Viaje a ninguna parte

Fotograma: Mad Men


Whither goest thou, America, in thy shiny car in the night?

Jack Kerouac

Lo sé, hemos abusado del beat últimamente, y me disculpo. No lo he podido evitar. Han vuelto recuerdos de hace tiempo, de la que se antoja otra vida ya grisácea en la memoria, como la cubierta de un libro abandonada al sol que se va decolorando día a día. Dicen que no se ha de volver a los sitios en los que uno fue feliz, pero ¿cómo no hacerlo? ¿Existen otros lugares? Las edades transcurren y las experiencias van perdiendo importancia. Cada año soy más insensible y me siento más indiferente. ¿Cómo no volver a ese tiempo en que todo importaba? ¿Cómo no permitirse la extravagancia de la melancolía, aun teniendo veintidós años? «¿Qué tenéis en contra de la nostalgia? Es la única distracción posible para quien no cree en el futuro», eso dice Sal Romano antes de darse por vencido, tras recibir el primer aplauso sincero de su vida. Recordar es andar el camino mil veces pisado, el único que vale la pena. El porvenir es una señal en la autopista: solo existe a lo lejos, desaparece a medida que te acercas. No queda nada salvo la memoria de cuanto ha venido y de cuanto —esperas— vendrá.

«¿A dónde vas tú, América, en tu reluciente coche atravesando la noche?», le pregunta Cooper a Don. Va a sí mismo, a donde vamos todos: a ninguna parte. Decía Chesterton que cada uno debe resolver su misterio. Yo lo resolví hace poco más de un año. Encontré mi respuesta a la gran pregunta, pero no hice nada con ella. Al frenesí de la epifanía lo ha seguido la inacción, el pesar como una pátina que baña mi fracaso. Descubrí la verdad interior —¿lo hice? Ja— y me he limitado a olvidarla. ¿Por qué? Porque soy incapaz de liberarme de todo cuanto no importa y vivo en el samsara. Soy incapaz de ser sincero. Ser uno, ser solamente lo que se es en realidad. ¡Qué difícil! Sí, tremendamente. «Algún día», me consuelo, «daré la cara y aprenderé a afrontar la verdad». Pero ¿qué verdad? Esa verdad, el gran descubrimiento, se ha vuelto un recuerdo blanquecino, otro fantasma al que volver a medias cuando la soledad empuja. Es otro recuerdo —feliz, infeliz—, como los islotes de dicha en la carretera, como las salidas a un rincón junto al mar en el que pasaste los veranos de tu vida. El viaje sigue hacia ninguna parte y el equipaje eres tú. No importa a dónde vas ni a qué velocidad escapas: la caza bebe de tu sangre. El viaje sigue, rueda sobre el camino, y desde el arcén te miran caras conocidas —las que amas y las que no—, todas fundidas en el borrón del tiempo. Solo existes tú. Eres la única pregunta. «No tengo nada que ofrecer salvo mi propia confusión», esa es la historia. ¿Quién soy? ¿A dónde voy? ¿Quién es mi gente? ¿Cuál es mi lugar en el mundo? Todo es lo que haces. Tú. Tú. Tú.