decretó la damnatio memoriae, esto es, proceder a eliminar cualquier rastro de su existencia de los libros de historia. Algo falló si ahora mismo estamos hablando sobre él.

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Las rosas de Heliogábalo de Lawrence Alma-Tadema. Los jefazos de Argo optaron por omitir toda imagen que pudiese herir la sensibilidad de los lectores.

Bien, todo lo escrito hasta ahora viene a ser un MacGuffin; una excusa barata para hablar sin que empiecen a oírse bostezos sobre los intentos de reescribir la historia. Allá vamos. Los emperadores buenos, como Trajano, una vez muertos, eran deificados, y los malos eran borrados de inscripciones, mosaicos… No poca veces la damnatio memoriae se producía simplemente por voluntad del emperador usurpador, a modo de legitimación. Tal es el caso de Caracalla respecto de su hermano Geta.

No fue esta práctica, desde luego, monopolio de los romanos antiguos: el Vaticano la reprodujo en el 897 A.D. sobre el difunto Formoso I, tras declarar nulo su pontificado, en lo que puede ser el mejor proceso judicial dirigido contra un cadáver de la historia (como poco entra en el top 3). De manera más oficiosa, la vieja guardia bolchevique, caída en desgracia durante el estalinismo, también sufriría el particular castigo, sirviendo a su vez como claro antecedente del Adobe Photoshop.

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Si esto fuese una comedia americana se titularía “Un juicio… de muerte”. Tim Burton ya está negociando con S.S. Francisco I los derechos de la historia.
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El mejor filtro de Snapchat de todo el Kremlin

Cualquiera que haya estado atento a la prensa este último trimestre podrá darse cuenta de que tampoco hemos cambiado tanto. En el Senado de nuestros tiempos, los patres et conscripti han sido sustituidos por biempensantes e intensitos; savonarolas contemporáneos cuyas hogueras de las vanidades pretenden avivar con todo aquello que no pase por el aro. La estatua de Woody Allen (recientemente eclipsada por el cercano Starbucks) se perfila como un plausible objetivo. Voces en la University College London braman contra “el legado epistemológico del colonialismo”, solicitando la retirada progresiva de autores como Platón o Descartes de los planes de estudios. Se colocan, con la más inadvertida de las ironías, avisos en las recientes ediciones de las Críticas kantianas: previenen a los desamparados lectores que sus ideas eran producto de su tiempo. Uf. Y para qué hablar de Hollywood… pero eso se lo dejo a Pelayo.

En Estados Unidos, el primer país del mundo libre (libre de raciocinio, puede ser), fueron atacadas decenas de estatuas a lo largo del pasado año. Poco parece resistir al juicio de los neo-iconoclastas salidos de Yale: ¿El general Lee? Un confederado esclavista ¿Cristóbal Colón? Un genocida ¿Juana de Arco? Ya se lo imaginan ¿Cualquier presidente fallecido? Supremacista blanco. Se hace la guerra al soporte porque las ideas sólo son accesorias a éste. Al fin y al cabo, la moral ginebrina no precisa de fruslerías escultóricas. Como mi viejo conocido Donald: “Sad!”.

Al este del Óder, en un país que de sus campos hizo su nombre, nación siempre objeto de chanzas relacionadas con Wagner y cierta invasión en el 39, han decidido emular el menos folclórico de los usos hispánicos: la memoria histórica. Toda interpretación de hechos pasados que no se guíe por la dicotomía entre seres de luz y malvados es demasiado compleja e inconveniente para la mente de los ciudadanos, estiman los doctos parlamentarios polacos. He leído por ahí que en alguno de los novísimos episodios de Los Simpsons (¡existen!) tratan el tema del revisionismo con bastante lucidez, pero siendo sincero, creo que de cualquier manera disfrutaría más repitiendo por enésima vez el capítulo del monorraíl en la tres.

Hubiera sido fácil y conveniente rebuscar en wikiquote cualquier proverbio chino o grandilocuencia improbablemente churchilliana para cerrar el texto. O que si Ray Bradbury advirtió de aquello y lo otro. El “somos mayorinos para saber lo que hacemos” es la única cita que me permito. Tampoco voy a extender mucho más este desvarío.

A seguir bien.

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