Casa Montoto

Foto: Fernando Romero


Casa Montoto es un antro popular, un bareto bien visto. No se me ocurre otro calificativo. Hoy en día los locales de ambiente, bares y cafés se amoldan a una estética kisch que hace al cliente preguntarse si ha entrado en una cafetería o en la vejiga de un cupcake. Los bares de viejo, esas cavernas en peligro de extinción que tienen una barra por epicentro, son los grandes perjudicados por esta moda. Le tengo cariño a esos bares y a su tubo fluorescente en el techo, su televisión en la pared —junto a la puerta, en alto— a la que los parroquianos miran las tardes de fútbol, a su retrete sin tapa y su urinario, a las manos arrugadas de su fauna sobre los tapetes de cartas. Ya no hay lugar en nuestras calles para ellos. Sus persianas van cerrándose para siempre y con gran estruendo desde el centro de la ciudad a la periferia —urbes invertebradas, las nuestras—.

Nos encontramos, sin embargo, con el anómalo affaire del 9 de la calle San Bernabé, en Oviedo. El 4 de octubre de 1976, Pepe Luis Díaz y Mercedes Suárez inauguraron Casa Montoto. Cuarenta y un años después el local sigue prácticamente intacto. Uno diría que allí los vasos no se cambian nunca, sino que desaparecen por la fuerza erosiva de los labios de sus innumerables clientes.

El Montoto se reduce a una barra chapada en metal, mesas y taburetes bastos de madera, platos de plástico, pared encalada y sticks de hockey, barullo de mediodía, mistela, vermú y bollín de chorizo. Poco importa cuántos bares abran a su lado: el Montoto siempre aguanta y siempre tiene más gente. Es el único bar de viejo que conozco frecuentado por gente de todas las edades. La mayoría son maduritos que apuran la hora de comer para tomar algo y achispar su jornada. Otros son estudiantes y otros son vagos y ambos usan el Montoto para endulzar su indiferencia con alcohol suave.

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Foto: Juan Ignacio B.

Pero ¿por qué el Montoto? No tengo ni la menor idea. Tampoco pretendo hilar fino en este tchín-tchín a lo bueno y sencillo. Tal vez lo único que deseamos al sentarnos en los bancos del Montoto es olvidar las gilipolleces durante media hora, beber vino de misa en un vaso corto de Duralex, charlar y reír y rodearnos de gente que busca lo mismo: cosas simples, sin florituras, sin añadidos huecos, cosas que nos gustan. El Montoto es un bar familiar que se vende a sí mismo. Tomar algo allí se parece a comer lentejas un lunes en tu casa, a un pincho de tortilla de toda la vida. Ni pedimos más ni queremos menos. Viva lo nuestro.