Talavante

talavante

El diestro frente a la infernal puerta se ajusta la montera, lanza un beso al cielo y ordena que salga y de rodillas lo recibe. Con ese toreo recio, innovador y, a la vez, tradicional, flamenco y puro, baila como si de un ángel se tratase con la bestia, hasta que el toro y el torero se encuentran frente a frente. Se miran a los ojos —espada arriba, cabeza agachada— y, por fin, llega el despertar de aquel sueño de gloria, la aurora de aquel duelo por la vida, de aquel tributo a la muerte.

Sobre la arena pálida y amarga,
la vida es sombra y el toreo, sueño.

Gerardo Diego