De las montañas de la locura

Ilustración: Ivan Laliashvili


Hace unos meses me tropecé en Cervantes con un ejemplar de En las montañas de la locura editado por Acantilado. Me sorprendió encontrar H. P. Lovecraft impreso en las familiares cubiertas negras, tan consustanciales a las estanterías de mi casa. Como buen comprador compulsivo de libros, no me pude resistir y lo hice mío. Mal acostumbrado por Netflix y su modo de reproducción en cola, llevaba una temporada aburrido de mis lecturas. Pensé que una novela de terror me animaría a leer más del tirón. Tenía razón: al día siguiente, a la misma hora, ya la había terminado.

Toda la novela es una carta escrita por un profesor de universidad americano, líder de una reciente expedición a la Antártida cuyo saldo final fueron descubrimientos vagos —desvelados con gran pausa a medida que avanza la historia— y la desaparición o muerte de gran parte del equipo. La misiva está dirigida a los organizadores de una inminente incursión llamada a profundizar los hallazgos de la primera, que, como decíamos, había sido suspendida prematuramente a causa de un suceso trágico y misterioso. Dyer —el profesor— suplica a sus colegas que detengan los preparativos. Para persuadirlos, reconoce haber mentido en los informes posteriores a su viaje y se dispone a narrar las desdichas presenciadas por su equipo.

Lo que inicialmente es un prosaico cuaderno de bitácora va tornándose a cada página una pesadilla gótica con elementos rudimentarios de ciencia ficción. Con tempo lento, Lovecraft se recrea en epítetos grotescos de intensidad tan creciente como la pendiente de la monstruosa cordillera descubierta en el hielo, cuyas cimas marcan el límite entre la sensatez y la deformación total de la narración. Allí los personajes no caen en la locura: ascienden a ella. Al otro lado de las montañas habita un misterio solo sugerido —que no voy a revelar— cuya atracción diabólica se cierne sobre los miembros de la expedición y el propio autor, que abusa, cual maníaco, de fórmulas dementes y recalcitrantes, al igual que los protagonistas.

Narración magnética y voraz, extraña no haberla visto jamás en la gran pantalla. Infinidad de películas beben de ella o la emulan. Es el caso de Prometheus, imitación descarada que —como es natural— se viene abajo debido a su pretendida grandilocuencia, su filia por las complicaciones innecesarias, sus desnortados personajes y su falta de ideas y mensaje en general.

Lo mejor de la novela de Lovecraft es lo más difícil de llevar al cine. Por un lado, la genialidad de convertir nuestro propio planeta en un escenario paranormal, terrorífico y desconocido. No hace falta perderse en las grutas de un planetoide lejano para causar temor, basta sembrar la duda en el nudo inmóvil de certezas que ata al ser humano con la realidad. A menudo los misterios de nuestro mundo más próximo —una sombra acechante mientras nadamos— son más terribles que el silencio del espacio remoto.

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Una sombra acechante mientras nadamos.

Por otro lado, la habilidad de sostener la narración, de contar lo justo, detenerse y volver, de sugerir, de angustiar al lector/espectador, de llevarlo al límite y dejarle con las ganas. Pura seducción artística. ¿Qué duda cabe de que son más siniestros los pasos de unos pies descalzos, apenas audibles, siguiéndonos en la oscuridad sin darnos alcance¹, que una escena explícita de sangre y violencia? Enseñar sin hacerlo. Esta es precisamente la gloria de El octavo pasajero, también deudora de Lovecraft y uno de mis filmes favoritos. Si no me equivoco, en toda la película tan solo se ve al alien adulto —no incluyo al facehugger ni la secuencia del comedor— en tres escenas. La ignorancia del espectador es tal que durante la película se muestra a la criatura en varias ocasiones, confundida con el fuselaje de la nave Nostromo, como un guiño burlón hacia quienes ya conocen su forma. No es una película de sustos, sino angustiosa, claustrofóbica, opresiva. En las montañas de la locura juega con las mismas emociones al compás de una pluma perezosa que hace de su lectura un continuo contrapunto de sospecha y delirio.

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La nave Nostromo. / Fotograma: Alien, el octavo pasajero (1979).

El de Lovecraft es un gran relato, de fácil lectura, a pesar de su lenguaje redundante —a veces superfluo—. Tras zampármelo, me quedo con su clima de desasosiego oscuro e insondable, atrayente y fatal como el abismo hallado por los investigadores al final de la novela. Solo le encuentro una pega al libro: que el suspense no continúa, que acaba en lugar de eternizarse en el sutil umbral que separa la curiosidad del pánico, la frontera en que el lector se balancea a lo largo de ciento cincuenta páginas de pesadilla mientras Lovecraft lo hace bailar de lado a lado.


¹  «No obstante, Frodo comenzó a oír, o a imaginar que oía, alguna otra cosa: el blando sonido de unos pies descalzos. El sonido no era nunca bastante alto, ni bastante próximo, como para que él estuviera seguro de haberlo oído, pero una vez que empezaba ya no cesaba nunca, mientras la Compañía continuara marchando. Pero no era un eco, pues cuando se detenían proseguía un rato, solo, antes de apagarse». TOLKIEN, J. R. R. “El Señor de los Anillos: La comunidad del Anillo”, p. 264.