Oriente en llamas

Lastres

Lastres, espuma de mar petrificada, cubierta por tejas y cemento. Para los riosellanos veraneantes y nativos, Lastres no es una villa marinera, sino un racimo de luces suspendido en el horizonte de las noches de verano, o un espejismo blanquecino de vida y seres humanos, a ratos oculto por la niebla y el brillo del sol moribundo de septiembre. El crepúsculo sangriento que se intuye en esta foto no es el atardecer que admiran los bañistas desde la playa de Vega. Allí —en el estuario arenoso que se abre camino al fondo, en la costa— los surfistas aprovechan los despojos de calor que le quedan al día y los niños, que no saben si son o no son adolescentes, pasean aparentemente sin rumbo, siguiendo las huellas que llevan a la zona nudista, sin sospechar que pertenecen a otros mozalbetes igual de salidos que ellos. Una chica de polo blanco atiende las mesas del chiringuito y charla con el camarero tatuado y algo fofo, que sonríe y repite los mismos chistes a los mismos clientes que llenan la terraza todas las tardes de agosto. Lejos, en un alto del camino que conduce a San Esteban, un par de peregrinos se detiene y mira el sol, que quiere curvarse en su órbita para zambullirse en el agua, en el espacio que separa Vega de Lastres. Así, todos los días las gaviotas sobrevuelan el río Acebo, que se estanca al acercarse a la playa, y observan desde el cielo la fuente escondida entre la maleza de los arbustos y eucaliptos. Y los chicos siguen buscando mujeres desnudas mientras los surfistas se sumergen tras las olas. Y las rocas besan la espuma petrificada bajo el sol que incendia el oeste.


En colaboración con Argo.