Una historia para celebrar

Foto: Óscar G. Bono


Corría el año 1949 y con tan solo veinticinco años, Truman Capote afirmaba que “hoy por hoy ser artista es como un acto de fe; no reporta nada salvo la satisfacción del arte mismo”. El mundo se enfrentaba al nuevo orden que había dibujado la Segunda Guerra Mundial y una humanidad aún consternada volvía a construir todo lo perdido, sorteando las ruinas y el invierno que traía consigo la posguerra. Podría decirse que todo ello era ajeno a la escena literaria neoyorquina, el país había salido reforzado de la barbarie, nada que ver con la Europa devastada que intentaba sobrevivir al otro lado del océano. Es incomprensible pensar en cualquier época artística y no acudir, no solo a su contexto histórico, sino a los cientos de referencias que resultaron inspiradoras y fueron el germen de una nueva generación de creadores. E irremediablemente, dejar escapar las anécdotas morbosas y comprometidas, las aventuras amorosas, las ostentaciones regadas de champagne o bien las penurias económicas causadas por la falta de éxito entre el público y las ideas políticas que nutrían las novelas o los versos que admiramos, es para cualquier lector, una discreción irreverente. Dejar escapar ese ámbito personal es, en mi opinión, una indecente falta de interés por el que escribió, es olvidar por el camino una parte jugosa de la literatura, es privarse de entender lo que en ocasiones no está escrito. Lo que nos hace fantasear.

Hace poco reía con Roth y su ‘Lamento de Portnoy’. Es cierto que la popularidad de sus novelas es posterior a la de Capote, pero el relato de unos traumas infantiles y juveniles, la convivencia del colectivo judío dentro de la sociedad norteamericana y la descripción del mundo que le rodeaba, son de gran ayuda para entender la distancia, en algunos términos bastante pequeña, que separa dos generaciones. Roth crea en forma de monólogo dirigido a un psicoanalista una crítica rabiosa y desvergonzada. Dejando a un lado el alto contenido sexual de cada anécdota y reflexión, no deja de resultar gracioso como Alex Portnoy trata las cuestiones políticas que empapaban las ideas de los americanos. Ya desde su adolescencia, se palpa un evidente rechazo a cualquier idea relacionada con el comunismo y en varios momentos irónicos su padre le advierte de los peligros que acarrean determinadas posturas políticas. Como personaje, Alex aúna lucidez, inteligencia y una obsesión descabellada por el sexo, además su ideología izquierdista, la cual le arrastra a trabajar por los intereses de los ciudadanos de la ciudad de Nueva York confronta con un comportamiento en muchas ocasiones inmoral y egoísta con su entorno cercano: sus amantes, sus padres.

Por mi parte, comparar una historia ficticia con una vida real, puede ser un análisis incorrecto. Alex Portnoy no existió como tal, por mucho realismo que pueda haber en su personaje. Truman Capote creció en una granja sureña, se aisló del mundo real en un ambiente bucólico que le permitió escribir y exprimir su talento, se enamoró, se sumergió en la decadencia y pasó del éxito al fracaso personal de la mano del alcohol, consumido por las drogas. Y eso sucedió. Nadie tuvo que imaginarlo porque fue real.

Me atrevo a escribir estas líneas, sin miedo a pecar de poco rigor, porque beber de la literatura permite recrearse y que surjan nuevas ideas. Lo más bello de la escritura es la gran apertura que existe hacia la imaginación. Cuando se eliminan las pautas, el empirismo y la necesidad de justificación, las historias surgen solas. No es necesaria la coherencia, todas las mentiras que puedan narrarse tienen cabida. La libertad es infinita. Escribir es un refugio y puede que también una farsa.

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Fotograma: La insoportable levedad del ser (1987).

He desarrollado una evidente fascinación por algunas grandes ciudades. Y si es así, en parte, es por culpa de las novelas que se han encargado de describirlas de tantas formas distintas: sus luces y sombras, sus ambientes elitistas o bien sus bajezas. De esta manera, pensar en París me hace imaginar a la Maga recorriendo esas calles en las que se respiraba la libertad que solo existía allí. Antes de viajar a Praga y admirar el reflejo de cada uno de sus puentes en el río desde el Parque Letná, para mí la ciudad eran los paseos de Kafka y el apasionado romance de Tomás y Teresa narrado por Kundera. El año pasado pude observar las fachadas que recuerdo doradas, iluminadas por el sol, sentir el viento gélido en enero y encarar las callejuelas empinadas que vas dejando atrás de camino al castillo. De esta manera todo cobró aún más sentido, aunque no se si fue antes Praga o las novelas que hablaron de Praga. Lo mismo sucede con otras tantas ciudades, Londres y Oliver Twist, El Cairo y Hércules Poirot… y por supuesto Nueva York.

No hay mejor manera de alabar a la literatura, sobre todo en fechas tan señaladas, que repitiendo todas las formas en las que nos hace disfrutar y recordar las miserias que nos evita, a muchos, durante nuestra existencia. Cuántas historias de salvación a las que nos hemos aferrado gracias a algún maestro de las letras que tras fracasar como jurista, científico o médico brilló gracias a sus libros. Cuántas correspondencias entre artistas que además de compartir su pasión por plasmar maravillosamente lo ficticio, nos han dejado testimonio de sus historias de amor. Cuántos lugares, a lo largo de la historia, atesorados en páginas, que años después nos recrean a lo que pudo haber sido un peligroso viaje en plena guerra, un romance prohibido entre dos clases sociales, un diario personal sobre una tragedia.

Desde luego que se puede vivir sin el mínimo interés literario. Incluso ha habido épocas en las que mis ganas se han visto afectadas, incluso traicionadas. Por supuesto, han sido épocas peores. Hoy es un día para celebrar no sólo esta eterna afición, sino la razón, sea la que sea, que nos hace mantenerla viva o incluso desenterrarla si estaba algo adormecida. Hoy celebro mis razones y una en concreto, puede que sea su aniversario. Ya no es el Día del Libro pero nada impide que no pueda recordar lo que me hace sentirme afortunada. ¡Hoy y cada día!

Mucha gente se pregunta para qué sirve leer. La respuesta es demasiado fácil. Pero sin duda, el argumento definitivo es qué te arriesgas a perder si no lo haces. Y es que si no lees, te pierdes el mundo entero.