Déjà vu

Ese chiste archiconocido que se repite en cada cena de Navidad. Los trapitos de la Pedroche para Nochevieja. Las reinas magas. La gala de los Goya. Un varapalo en Eurovisión. La muerte de Krilín. Esto ya lo he visto antes. Uroboros. El eterno retorno.

Este sábado hubo Copa del Rey. No jugaba mi Madrid; en aquel momento me hubiese parecido más interesante desempolvar el Pro Evolution 6 y hacer de un humilde zagal carioca, de apellido Castolo, la mayor leyenda balompédica de todo el mundo y parte del extranjero.

La final de la Copa del Rey tiene ya una idiosincrasia (o idiociacracia, según se mire) a la que no me puedo acostumbrar. Apenas hace una semana falleció R. Lee Ermey, a.k.a. el sargento Hartman, aquel que hacía parecer al déspota sargento Himmelstoss de Sin novedad en el frente un descafeinado modosito. Yo, sin embargo, no puedo quitarme de la cabeza las palabras de otro sargento cabronazo, el férreo Tom Highway: “me puedes robar, me puede matar de hambre, me puedes dar de hostias, me puedes hasta mear… pero no me aburras, joder”. El Barça tiene la mala costumbre de ganar partidos y alcanzar la final año tras año y al final siempre acaba ocupando los titulares una tradición de orígenes no muy remotos. Qué pereza.

La guerra de las galaxias comienza con el opening crawl; la Copa del Rey tiene la pitada al himno. La política ya tiene su segunda patente de corso (la primera es Piqué) para violentar el sacrosanto espacio televisivo de Deportes Cuatro y el Chiringuito de jugones. En la redacción del ABC se preguntan si repetir palabra por palabra el editorial de hace cuatro años ¿alguien lo advertiría? En los telediarios dicen que se han incendiado las redes. Odiosa expresión. Un moñas escribe algo para una revistilla ovetense.

Somos ya toros resabiados, pero esta ocasión el sombrero es nuevo. Desde septiembre del año pasado el monotema se resiste a abandonar el papel prensa. El propio club de fútbol, que mientras escribo esto ha marcado su cuarto gol, ha tomado también parte en la polémica, como bien sabemos los asiduos de los editoriales de Pedrerol.

El partido vino acompañado, por si fuera poco, de una controversia adicional: la requisa de las samarretas grogues (gracias, Duolingo) y demás panoplia reivindicativa a las puertas del estadio por orden de Interior. Seguro que así nadie pitará y no será noticia.

No deja de ser llamativo el brío con el que Zoido responde a la anécdota y nunca a la causa. Uno se pregunta dónde estaríamos ahora sí ese mismo ímpetu hubiese prevalecido cada vez se multaba por rotular en castellano. Cada vez se destinaban fondos al diplocat. Cada vez que se rendía la legalidad como si de una ciudad abierta se tratare. Primero vino el pacto del Majestic; luego la nolutad rajoyesca. Para no tratarse de un gobierno en funciones, bien recuerda a uno provisional y febrerista. Y recuerda, Montoro siempre irá primero a por ti.

Más eficaz que el despliegue de Interior fue, sin embargo, el calor de la grada sevillista, y de no pocos barcelonistas, que añoran el recuerdo de un equipo transversal y popular. ¿Se puede separar política y fútbol? (Otro topicazo del periodismo) Si no es imposible es harto difícil. Ahí están los orígenes de clubes como el CSKA, el Dinamo de Moscú, o del más próximo Atlético Aviación. Y cómo olvidarse del Corinthians social de Sócrates. La política va a estar ahí, pero cosa bien distinta es una “yugoslavización” del deporte, que nos avoca a aquel Dinamo de Zagreb-Estrella Roja de Belgrado de 1990, que no sirvió más que como obertura de la tragedia.

Pasarán unas semanas y nos olvidaremos; para cuando esté artículo se publique la Roma se estará batiendo contra el  Liverpool (¡en Champions!). Un poco más de tiempo y Mariano habrá vuelto a ceder. Sólo algo después volverán las campanadas y el modelito de la Pedroche. Otra vez polémica en la final de Copa. De nuevo Eurovisión. Uroboros. El eterno retorno.