Kerouac nunca baja de la montaña

Jack Kerouac, baja de la montaña. Subiste allí con Japhy Ryder persiguiendo el dharma, la paz, el nirvana; todas esas cosas que le faltan a la fe. Católico como tú me hicieron los mundos sin darme voto, y me enfrento a ellos sin ti. ¿Por qué, Jack, por qué no bajas de esa montaña? Ya has escrito Big Sur y Los subterráneos y todo el resto de novelas y esbozos en que se envuelven los columnistas y los escritorzuelos modernos de tres al cuarto. Sé que no eres padre de Ray ni de nadie que quiera vestir tu nombre, así que ¿por qué no desciendes de esa maldita montaña? Vuelve y camina conmigo. De vosotros aprendí la locura de la que puede desprenderse el talento, pero no eres Siddhartha ni Buda, por mucho que Ginsberg así te bautice. Solo eres otro infeliz que le escribe cartas a Marlon Brando sin esperar respuesta. Dime, John, falso franchute, ¿qué se te ha perdido allí, en lo alto de la montaña? Apareces al principio de mi vida, con todo lo que me dolió tu camino. Es tu obligación acercarte y desdeñar el sendero que serpentea ladera abajo. No hay razones, ni una sola, que te lleven a malvivir en la cima; de modo que baja, baja del monte de una vez y emborráchate de aire contaminado, que también mata, pero lo hace muchísimo más despacio. Aquí podrás ver lo que tantos bastardos han hecho. Si quieres, puedes volverte en su contra. Después, si sigues viviendo, podemos vagabundear en busca de valores antes de caer en brazos de Cristo. Cuando lleguemos al borde de la existencia te confesaré que no comprendí ni una sola de las palabras que dejaste escritas. Dudo que nadie más que tú encuentre en ellas un sentido distinto al de una persecución fatua. No son, desde luego, el testimonio de una epifanía ni del peregrinaje a un Lourdes de roca ferrosa en medio de Colorado. Somos tú y yo, juntos, de lejos, despeñándonos por la montaña. Llevo años implorando tu descenso y seguiré, pues soy inmune a la acumulación de negativas y me alimento de desaires. Baja, baja, ¡ven aquí conmigo! Necesito que pises con tu frente este subsuelo y muerdas el polvo en los platos de aluminio con que ceban al despuntar el alba a los bienestares urbanos, a los profetas de barriadas y apartamento con terraza en el extrarradio. Envidio, en el fondo, tu cabaña montañosa, tu refugio en la cumbre sobre el nublo. Me gustaría alojarme contigo en esa fortaleza de soledad descorazonadora y echarte a patadas hacia el fondo del valle si no funciona nuestra convivencia. Pero ¿a qué pelear? Ambos nos descomponemos a la misma velocidad y nuestra carne putrefacta apesta con idéntico tufo, así que baja de esa maldita montaña y acompáñame. Perseguiremos a los viajeros sanos por los caminos, aguardaremos en las cañadas tenebrosas y les daremos el palo a los senderistas desorientados como bastardos samaritanos. Sí, incendiaremos un pedazo de mundo mientras nuestras almas se calcinan. No existe otra satisfacción para nuestra felicidad inmolada, solo destruir la ajena.