Funny games

Foto: Lewis Wickes Hine (1910)


Unos pocos céntimos. Los ahorros de una semana. Lo suficiente para comprar unos cigarrillos de chocolate y unos restallos para el revólver de juguete en el quiosco. No hacía falta mucho más. Unos pocos céntimos eran precio de un ticket al Oeste; al Chicago de los años 30; a Los Ángeles a finales de los 40. Así éramos.

Un canuto relleno de cacao (y un poco de imaginación) bastaba para convertirse en Sam Spade. La práctica y el tiempo iban puliendo las aristas de nuestros guiones: los más rudimentarios tiroteos entre detectives y maleantes mutaron en intrincadas tramas sobre guaridas secretas y alijos, introduciendo así en nuestros juegos las mecánicas propias del escondite.

Cada cumpleaños y día de reyes expandía los límites de nuestro teatrillo. Los rifles de cowboy de restallos y las metralletas de gángster pronto se impusieron a los colt. La aparición de cigarros “de pega”, que expelían humo al soplar, pronto condenaron al olvido a sus congéneres chocolateados. Cada novísimo artefacto que se bajaba a la plaza de aquella desvencijada casa cuartel despertaba admiración (y no pocas veces, envidia e insidia) entre los potenciales sheriffs y apaches. Ah, el progreso.

Sombreros de ala de cartón y demás manualidades tornaban a cualquier mocoso insoportable en el mismísimo Billy, el –también- niño. Fragmentos morbosos de películas temáticas (muchas de ellas vetadas a nuestros ojos infantiles) encontraban su réplica en nuestros divertimentos: la emboscada en un peaje al hijo de un capo, el atraco a una sucursal, el desembarco bajo fuego enemigo… Todo lo resistían aquellas infinitas tardes de verano castellano.

No hubo época que se nos resistiese. Con escudos y espadas de madera fuimos moros y cristianos durante dos semanas; catorce días en las que nuestros arcaicos arsenales se redujeron a un montón de astillas, chichones y broncas paternales. Eran los principios de los 2000: Star Wars y El Señor de los Anillos estaban en cartelera, lo cual era la excusa perfecta para hostiarnos como cafres con espadas extensibles de plástico disfrazados de alienígenas.

A veces los sioux se recreaban demasiado en el papel, y se acababa llegando a las manos cuando insistían en los tirones de pelo. “¡Cabellera de hombre blanco derrotado pertenecer a mí!”. Nada que no se arreglase enterrando el hacha de guerra. Aunque a algunos nos costaba reconocerlo, los cardenales eran gajes del oficio. No lo sabíamos, pero ese era nuestro personal homenaje a Sergio Leone y a Howard Hawks.

Casi siempre empleabamos más tiempo en decidir los pormenores de cada aventura que acometiéndola con propiedad. Cualquier improvisación o ruptura de lo pactado solía despertar recelos y riñas por parte de los más marimandones del grupo. Pero los niños, por fortuna, tienen memoria de pez en cuanto a desencuentros y animosidades se refiere: al día siguiente siempre volvíamos a bajar a la plaza con ansias y una sonrisa.

Llegaron las Game Boys y los Pokémon, y discutir sobre leyendas y mitos (que si nosequé de un camión en Ciudad Carmín y miles de bulos más) empezó a ser nuestra ocupación a jornada completa.

El tiempo comenzó a hacer mella: cada verano se hacían notar más ausencias entre nuestras filas. Yo me mudé a Asturias y desde entonces no he vuelto allí. De la casa cuartel que conocí ya no queda más que el recuerdo. Una moderna mole azulada que hace las veces de bloque de viviendas se alza en su lugar; el original no sobrevivió a una bomba lapa en 2009.

Reza la letra de una sevillana,

Pasa la vida
igual que pasa la corriente
del río cuando busca el mar,
y yo camino indiferente
allí donde me quieran llevar.

Ya no venden cigarrillos de chocolate en los quioscos, de eso se ya encargó la ley antitabaco. Quizás sí se comercialicen en Amazon, pero sé que no será lo mismo. Ya nada lo es.