Traed la belleza

Me gusta bajar al Paraíso. Solo allí el café sabe como debería saber en todas partes. No arde en la boca. No parece una mezcla de fango y cobre fundido. No necesita azúcar ni movimiento. No se bebe para despertar y deslegañar la mañana, sino para y por beber el café del Paraíso. Nada más.

Bajo allí, al sótano del sótano de Cervantes, a leer, a escribir, a mantener conversaciones dominadas por el silencio de una música que nunca escucho en otro sitio, a poner calma en mi aburrimiento y a embarrar de hastío indoloro las tardes primaverales de diluvio. Sobre todo, bajo a leer. Leo en el Paraíso, allí nadie molesta. Sus capuchinos me ayudan a encontrar cierta serenidad solo interrumpida por el zumbido intermitente del teléfono.

Justo ahora, a las ocho y media de un viernes de abril, estoy en el Paraíso después de pasar la tarde estudiando en el Vasco. Vengo porque Jesús —el dueño de este pequeño cafe— me dijo hace un par de días que pensaba organizar un concierto diminuto. Soy la prueba fehaciente de que el marketing y la fidelización funcionan, de que un simple “qué tal” antes de cobrar puede marcar la diferencia.

Vengo para ver qué ha sido del concierto. Once personas —luego seremos más— bastamos para atestar el local. Un chico acaba de desenfundar una guitarra. Los altavoces se apagan y el directo comienza. Ignoro si el resto de clientes son público accidental o, como yo, han venido expresamente, movidos por la barbuda simpatía de Jesús. El músico canta en inglés con los ojos cerrados. Es joven, poco mayor que yo. «Why didn’t you stay with me that night», pregunta a las mesas de madera industrial. Un cachorro lo mira obnubilado desde el regazo de su dueño. «El tema se llama», dice, «’Rebirth’. El siguiente, ‘Canción #9’».

«Traed la belleza», reza un estante junto al techo, entre botellines, gorras de ciclista y piñones enmarcados. No es una frase peregrina. Las paredes, el zócalo blanco, el ruido de los pasos golpeando la escalera. Todo es virgen y está intacto, a la espera de esa belleza que los clientes están llamados a traer. Todo está hambriento de color.

El concierto sigue. ¿Seguiré yo? Un párrafo más. Estoy sentado en un taburete frente a la pizarra de Sartre y un ejemplar de Llueves —guiño-guiño—. «But even when you are around I feel like missing you». Blanco por doquier. El aire nórdico del café me recuerda un hogar calcáreo y sencillo donde dormía la auténtica belleza. Termino, pero sigo aquí, y volveré, aunque solo sea para pasear lecturas y comentarlas muy brevemente antes de pagar.

Ya sabéis: traed la belleza al Paraíso —que no al Edén— y, si podéis, invitadla a un café.