Apología de los exónimos

Seguro que todos tenemos a ese amigo, tan hombre de mundo él, que en su gran ímpetu viajero no visitó este verano Bombay sino Mumbai. Posiblemente, tampoco fue la travesía de su excesivo agrado, pero el orgullo (y, sobre todo, el sesgo de confirmación obligatorio en todo aquel que esquilma su cartera) le impiden reconocerlo. Seguro que descubrió una cultura nueva, a gente que es feliz con muy poco y a unos cuantos individuos que hacen popó en espacios públicos, aunque esto último se lo calle.

Apasionante el mundo de la toponimia y su evolución. La ciudad a la que ibas de Erasmus a ponerte morado a estudiar y a “empaparte” de Italia ya no es Padua sino Padova; el país que siempre le da los 12 puntos a Rusia en Eurovisión es ahora Belarús y no Bielorrusia. Los endónimos (los topónimos dados por las lenguas del lugar en cuestión), rara vez usados legítimamente, son la perfecta arma de fuego en manos del purista: aquel que te reprende por referirte a la película de Kubrick por el título castellano de ¿Teléfono rojo? Este potencial blanco del pitorreo del dúo Pantomima Full sería capaz de, si se le presenta la oportunidad, defender las bondades del parto casero, “como siempre hicieron nuestros antepasados”, como instrumento de definitiva comunión con la Pachamama. Decir Mumbai es fácil, pero a ver quién es el guapo que hable de Zhongguo y espere ser entendido.

He leído varias veces a periodistas (muchos de ellos de Madrid) afirmar la supina ignorancia y falta de respeto que supone el uso de exónimos  castellanos para referirse a las ciudades catalanas. Una expresión más de la dominación borbónica, pues bien es cierto que la RAE se fundó en los tiempos de Felipe V. Arguyen que Girona y Lleida son los nombres oficiales, como si el resto de ciudades con nombres adaptados al castellano no los tuviesen. ¿Debería un lombardo irritarse si un catalanoparlante le cuenta que le encanta la catedral de Milà? Pues no. La ciudades no son como los nombres propios, pues como bien se sabe, Josep-Lluís es Josep-Lluís aquí y en la China popular.

No sé si un sentimentalismo toponímico hubiese llevado a la pacífica y voluntaria disolución de los CDR, pero lo cierto es que la razón de ser de los exónimos es distinta. El hecho de que London sea Londres revela que la ciudad ha sido, por muy distintas razones, tan relevante a ojos de los hablantes castellanos, que adoptaron el nombre a sus usos y costumbres lingüísticas. Que Aquisgrán, la vieja capital carolingia, se llame Aachen, Aix-la-Chapelle o Cáchy (entre muchos otros) en función del idioma, sólo puede redundar en favor del prestigio de la longeva ciudad. Otras veces, el exónimo es evidencia de un particular accidente histórico: llamar Formosa a la isla Taiwán nos recuerda el pasado navegante y descubridor de nuestros vecinos portugueses.

Si “Portugal” se transcribe del mandarín como Pútáoyá no es porque los chinos sean unos cachondos, aunque pueda parecerlo. Quizás la excepción que confirme la regla sea nuestro empeño en mantener la “O” que redundantemente adelanta y tutela al nombre propio de la ciudad lusa que debiera llamarse Porto. No todo iba a ser vino y rosas.

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Aunque el pueda parecer una frivolidad, la toponimia es siempre objeto de debate en los principales espacios culturales de la nación.

La aparición de nuevos exónimos ha decaído en los últimos tiempos. Algunos de los ya existentes se van perdiendo. Viajar ya no es mera cuestión de necesidad o gallardía. Basta unos pocos segundos para que un whatsapp recorra la distancia de Albacete a la Patagonia. La necesidad de información internacional es tal que en los telediarios no produce mayor remordimiento fusilar algún que otro endónimo. Poco importa a los afanosos lectores de diarios que la provincia china dejada de la mano Dios donde ha ocurrido la más reciente catástrofe natural nunca fuese visitada por un descubridor extremeño.

The Times They are a-Changin’. Hace sólo unas semanas que se registró por primera vez el uso de la palabra aprovechategui en el New York Times. Lo kitsch siempre se impone entre el desarraigo de la sociedad posindustrial. Poco pueden los exónimos perdidos en ajadas guías de viaje decimonónicas frente a sus exóticas contrapartes, que atestan las gratuitas revistillas modernotas de los asientos de avión de Iberia. ¡Viaje a Beijing y conozca la Ciudad Prohibida! Algún día tendré que compilar la cantidad de patochadas que me he encontrado entre sus páginas.

Un treviriano dijo una vez, en alusión a Hegel, que la historia se repite dos veces; la primera como tragedia y la segunda como farsa. Tragedia fue que Constantinopla pasase a ser Estambul. Ahora influencers oriundos de Soria hablan de “İstanbul”. 

En fin, algo huele a podrido en Dinamarca (que no Danmark).