La danza de los diecisiete velos (actualizado)

Todo tiene su porqué, desde el rito más solemne hasta el gesto más sutil, desde un prosaico corte de mangas hasta el jurar frente a un crucifijo. Me gusta esto último, pero como ya han corrido letárgicos ríos de tinta sobre cruces y Biblias ausentes, voy a hablaros solo del corte de mangas. Lo haré, además, porque soy un firme defensor de lo sórdido. Creo que hay más verdad en lo vulgar que en lo maniqueo, pero desconfiad de mí y comprobad con  vuestros propios ojos hasta dónde nos conduce la infamia.

Como todas las cosas de provecho, el corte de mangas procede o ha pasado por la Antigua Roma. Cuenta la leyenda que el gesto lo utilizaban los prostitutos para promocionar su condición y sus servicios a falta de escaparates y luces rojas de neón. Que fuesen los prostitutos en exclusiva y no las prostitutas quienes dedicaban cortes de manga a los transeúntes  basta para deducir el sentido de ese brazo erecto, más o menos curvo, medio amenazante y medio juguetón. Ellas tenían que recurrir a otras tretas para llamar la atención, argucias más antiguas que Roma, aunque no más explícitas que la homónima serie de televisión. Hablo del striptease, pero tranquilos, no nos entretendremos en la historia de la prostitución.

El origen mítico del striptease es la danza de los siete velos, que a su vez procede de la leyenda babilónica de Ishtar, diosa de la belleza y de la vida, que hubo de sacrificar siete de sus virtudes para penetrar en el inframundo, cuyas profundidades alcanzó pagando con su desnudez. En Occidente, no obstante, la danza de los siete velos se conoce a través de la Biblia y  gracias a la labor exegética de rapsodas calenturientos que dedicaron rimas y estrofas al baile ejecutado por Salomé a petición de su padrastro, el rey Herodes. La danza, en principio carente de toda connotación sexual, fue deformándose con el paso de los siglos, moldeada por las plumas de esos artistas libinidosos, hasta convertirse en un lugar común del erotismo artístico contemporáneo. De capital importancia para construir el mito fueron Salomé (1891), de Oscar Wilde, y la ópera que Strauss compuso a partir de ella, aunque ambos escatimaron con la sexualización de la princesa y prefirieron enfatizar su amor psicópata por Juan el Bautista, llamado Jokanaan.  Fueron las revisiones posteriores de sendas obras las que transformaron a su protagonista en el mito pornográfico que hoy es.

En Salomé, la danza de los siete velos es el precio a pagar por la cabeza del profeta. Herodes, enfermo de lujuria por su hijastra, había prometido entregarle todo cuanto desease a cambio de verla bailar. Ella se vale de tal atracción para engañar al rey y vengarse del rechazo del Bautista. A cambio del baile exige su vida, y Herodes accede. Al final de la obra, Salomé sostiene la cabeza cortada de Jokanaan ante sus ojos y, victoriosa, la besa en los labios.

salome
Para Wilde la provocación está en la elegancia. Un desnudo lo hace cualquiera. Esto, no.

Nadie sabe si existió en realidad la famosa danza de los siete velos, pero qué importa. Ya decía el mismo Wilde en La decadencia de la mentira que es la realidad quien imita a la ficción y no al contrario. Así ha ocurrido: el putero de hoy es el Herodes de ayer, y por todos los sórdidos rincones de los polígonos industriales y de la nocturnidad urbana hay Salomés modernas bailando la misma danza en las mismas tristes condiciones. Los únicos que han desaparecido son los profetas y las cabezas en bandejas de plata. Aunque tal vez me equivoque, pues las cabezas no tienen por qué ser de santos ni los profetas anuncian siempre al Mesías. Los roles y las cosas pueden cambiar al igual que los tiempos cambian. Decíamos al principio que la verdad a menudo se esconde en los pliegues de la vulgaridad. ¿Y cuál es el espectáculo más soez, la danza más ruin y rastrera de este tiempo cambiante que nos ha tocado vivir? La política.

Sí, las cosas cambian. Estos días hay un profeta victorioso que baila tras diecisiete velos en la Moncloa. La suya, dice un moderno Herodes, es una danza “feminista, europeísta, progresista y de marcado perfil político”.  ¡Soberbios elogios para quien hace nada declaraba el show inviable! Astuto profeta, el triunfo es suyo cuando nadie lo creía. Normal que lance cortes de manga en todas direcciones. Mientras, los nuevos Salomés olvidan preguntarse cuál será el precio: están obnubilados por la danza de los diecisiete velos. ¿Cuál será el porqué de Pedro Sánchez y sus diecisiete flamantes ministros? ¿Es la suya una danza puramente mediática, una fanfarria de nombres bonitos incapaz de hacer algo distinto de epatar? ¿Es un “lo que podría ser” digno del espejo de Galadriel orquestado para  seducir al electorado? ¿Es, como sostienen los más maquiavélicos, una maniobra para distraer al populacho mientras, por debajo del mantel, el nuevo Gobierno hace manitas con la nueva Generalidad? Esta última hipótesis podría llevar a eureka. Al fin y al cabo, el nombre de Borrel no ha impedido a Sánchez soltar la pasta a la primera ocasión ni a Batet dar rienda suelta a una falsa candidez digna del peor Iceta. Ya se verá. De momento, el baile ha sido magistral y a Rivera se le está quedando cara de Bautista. Tomorrow never knows.

Actualización: La salida de Màxim Huerta ha sido el equivalente gubernativo al espontáneo que interrumpió la actuación del Reino Unido en el último festival de Eurovisión. Tan forzada como su nombramiento, su despedida ha elevado al cuadrado la descarada —aunque resultona— improvisación del Ejecutivo. Una pena que haya coincidido con el número estelar de la danza de los —ahora— dieciséis velos: una Royal Rumble en la que alcaldes, ministros y políticos de todo pelaje se pelean por ser el salvador de un barco a la deriva cargado de inmigrantes. Afortunadamente, el despido de Lopetegui ha hecho las veces de cortina de humo y todo parece indicar que mañana nadie recordará al exministro. «No pasa nada», pensará el profeta Sánchez, «the show must go on. ¡Valencia nos espera!».