Una película para traumatizarlos a todos

«Mucho se perdió entonces, pero nadie vive ahora para recordarlo». Con estas proféticas palabras comienza la saga cinematográfica de El Señor de los Anillos que todos conocemos. Digo “proféticas” porque con ellas se envió al basurero de la historia la versión animada de 1978. Sí, ya había una película de El Señor de los Anillos. De hecho, a finales de los setenta se rodó toda una trilogía animada basada en la obra de Tolkien. Además de la película de autos, vieron la luz dos infames e infantiloides versiones de El hobbit y El retorno del rey, pero no voy a hablar de ellas. Ambas están bien en el olvido.

El Señor de los Anillos (1978), dirigida por Ralph Bakshi, fue, por el contrario, una película rompedora. Se rodó superponiendo animaciones sobre actores y escenarios reales —con siniestro resultado—. Contó con la colaboración de figuras de la talla de John Hurt —voz de Aragorn— y la batuta de Leonard Rosenman —ganador, pocos años antes, del Oscar a mejor BSO por Barry Lyndon—, aunque Bakshi siempre detestó la música de este último, pues su idea era incluir temas de Led Zeppelin —grandes tolkienófilos, por cierto— para atraer al público hippie.

La cinta tendría que haberlo petado, vamos. Sin embargo, la película, que acaba con la batalla del Abismo de Helm, nunca tuvo secuela. La recaudación, aunque buena, no compensó el difuso respaldo de la crítica y Bakshi fracasó a la hora de componer un relato sólido que cautivase al público adulto. Pero eso no fue todo.

¿Qué más pasó? Era escalofriante de cojones. Los Nazgûl de Jackson son una broma comparados con los mutilados espectros olisqueantes de esta película. Y claro, siendo una película de dibujos, los niños acudieron a verla en masa. Resultado: toda una generación traumatizada.

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Los Nazgûl al desnudo. Las capas eran para “ir de incógnito”.

Entre las filas de los traumados se incluye un servidor, aunque por razones obvias no vi la película en el cine, sino en casa de mis abuelos. Todos los viernes mi hermano y yo pasábamos la noche con ellos. A eso de las ocho de la tarde íbamos al videoclub de la esquina —gracias al Cielo, todavía sigue allí—, donde mi hermano y yo escogíamos una película para ver antes, durante y después de cenar y mi abuela aprovechaba para alquilar uno de esos thrillers protagonizados por Steven Seagal que tanto le gustaban y le gustan.

La primera noche —hubo muchas más— que alquilamos El Señor de los Anillos yo debía de tener unos tres o cuatro años. Sé que tenía menos de seis, porque esa era la edad que tenía cuando vi La comunidad del Anillo en los Cines Brooklyn —DEP—, y eso fue en 2001. En cualquier caso, era muy pequeño: todavía me costaba escoger la pokeball de Charmander en el Pokemon Rojo, ya que no sabía leer. Metimos la cinta de vídeo, nos sentamos en el sofá y empezamos a ver la película, entusiasmados por las letras rojas, el sonido tenebroso y el prólogo narrado con sombras chinescas en el que Sauron —Soron, decían en esa versión— parecía más un vikingo o un diablo que la mole titánica con la que todos lo identificamos hoy en día.

Quienes no han leído El Señor de los Anillos ignoran tres cosas: uno, La comunidad del Anillo es el mejor episodio con diferencia; dos, la trama de Frodo y Sam es mucho más interesante que la de Aragorn y compañía; y tres —aquí quería llegar—, el trayecto entre Hobbiton y Rivendel da mucho, mucho miedo. Todo iba bien hasta que Frodo abandonó la Comarca. De repente, apareció el Nazgûl. No lo hizo bajo un manto negro, amenazante, haciendo sonar sus grebas y guanteletes de hierro. Llegó despacio, desfallecido sobre su montura, de la que descendió trabajosamente. Se arrastró tambaleándose, con la espalda encorvada y estirando unos brazos deformes. Retorcía los dedos como quien trata de asir algo que no llega a ver. Aunque dos ojos rojos relucían bajo su capucha cenicienta, estaba ciego. Por eso olfateaba —¡ay, el olfateo!— y gemía mientras seguía retorciéndose, acojonándonos a los hobbits, ocultos bajo la raíz de un árbol, y a mí. Frodo estuvo a punto de ponerse el Anillo, pero recapacitó en el último momento. El Nazgûl desistió y siguió su tétrico camino.

Esta escena no me marcó solo a mí. ¿Sabéis por qué lo sé? Porque no aparece en el libro, pero a Peter Jackson le gustó tanto que la introdujo tal cual en su película, salvo por dos pegas: primera, ya había mostrado a sus Nazgûl; y segunda,  su caracterización no era ni de lejos tan siniestra como la lograda por Bakshi. Y eso que, en el fondo, este último se limitó a encapuchar al tartamudo Claudio de Derek Jacobi.  Conclusión: menos es más, pues el miedo es un elemento sutil que se amolda mejor a los susurros que a los martillazos.

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¿Os resulta familiar?

El resto de la película sigue la misma línea. En algunos puntos es incluso más fiel que la trilogía moderna —los Nazgûl se quitan los mantos en Bree y en adelante aparecen bajo sus armaduras espectrales, Saruman se declara “ multicolor”, el troll de Moria es solo un orco mazao, Aragorn porta los fragmentos de Narsil desde un comienzo, etc.—; pero, en general, se pone el foco en aterrorizar al pequeño espectador con imágenes y cantos truculentos. Todavía me recorre un escalofrío al pensar en la marcha de Cuernavilla o en la escena “Un cuchillo en la oscuridad”.

Los niños, empero, son de lo que no hay. A pesar del miedo, del pavor que me causaba esa película, volví a verla una y otra vez, hipnotizado por su tenebrismo. Desarrollé por ella una profunda fascinación que me llevó a situarla, junto con otras reliquias que aúnan magnetismo y paura, en la sección gótica de mi altar infantil. Allí seguirá hasta que me vaya del mundo o los encantadores me quiten la ventura.

Curioso es, sin embargo, que al ver La comunidad del Anillo por primera vez no identifiqué ambas películas. A la salida del cine mi madre nos dijo a mi hermano y a mí que iban a estrenar dos partes más. Esa noche la pasé también en casa de mis abuelos, jugando a ser Trancos —Aragorn era un nombre muy complicado para mí—. Me dormí fantaseando sobre qué iba a pasar en las siguientes películas, aunque ya lo sabía. Niño infeliz. Sería cosa del trauma.

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La oscuridad los seguía, y clamaban con las voces de la muerte.