Gloriávida Dollars

El 23 de abril de 1818 se ponía la primera piedra para la construcción del Teatro Real. El 23 de abril de 2018 me sentaba en la zona premium del mismo para ver Gloriana, la ópera que Ben Britten compone con motivo de la coronación de Isabel II.

Rodeado por la pompa y la circunstancia de un público no tan agradecido, mis pensamientos giraban en torno a que 200 años no son tantos. Hace 200 años y quince días, en la batalla de Maipú, el general San Martín ganaba la independencia para Chile. El Imperio estaba en plena descomposición e imagino que, si la noticia había llegado ya a este lado del Atlántico, sería el tema de conversación por excelencia. En cambio, las charlas que pude escuchar en mi visita al Real giraban en torno a la descomposición de Cifuentes, másteres y otras banalidades. Me preguntaba también si podría especular sobre los quehaceres a los que alguno de mis antepasados se dedicara mientras se colocaba la primera piedra del teatro justo 200 años antes de que yo estuviera y, necesariamente para que yo estuviera, en el patio de butacas del mismo. Lo mejor que pude discurrir es que sembrando patatas, con la consiguiente tristeza de no poder atreverme a aseverar de que mi presencia en real fuera un verdadero avance y no sólo un espejismo de progreso.

Neófito en la ópera, como soy, no pude estar más agradado por el espectáculo. Alexandra Deshorties estuvo inmensa y no sólo como cantante, sino en su faceta actoral que trascendió a una simple interpretación. Vayan para ella todos los bravos.

Era mi primera vez en el Real, mi primera vez en Madrid y, acostumbrado a los juegos de luces chinescas del teatro Campoamor que intentan en pro de la austeridad, pero sin conseguirlo del todo, reemplazar los decorados; me fascinó la ingeniería desplegada para la ejecución de la pieza. El escenario se convirtió en una gigante caja de música en la que la Luna y el Sol orbitaban sobre la figura de la Reina Virgen.

Isabel I reinó en la pérfida Albión entre 1558 y 1603 y de ella se decía que, aunque pudiera haber gobernantes más sabios o mejores, ninguno habría que quisiese más a su pueblo. La Reina fue mucho más que una soberana amante, fue una estratega diligente y una gran mujer de negocios que se desenvolvió y triunfó en un mundo de hombres que creían saber y hacer las cosas mejor que ella por el mero hecho de ser hombres. Gloriana supo sobreponerse e investirse de una autoridad regia que la acercaban más a Dios que a ellos. En esta dualidad y con la necesidad de no obedecer a nadie, la Reina no se casó ni engendró descendencia: no podía conciliar el ser Reina con la obediencia a un marido. Bajo ese halo de divinidad, Gloriana seguía siendo humana y esto la hizo, a ratos, muy infeliz, celosa, insegura y envidiosa y es en esta tesitura en la que Britten encaja su obra.

Cuando encargan a Britten la composición de la ópera se esperaban dos cosas: una ópera puramente británica (a su entender no había aún ninguna prototípica) y un homenaje a la gloria de la época de Isabel I que engarzara con la gloria que se esperaba para Isabel II. Tan solo se logró la primera. La obra de Britten es sombría y muestra el carácter humano, triste, de la soberana que elige su deber por delante de sí misma. Es un homenaje al Reino Unido, en el sentido menos romántico y más aborrecido por los británicos; es también, a mi entender, una advertencia, un mensaje y un consejo para la Reina entrante.

La presente ópera estuvo condenada al ostracismo y el olvido. La crítica británica la condenó y la repudió y su rescate fue arriesgado, pero no por ello, menos necesario. La ópera pudo volver a representarse en Londres en 2013, sesenta años después de su estreno (y de la coronación de la ya nonagenaria Elizabeth). En España es la primera vez que se representa como producción propia y eso es motivo de celebración pues es musicalmente fantástica al saber encajar los ritmos y estilos de la época isabelina con la modernidad rabiosa de sus letras.

Uno de los temas de la obra, que tiene muchos, es el de la construcción del ídolo. La Reina tiene que elevarse sobre el resto y para eso emplea vestidos artificiosos, incluso llegando a robarlos de forma que nadie le haga sombra. Sobre este tema también trató más ampliamente mi segunda experiencia musical de la semana.

Juntarlas en un artículo es algo atrevido que solo me permito por esta accidental y leve coincidencia temática. El 26 de abril asistí al concierto de C. Tangana aka Crema aka Pucho aka Antón Alvarez Alfaro en la sala la Riviera.

Realizar una comparación sobre si es objetivamente mejor la ópera a la música urbana es una trampa. La ópera es mejor por ser un trabajo mucho mayor, más refinado, que requiere muchas más personas coordinadas y que es más difícil de producir y de apreciar. Existe, aunque nos hagan creer lo contrario, una distinción clara y marcada entre la alta cultura y la baja cultura que se puede establecer en torno a la dificultad para disfrutarla plenamente. Esto no implica necesariamente elitismo, pues las barreras de entrada a una y otra se han diluido con la revolución en el campo de las telecomunicaciones y ya tan solo requieren un ordenador y un poco de tesón.

La diferencia tampoco ha de estar necesariamente en los temas, pues desde la baja cultura, como es el caso de C. Tangana que tiene algo de filósofo, se puede acceder a las cotas y profundidades más elevadas con las herramientas más rudimentarias. El ser humano de la alta cultura y la baja cultura; el ser humano que ama, odia, teme y se arrepiente, siempre es el mismo.

Hoy, esta distinción está evaporada completamente y se trata de agrupar en torno al concepto de “cultura” cosas tan variopintas como las sueltas de vaquillas o los cachopos, fuera de cualquiera de las dos categorías anteriores, consagrando incluso errores bajo un paraguas que los protege a perpetuidad. Sin embargo, este es otro tema.

Pocas veces he disfrutado tanto de un concierto. C. Tangana da todo lo que se puede esperar de uno de sus directos e incluso un poco más. Mención aparte para el telonero, Sticky MA, que, en un primer acto corto de alrededor de 40 minutos, brindó un preludio soberbio para las dos horas de espectáculo del que fuera hombre del año en 2017.

El día 20 de abril salía a la luz el nuevo álbum de Pucho, “Ávida dollars”, un inesperado homenaje a Andy Warhol, a Salvador Dalí y a sí mismo, pero sobre todo al dinero como medio emancipador y único camino a la libertad para el idealista que lo necesita para perseguir sus sueños. Puedes o no puedes compartir su mensaje, pero no puedes eludir la fuerza con la que se transmite.

En 2017, salía “Ídolo” que le valdría la consagración en el mal llamado mainstream, con cartel gigante en la gran vía incluido, pues con un hit comercial colaba un mixtape absolutamente underground en el centro de la industria. Aunque sonaron algunas canciones de Ávida dollars, quizás por primera vez en directo, el concierto se concentró en “Ídolo” que, como Gloriana, trata en parte de la gestión del éxito, de la fama y del poder y de las ansias por obtenerlo. Advertía Pucho, envuelto en humo durante el concierto, que no sabía si habíamos participado en el proceso de construcción del ídolo, pero que íbamos a contemplar su destrucción.

Una cosa importante en el mundo de la política y del espectáculo es saber cuándo retirarse. No ha de ser ni muy pronto, ni muy tarde, sino en el momento oportuno. El concierto duró exactamente lo que tenía que durar, ni una canción de más, ni una canción de menos. La ópera también. La diferencia entre ambos estribó en el público que al acabar el concierto de C. Tangana se quedó aplaudiendo y pidiendo más, mientras al término de la ópera, tristemente,  comenzó en buena parte a huir en estampida, sin darle ni siquiera la merecidísima ovación a la protagonista que emocionada recogía los vítores de los que nos quedamos agradecidos por la maravilla que acabábamos de presenciar. En ese momento comprendí el funcionamiento de la solidaridad orgánica, tan típico de las grandes ciudades, y su carácter irreconciliable con el arte al imponer, por ejemplo, la necesidad de evitar atascos en la salida del teatro a las lágrimas de una persona que durante toda la función había tratado de emocionarnos.

Con el arte reducido a un consumo tan intrascendente como el de patatas fritas en un restaurante de comida rápida y la diferencia entre ambos públicos ¿qué duda puede caber sobre que todos podemos acceder a la alta y a la baja cultura sin que se relacione necesariamente con el elitismo?

En la última escena de la ópera la Reina está vieja, destrozada. Gloriana no es ya gloriosa, ha firmado la sentencia de muerte para su joven amante. Lejos de su grandiosidad inicial solo es una persona débil que tras el falso ídolo construido para sí espera a la muerte. Se consagra así la destrucción del ídolo, ya maltrecho durante toda la ópera. El consejo y la enseñanza para todos (incluido para C. Tangana, aunque tal vez lo sepa) es que el emperador está desnudo; el éxito, el poder y la fama son a menudo mera apariencia y, como la mayor parte de lo que en esta vida vale la pena, son efímeros (salvo, quizás, AGZ que es para siempre).